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OPINIóN / Economía
martes 2 julio, 2019

El Mercosur y la Unión Europea

Los efectos económicos se verán en el muy largo plazo. Mientras tanto, la Argentina debe restaurar su participación en las exportaciones mundiales.

por Eduardo Conesa

Mauricio Macri Foto: Cedoc
martes 2 julio, 2019

El convenio recientemente firmado entre el Mercosur y la Unión Europea debe considerarse como positivo en el largo plazo para la Argentina. Como bien  dijo el Presidente Macri, la gran mayoría de la población argentina tiene una raíz europea y no unen con Europa fuertes lazos culturales y de sangre. Pero los efectos económicos de ese acuerdo se verán en el muy largo plazo. Mientras tanto, la Argentina debe empezar por restaurar su participación en las exportaciones mundiales que eran del 3% antes de 1946 y ahora ha quedado reducida al 3 por mil. Es decir, diez veces menos que en la primera mitad del siglo XX. En aquellos tiempos, nuestro país figuraba como quinto o sexto en el nivel de ingreso per cápita de todos los países del orbe, contra un retroceso al número setenta en la actualidad.   

Nuestra caída relativa en los mercados de exportación comenzó durante la primera y segunda presidencia de Perón, allá entre 1946 y 1955. Se pensaba entonces que para salir de la pobreza había que desarrollar el mercado interno, subir los salarios nominales, sobrevaluar la moneda, y restringir las importaciones mediante controles de cambio, el hoy llamado “cepo cambiario”. En otras palabras, ensayamos con el desarrollo hacia adentro. El problema principal con esta estrategia es que el mercado interno es demasiado pequeño, y al no permitir economías de escala, nuestra economía se estancó. 

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Tradicionalmente nuestro gran mercado de exportación había sido Gran Bretaña, país que nos compraba crecientes cantidades de carne vacuna, granos y lana desde 1860 hasta mediados del siglo XX. Pero hacia  1973, este país finalmente, tras arduas negociaciones, consiguió entrar a la Unión Europea, lo cual fue un duro golpe para nuestro comercio exportador.

La Unión Europea, que comenzó con el Tratado de Roma de 1957, practica un proteccionismo agropecuario rabioso inducido por Francia. Es bien sabido que en aquel tiempo de guerra fría entre la Unión Soviética y Occidente, los tanques rusos aplastaban sin piedad sublevaciones populares en Polonia, Hungría, Checoeslovaquia y otros países detrás de la cortina de hierro, en el este de Europa. Aterrorizados, los alemanes occidentales imploraron un acuerdo comercial con Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo que se materializó luego en el mencionado tratado de Roma de 1957. Se pensaba que la integración económica de Europa occidental iba a generar una gran potencia económica a ser denominada Estados Unidos de Europa, hoy conocida como Unión Europea, cuyo propósito primigenio, en el decenio de los cincuentas, era contener el expansionismo soviético. 

Sin embargo, para firmar aquel tratado de Roma de 1957, Francia impuso condiciones ante la desesperada Alemania Occidental. Esas condiciones venían de resentimientos del fondo de la historia. En 1814, Prusia e Inglaterra derrotaron a Napoleón I e hicieron pagar a Francia fuertes reparaciones de guerra. En 1870, la Alemania de Bismark y Von Moltke derrotaron a Napoleón III, “le petit”, e impusieron pesadas gabelas sobre Francia. Pero en 1919, Alemania cayó derrotada en la primera guerra mundial y Francia intentó vengarse con gruesas reparaciones de guerra a pagar por Alemania. Pero Alemania no pagó porque apareció Hitler. Finalmente, en 1945, al perder Alemania la segunda guerra mundial quedó dividida en dos, la Alemania occidental y la oriental, y, por lo tanto tampoco pagó a Francia. Alemania oriental dominada por el comunismo soviético, quedó sumida en la pobreza. Pero Alemania occidental capitalista resultó un país próspero gracias a su exitosa política exportadora basada en un tipo de cambio muy competitivo, adoptado en 1948.

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Los alemanes occidentales imploraron a los franceses un acuerdo de integración para frenar los avances soviéticos, pero entonces Francia impuso una política agrícola fuertemente proteccionista para Europa. En efecto, Francia posee las mejores tierras agrícolas de Europa aunque no tan buenas como las argentinas, ni las de Estados Unidos, ni las de Ucrania. Por lo tanto, sus costos son mas altos que los internacionales, y, en consecuencia, necesita una fuerte protección aduanera agrícola, para exportar a sus socios europeos. Por esta vía indirecta, altos precios agrícolas, Alemania le paga indirectamente las reparaciones de guerra a Francia. Con el paso de los años, los intereses creados proteccionistas tratan de mantener el statu-quo de manera permanente, mucho mas allá del tiempo razonable. Por eso ha sido tan difícil para Argentina y Brasil, productores agrícolas mas eficientes, obtener un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, tratado que, de cualquier manera, tardará 15 años mas en implementarse completamente. 

Por las razones expuestas, el tratado con la Unión Europea es un paso adelante para nuestro país, aunque menor si Inglaterra se llega a retirar de la Unión. Por las razones expuestas nuestro país debe desarrollar sus exportaciones principalmente hacia los mercados del Asia y América del norte, que están ávidos de nuestro productos mediante tratados de libre comercio como tienen Chile, Perú, México, y otros países de América latina. También, porqué no, un tratado de libre comercio con Inglaterra, si este país se retira de la Unión Europea. Para tener éxito con estos tratados, Argentina necesita un tipo de cambio real competitivo constante de largo plazo y también tasas de interés bajas que alienten la inversión para exportar. Lo opuesto de lo que estamos haciendo ahora.

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Además, el Mercosur dentro del cual estamos sumidos, tiene fuertes ataduras con la política económica brasileña que no necesariamente coincide con nuestro verdadero interés nacional puesto que Brasil ya no crece al 9% anual como en 1964-84 y, por lo tanto, este Mercosur debiera convertirse en una zona de libre comercio, abandonando su esencia ineficiente, que es la de ser un mero merco-autos.


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