OPINIóN
Impacto

La frase de un menor en TV

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Juan Ignacio Pierri. Trece años después volvió a hablar de la entrevista del caso Mangeri. | captura de pantalla

Juan Ignacio Pierri volvió a hablar trece años después de aquella entrevista televisiva en la que acompañaba a su padre, Miguel Ángel Pierri, entonces defensor de Mangeri. El conductor preguntó si su defendido era inocente, el abogado respondió que sí y, antes de que pudiera seguir, el nene lo interrumpió al aire: “Pero bol***, mató a Ángeles”. Hoy, a sus 19 años, sostiene que aquella frase cambió el rumbo del caso.

Ante esto cabe preguntarse: ¿qué tanto peso pudieron tener esas palabras en el curso de la investigación? Para analizarlo separamos el plano judicial del relato público.

En el primero, la frase de Juan Ignacio nunca fue una declaración: no hubo testimonio, ni acta, ni incorporación de la misma a la causa. Cuando el niño habló Mangeri ya estaba detenido, procesado con prisión preventiva. La condena a perpetua llegó en julio de 2015 y se apoyó en las pruebas del expediente, entre ellas los rastros genéticos hallados debajo de las uñas de la víctima. En términos jurídicos, la intervención del nene no movió nada.

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Pero sí movió la estantería de la opinión pública, que no es menor. “Los chicos dicen la verdad” fue la consigna que se instaló, redireccionando el clima alrededor del caso. Ante un caso tan mediático, cualquier defensor sabe que se mueve en dos escenarios: el de la prueba y el de la opinión pública (que muchas veces condiciona decisiones y, sobre todo, tiempos). Si bien esta última no tiene valor probatorio, tiene sus consecuencias.

La consigna tiene algo de verdad: los chicos no suelen mentir, pero también absorben. Juan Ignacio sostiene que esa frase que repitió no la escuchó propiamente de su casa (según él, su padre nunca hablaba del caso en su familia) sino de un canal de noticias. Un nene de 6 años, más que un hecho, reproducía su entorno.

La reacción ante la frase terminó en un reclamo puntual: “Que lo traigan al nene a hablar”. Y por supuesto, nadie lo llevó, no solo para preservarlo, sino porque Juan Ignacio no era testigo, no estaba en ese edificio, no tenía nada que ver con el hecho. Declarar habría sido ratificar lo que ya venía diciendo la televisión.

Pero si vamos más a fondo con la frase “Los chicos dicen la verdad”, tocamos una discusión que sí existe y que nada tiene que ver con este caso. Si bien es cierto que los niños suelen ser transparentes, no es menor destacar que muchas veces están influenciados por perspectivas de su entorno cercano o medios de comunicación. Y es justamente esa la razón por la que el derecho toma recaudos cuando la palabra de un chico sí tiene que valer.

Hay causas en las que un niño no es un espectador televisivo, sino fuente: abusos y violencias que ocurren puertas adentro sin cámaras ni testigos. Ahí el relato de un niño sí es prueba y muchas veces la única. Por eso el derecho argentino tiene procedimientos específicos para recogerla.

En esos casos la palabra del chico no se recibe como la de un adulto, y no es por desconfianza. Por ejemplo, el Código Procesal Penal dispone que los menores víctimas de delitos contra la integridad sexual sean entrevistados por un psicólogo especialista en Cámara Gesell. La norma no devalúa esa palabra, sino que le exige un marco que la defensa puede y debe controlar.

Las dos escenas se explican solas: una frase repetida en vivo tomada de la tele de casa ordena una conversación nacional, por otro lado, un relato dado una única vez con peritos y protocolos alrededor sostiene una condena. La primera pesa en la opinión pública, mientras que la segunda, en el expediente.

Lo que ocurrió en aquel estudio de TV no fue una declaración, fue la frase espontánea de un chico. Confundir los dos planos podría ser un error caro del sistema penal. Sin embargo, eso no quita que la opinión pública condicione muchas veces el accionar del Poder Judicial: pesa, y bastante, aunque no debería.

*Abogado penalista.