OPINIóN
Lealtad

La secreta vecindad de las cosas

Aprender de las cosas consiste en permanecer donde uno dijo que estaría.

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Ellos. Cambian la palabra dada por la palabra revisada. | unsplash

Hay extrañas estaciones del ánimo en las que todo parece desvanecerse a la vez, sin estrépito ni aviso previo: las palabras se aligeran hasta no pesar, los rostros se vuelven pantallas y los compromisos duran lo que dura la conversación que los formula. Nadie firma nada y, sin embargo, alguien ha abdicado por el camino. Esa renuncia no tiene fecha. Lo humano se retira de sus propias promesas con una discreción casi elegante, cambia la palabra dada por la palabra revisable y deja tras de sí un mundo donde ya nada termina de sostenerse solo. Sin embargo, en esa intemperie sobrevive todavía un magisterio pequeño y terco, el de las cosas, que no han abdicado de nada.

Bécquer lo vio en un salón a oscuras. “Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase el arpa”, escribió en la rima que la edición póstuma de 1871 numeró como séptima. El dueño había olvidado y el arpa no. Bajo el polvo seguía guardando íntegra una música que ya nadie le pedía, y el abandono (que deshace tantas cosas humanas) no llegó a desafinarla.

Las cosas practican una virtud que rara vez se les reconoce, la fidelidad a sí mismas. La mesa no se cansa de ser mesa y la lámpara alumbra igual al que vuelve tarde y al que no vuelve. Ninguna revisa sus condiciones ni ensaya otra versión de sí misma cuando la mirada del dueño se distrae. Ninguna se retracta. Heidegger halló para esa virtud un nombre exacto, la fiabilidad, y advirtió en El origen de la obra de arte (1935) que el útil no se agota en su servicio, porque antes que útil es algo con lo que se puede contar. Años más tarde, en una conferencia de 1950 ante una jarra cualquiera, añadiría que la cosa reúne en su hueco la tierra y el cielo, los divinos y los mortales, y que allí cabe un mundo entero.

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Hannah Arendt lo pensó desde otro ángulo en La condición humana (1958). Las cosas estabilizan la vida de los hombres y les devuelven, en medio de una naturaleza cambiante, una identidad que se les escapa, porque vuelven a reconocerse “al referirse a la misma silla y a la misma mesa”. La casa se parece menos a una colección de objetos que a una vecindad de testigos, y cada uno guarda la memoria de un gesto que su dueño ya ha olvidado. Ellos recuerdan por nosotros.

Hegel, en el parágrafo 48 de la Enciclopedia de 1817, nombró el asunto con algo de ironía y habló de “la ternura por las cosas del mundo”, la que solo se ocupa de que las cosas no se contradigan y empuja la contradicción hacia otra parte. Lo escribió como reproche. Dos siglos más tarde el reproche suena a elegía, porque esa ternura se ha vuelto rara y apenas quedan manos dispuestas a ejercerla. Las Instituciones de Justiniano lo habían fijado en una fórmula que Dante difundiría, “nomina sunt consequentia rerum”, los nombres siguen a las cosas, y ese orden es el que se ha invertido: “nomina nuda tenemus”, “nos quedan los nombres desnudos”, así termina la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa.

Pero las cosas persisten, y persisten sin aspavientos. Son incluso contumaces (en la acepción jurídica del que no comparece ante el tribunal que lo cita). Las cosas no comparecen ante el tribunal de la prisa, de la velocidad, de la aceleración, no responden a sus citaciones ni aceptan su jurisdicción, y esa rebeldía suya no ampara ningún error, ampara el derecho a durar.

La palabra exacta para ese trato -mejor que posesión y mejor que compañía- es vecindad. Al vecino no se lo elige y nada exige, simplemente está, y su estar sostiene un orden que nadie ha firmado. Las cosas son vecinas calladas y aleccionadoras, y enseñan por contigüidad, de modo que, mientras lo humano delibera si se retira del todo, la jarra sigue conteniendo el agua, el picaporte sigue cediendo a la mano y el arpa sigue guardando su música bajo el polvo. Aprender de ellas consiste en algo muy modesto, permanecer donde uno dijo que estaría, esto es, prometer y prometer-se. La lealtad empieza ahí, en la perseverancia de una cosa en ser lo que es.

Bajo el polvo, el arpa sigue afinada. Esperar era, y sigue siendo, su manera de ser fiel.

* Profesor de Ética de la comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.