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La IA protrabajador

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Jefe y empleado. El plomero que cotiza, cobra y fideliza clientes. | unsplash

Cuando Dario Amodei, CEO de Anthropic, escribió sobre el potencial de la IA, usó una imagen que sirve para pensar el desafío hacia adelante: la posibilidad de tener “países de genios” dentro de cada data center. La frase suena apocalíptica, pero leída con cuidado y desde el Sur Global, esconde algo más interesante que una distopía: una oportunidad real de acortar las brechas de productividad y de calidad del empleo que separan los mercados laborales de los países ricos del resto del mundo.

El debate global se pregunta quién se beneficia de la IA en economías con trabajadores altamente calificados. ¿Pero qué pasa con el resto del mundo, que concentra 85 de cada 100 empleos del planeta? Mirar la IA desde mercados laborales de baja especialización abre una discusión más interesante.

El economista Alexander Gerschenkron tenía una idea formulada en los años 50 que vuelve a ser útil hoy. Los países que llegan “tarde” a una transformación tecnológica pueden beneficiarse de esa demora: no repiten errores, adoptan versiones más maduras de la tecnología, y el atraso mismo puede crear condiciones para un salto. La “ventaja del atraso” la llamó.

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La IA generativa puede ser exactamente ese tipo de oportunidad. Un experimento reciente midió qué pasa cuando trabajadores de distintos niveles educativos usan IA generativa para resolver tareas cognitivas complejas. El hallazgo es contraintuitivo: los trabajadores menos calificados son quienes obtienen las mayores ganancias de productividad. La tecnología, al menos en este contexto, iguala más de lo que diferencia.

La economista Oriana Bandiera documentó algo que cualquier conocedor del Sur reconoce: en economías menos desarrolladas, los trabajadores son mucho más polivalentes. No porque sean más talentosos, sino porque los mercados menos diferenciados no permiten la misma división del trabajo. Eduardo Galeano ya había puesto nombre popular a este fenómeno en los 70 en Las venas abiertas de América Latina: los “toderos”. La microempresaria que además de su oficio hace la contabilidad, el marketing, la atención al cliente. El plomero que cotiza, cobra y fideliza clientes.

Andrea Atencio De León y colaboradores documentaron que en los segmentos de baja productividad de América Latina las personas realizan una proporción mucho mayor de “tareas periféricas” –administrativas, comerciales, financieras– que en países más desarrollados. Y esas tareas son exactamente donde la IA generativa es más potente. El “todero” representa, involuntariamente, un perfil ideal para beneficiarse de un asistente de IA.

Es tentador abrazar el tecnooptimismo. También lo es quedarse en el pesimismo: la IA como herramienta de concentración, como amenaza al empleo. Ambas posiciones llevadas al extremo son poco útiles. El optimismo ignora que las tecnologías no distribuyen sus beneficios solas: necesitan instituciones, regulaciones e inversión pública. El pesimismo paraliza –y es un lujo que el Sur no puede permitirse.

Hay dos caminos necesarios: acercar la tecnología a los contextos locales –herramientas que funcionen con baja conectividad, en los idiomas y registros de quienes las usan– e invertir en formación real, no cursos de superficie. Son dos agendas distintas pero conectadas, y apuntan al mismo objetivo: que la ventana hoy abierta para mejorar los trabajos en desventaja se transforme en una oportunidad real.

*Economista y cofundador de Sur Futuro.