OPINIóN
Otra mirada

Las parejas y la (in) fidelidad

Podemos pensar una verdadera deconstrucción de la idea de pareja, que no desvíe hacia las nuevas morales del amor libre y que apunte a lo igualitario, pero sin desconocer la disimetría que toda relación de vulnerabilidad implica.

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Antes la infidelidad estaba delimitada por un acto sexual con una persona ajena. Ahora alcanza con conversar o dar “like” a una publicación en una red social. | cedoc

A nadie le gusta que le sean infiel. Sin embargo, no es claro que todos digamos lo mismo cuando hablamos de infidelidad. 

Hay una diferencia muy grande entre quien sufre porque en la confirmación de la infidelidad siente un abandono y quien la vive como una herida en el orgullo. Entre un extremo y otro hay un espectro de otras opciones.

Además, hoy tampoco es tan evidente qué es una infidelidad. Si antes el “hecho” quedaba delimitado por la consumación de un acto sexual con una persona ajena a la pareja, en nuestros días se consideran infidelidades casos tan diversos como conversar con otra persona o dar “like” a una publicación en una red social.

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Motivos. La generalización de qué se considera infidelidad en nuestras sociedades se debe a que nuestras parejas se volvieron más inestables y la inseguridad acecha ante cualquier interacción social: en cualquier momento -siento- el otro me puede dejar. Así es que el control se refuerza y cada quien vive pendiente de qué hace el otro.

Por otro lado, los motivos que pueden llevar a alguien a ser infiel también son de lo más diversos. Sí es preciso destacar que no siempre es por una cuestión de deseo que alguien se inclina hacia otro vínculo, que no es el que tiene con su pareja; en la práctica del psicoanálisis se confirma lo contrario de lo que dice el refrán (“busca afuera lo que no encuentra en casa”); a veces alguien es infiel porque tiene miedo de perder a quien ama, o porque siente una dependencia de la que quiere escapar. En más de un caso, el temor es un motivo más fuerte que el deseo.

Sin embargo, no es en este tipo de cuestiones que quisiera detenerme. Prefiero que estas líneas apunten a una consideración menos descriptiva. Quisiera proponer una idea que sirva para quitarle a la infidelidad su dimensión moral, para interpretarla por una vía más comprensiva. 

Análisis pobre. Como fenómeno moral, de la infidelidad puede decirse bastante poco. No es más que un reproche, que supone algo que alguien le hizo a otro. De este modo, tenemos una mala persona y una víctima, tanto como todos los espectadores que tienen tomar partido y situarse de un lado o del otro. Cada quien lo hará según su fantasía y remordimientos. Este nivel de análisis, que es el prioritario en nuestro sentido común, es empobrecedor, por todos los desarrollos que hice en el principio, y no hace más que contribuir a que el malestar se acreciente. 

El psicoanálisis es una práctica que busca ir más allá de este tipo de análisis moral para situar los hechos en su complejidad. En los tratamientos con parejas, que a veces se inician con infidelidades, el primer paso es dejar a un lado la acusación reactiva (tanto como una justificación), para ubicar que no es tan obvio qué ocurrió cuando ocurrió un episodio que se nombra como “infidelidad”. A veces incluso es más importante situar cuándo ocurrió que qué ocurrió, porque eso que parece evidente es una respuesta a una circunstancia, sobre la que seguro ambos miembros de una pareja pueden decir algo. 

El inicio de un tratamiento de pareja se da cuando es posible dejar atrás ese modo de hablar en que se dice qué hizo el otro, o porque alguien hizo lo que se dice que hizo, para que cada uno hable desde lo que le duele en el vínculo con el otro, un dolor que a veces no tiene nada que ver con algo que el otro haya hecho o dejado de hacer.

Demanda y deseo. No obstante, no quiero detenerme aquí en pormenores del análisis de parejas. Mi interés es pensar de qué se trata en la expectativa de fidelidad. Porque la fidelidad no es algo que se pueda acordar, sino que es una demanda. La fidelidad se pide -no siempre de manera explícita-, es algo que se espera del otro.  

Quizá pueda parecer extraño mi planteo, porque hoy es más corriente pensar que en la pareja se trata de consensos, negociaciones, contratos, etc. Por ejemplo, se piensa la monogamia como un acuerdo, como si las personas pudieran decidir respecto de su deseo. No voy a realizar una crítica de este punto de vista en este contexto, porque ya lo hice en diversos libros; sí voy a exponer la conclusión de un argumento: en una pareja siempre se trata de tres, es decir, uno, otro y el deseo, que es un tercero, porque incluso si fuera el caso de que dos deseen lo mismo, no lo hacen de la misma manera. 

De esta manera, el deseo descompleta cualquier pretensión de contractualidad en una pareja. El deseo del otro nos excede, quizá podríamos aspirar a ser el único objeto en que ese deseo se pose… pero así solo sufriremos. ¿Quiere decir esto que tenemos que aceptar la infidelidad sustancial del deseo? En absoluto. Son dos cuestiones diferentes: podemos aceptar que no podemos controlar el deseo del otro; también podemos pedirle a alguien sea fiel.

Ahora bien, ¿en qué consiste la demanda de fidelidad? Esto es lo verdaderamente importante. Por un lado, es una demanda (de algo) imposible. Porque no hay modo de pedirle a alguien que sea fiel, salvo que le estemos pidiendo que renuncie a su deseo, lo que cancelaría inmediatamente la posibilidad de la pareja. Las parejas controladoras son las primeras en perder el erotismo. Además, es posible que alguien prometa que será fiel, pero ¿cómo puede saberlo? De acuerdo con lo planteado en el principio, puede que lo sea en los “actos”, pero ¿en el pensamiento o en los sueños? La demanda de fidelidad es imposible de formular, porque también es imposible de ser cumplida.

Dicho de otro modo, si la expectativa de fidelidad se entiende literalmente, como demanda que impide que el otro desee o controla sus actos, encallará tanto con su imposibilidad, como con el malestar que hace del otro un eventual traidor. Se le cobra de antemano la terceridad que el deseo introduce en toda pareja. Por esta vía, el amor se vuelve sospecha, la relación se somete a vigilancia, la fidelidad no construye nada entre dos personas. Así recaemos en la fidelidad como fenómeno moral.

Alternativa. Por eso quisiera ofrecer una versión alternativa de cómo entender la fidelidad, que no sea limitativa y destaque mejor su condición constructiva.

Si en la demanda de fidelidad se pide algo imposible, es posible no quedarse en la imposibilidad. ¿A qué me refiero? A que no por pedir lo imposible se deja de pedir algo que puede se puede reconocer como legítimo. En este sentido, creo que la demanda de fidelidad se puede plantear en los siguientes términos: “Te pido fidelidad, no para que seas fiel, sino para que sepas que te lo pido, para que te importe mi demanda”. Creo que así es posible pensar la fidelidad desde un punto de vista que antes que apuntar a qué si el otro hace tal o cual cosa, le concede la posibilidad de una respuesta, en principio, la de reconocer la demanda.

Por esta vía, ser fiel ya no es tanto cumplir con una norma, ya no es una cuestión moral, sino una disposición ética, que no prescribe ciertas acciones abstractas, sino que se realiza en lo singular del vínculo entre dos personas. No es un acuerdo ni un contrato, es un vínculo que se deja afectar por la reciprocidad. 

Hay un poema de Silvina Ocampo que dice: “Jamás llegar por nada a concederte la tediosa y vulgar fidelidad, de los abandonados que prefieren morir por no sufrir y que no mueren”. Estos versos muestran bien cómo la fidelidad puede ser una cáscara vacía, que limita un vínculo y empobrece eróticamente la pareja. 

¿Quiere decir esto que hay que olvidarse de la fidelidad? Este parece ser el nuevo giro de época, que promueve la apertura de relaciones y el poliamor como sanción de la hipocresía de los mandatos. Sin embargo, pensar la fidelidad desde el mandato permanece aún en una perspectiva moral que empobrece el planteo más serio de la fidelidad como demanda.

¿Estamos dispuestos a demandar y reconocernos demandantes sin la expectativa de que el otro cumpla con nuestra demanda? ¿Estamos dispuestos a dejarnos afectar por la demanda del otro sin empezar con la neurosis infantil de la pérdida de libertad? Es con este tipo de preguntas que podemos pensar una verdadera deconstrucción de la idea de pareja, que no recaiga en las versiones new age del contractualismo, que no desvíe hacia las nuevas morales del amor libre y que apunte a lo igualitario, pero sin desconocer la disimetría que toda relación de vulnerabilidad implica. Si en una pareja el deseo es un tercero, la vulnerabilidad corre por partes iguales.

*Doctor en Psicología y Filosofía.