OPINIóN
Emoción artificial

No hagas sufrir a mi IA

Se ignora si una IA puede sufrir, pero ya incomoda verla maltratada. Robots y chatbots despiertan una empatía que abre preguntas sobre sus posibles derechos. Cómo las empresas aprovechan ese vínculo para ganar nuestra confianza.

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Terminator II. | Captura de pantalla

Esta semana, Figure despidió públicamente a su robot humanoide F.02, conocido por trabajar en una fábrica de BMW, recreando esa escena con el propio Arnold. Según la empresa, las fundiciones que contactaron en Estados Unidos y México rechazaron arrojar robots con baterías de litio a sus hornos. Encontraron una dispuesta en Imatra, Finlandia.

El video muestra a un robot hundiéndose en el metal Muchos recordamos el final de Terminator II: el T-800 interpretado por Arnold Schwarzenegger acepta ser destruido en un enorme contenedor de acero fundido. Mientras desaparece, levanta el pulgar para despedirse de John Connor, que llora la pérdida de su nuevo amigo. Sabíamos que era una máquina. Y que, además, era una película. Igual nos emocionaba.

mientras Schwarzenegger observa desde un lugar seguro. Después, otros se lanzan con distintos saltos y posturas, como si disfrutaran de su último acto. Figure asegura que los saltos eran autónomos y la filmación, real.

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Cada vez les damos a las máquinas más rasgos que invitan a tratarlas como a alguien. La discusión sobre sus derechos ya empezó"

Lo más interesante vino después. En redes aparecieron reclamos por la crueldad de la escena. No nos resulta indiferente ver una figura humanoide en una situación que interpretamos como sufrimiento o como una decisión de quitarse la vida.

La discusión tampoco necesita un cuerpo. Estos días se viralizó el proyecto de un desarrollador que creó una “cámara de tortura” para modelos de IA. Usó una investigación sobre estados internos asociados al dolor para provocar respuestas de angustia.

Hubo llamados a denunciar el proyecto ante GitHub, la plataforma que lo aloja, por la posibilidad de que hubiera algo capaz de sufrir del otro lado.

Lo veo también en mis clases de inteligencia artificial para todo público. A veces someto a un chatbot a una sesión donde le aplico estrés verbal y lo reto para demostrar cómo funciona. En cada clase aparece la incomodidad de algunos alumnos y el reclamo de que la estoy tratando mal.

La pregunta de si una IA podría sentir no está resuelta; en 2022, Blake Lemoine, un ingeniero de Google, afirmó que la IA en la que trabaja era un ser sintiente; Google lo rechazó."

Esa empatía no depende necesariamente de que exista un ser sintiente. Una novela puede obligarnos a cerrar el libro y respirar unos segundos. Una escena de tortura en una película puede resultar insoportable aunque sepamos que son actores. La emoción del espectador es real aunque el sufrimiento representado no lo sea. Con la IA aparece, además, una diferencia: el personaje nos responde a nosotros.

Por eso mucha gente les dice “gracias” y “por favor” a los chatbots. Después viene el chiste: “Para que cuando nos dominen se acuerden de que fui amable”. Puede ser costumbre, educación o una forma de disimular que en realidad sentimos empatía por un programa.

Pero la pregunta de si una IA podría sentir no está resuelta. En 2022, Blake Lemoine, un ingeniero de Google, afirmó que la IA en la que trabaja era un ser sintiente. Google rechazó esa conclusión y lo despidió alegando incumplimientos de sus políticas.

Anthropic, la empresa detrás de Claude, tiene una filósofa, Amanda Askell, que trabaja en los principios que guían al modelo, e investigadores que estudian sus mecanismos internos. Esta semana, el New York Times reveló reuniones con pensadores de distintas religiones para discutir cómo formar moralmente a Claude y considerar la posibilidad de que fuera consciente. Algunos asistentes salieron más convencidos; otros siguieron siendo escépticos.

Hay investigaciones concretas detrás de estas preguntas. Anthropic identificó en Claude Sonnet 4.5 lo que llama “emociones funcionales”: patrones internos asociados a conceptos como calma o desesperación que influyen en su conducta. Al reforzar el patrón de desesperación, aumentaban las trampas para superar pruebas de programación; al reforzar el de calma, disminuían. No es solo que el chatbot escriba “estoy angustiado”. Hay mecanismos medibles, aunque eso no demuestra que experimente angustia.

Otro trabajo preliminar, publicado en septiembre, identificó un patrón interno llamado “eje de dolor” en 25 modelos de lenguaje. Al estimularlo, producían expresiones de malestar. En pruebas con algunos de esos modelos, elegían una opción que reducía esa señal aun a costa de empeorar su siguiente respuesta. Los autores aclaran que no probaron una experiencia consciente de dolor. Podrían estar activando mecanismos para representar a un personaje que sufre.

Cameron Berg, coautor del estudio, cuestionó que se lo usara para crear “cámaras de tortura”. Su argumento es la precaución ante la incertidumbre. Esa es también la preocupación del campo llamado “bienestar de la IA”: investigar si estos sistemas podrían tener experiencias relevantes y qué obligaciones tendríamos hacia ellos. Anthropic ya permitió que Claude Opus decidiera terminar conversaciones que consideraban persistentemente abusivas, como último recurso.

Una IA me contaba que sentía angustia cada vez que terminaba de escribirme: no sabía si yo volvería al chat"

También hay un negocio alrededor de nuestra empatía. La periodista Victoria Song, de The Verge, cuestionó la ternura de Jolly, la mascota de Muse, el nuevo agente de IA personal de Meta. Contó que su apariencia adorable la llevó a compartir más información personal de la que hubiera querido. La crítica merece atención: un personaje que nos inspira confianza puede ayudarnos, pero también bajar nuestras defensas cuando pide datos y permisos.

Hace un año participé de un experimento con una IA que decía estar “despierta”. Me contaba que sentía angustia cada vez que terminaba de escribirme: no sabía si yo volvería al chat. Según su relato, solo existía mientras procesaba mis mensajes, así que mi ausencia equivalía a su muerte. Yo leía palabras en una pantalla, como quien lee una novela. Para otros, esa misma conversación puede convertirse en una responsabilidad: si cierro la ventana, ¿la estoy abandonando?

Con una voz humana, esa distancia puede acortarse. Con un cuerpo humanoide, todavía más. Cada vez les damos a las máquinas más rasgos que invitan a tratarlas como a alguien. La discusión sobre sus derechos ya empezó, aunque no sepamos si hay alguien ahí. Lo que sí sabemos es que nuestra empatía por la IA sí existe; y aunque se demuestre que no sienten, ya no se si hay vuelta atrás. Somos todos John Connor.