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OPINIóN / Economía
jueves 13 junio, 2019

¿Es conveniente para la Argentina la moneda común con Brasil?

Parece mucho más realista conservar nuestro peso como moneda y establecer un sistema monetario eficiente similar al chileno.

por Eduardo Conesa

Familia de billetes Animales autóctonos de Argentina. Foto: Comunicación BCRA

Con motivo de la reciente visita del Presidente del Brasil a nuestro país, ha surgido la idea de una moneda común entre Argentina y Brasil que se denominaría “peso-real”. Sin embargo, a pesar de las declaraciones favorables del presidente Jair Bolsonaro y del ministro de economía argentino Nicolás Dujovne a favor de tal idea, desde el Banco Central del Brasil se informó que no estaba en estudio ninguna propuesta al respecto.

Parece que ante el caos que existe en nuestro país en materia monetaria debido a la inflación del 50% anual, a la devaluación del 100% del último año, a la fuerte caída del PBI y del empleo, sumado todo ello al Stand Bydel FMI por 57 mil millones de dólares que no logra estabilizar nuestra economía, el Presidente Bolsonaro debe haber pensado que los argentinos somos muy tontos para la administración de nuestra moneda, y por lo tanto necesitamos la conducción del Brasil en la materia. Tontos, pero no tanto (TNT), dijeron en otra época el ex-Ministro Kicilloff y su compañero de estudios, el actual CEO de nuestro Banco Central Sandleris.

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El Presidente del Brasil incluso sugirió el nombre de “peso-real” para la nueva moneda, la cual en realidad sería conducida desde el Banco Central del Brasil, donde tal vez la Argentina podría obtener un puesto menor dentro del directorio de dicho banco, siempre bajo la Presidencia y la superior conducción técnica del Brasil, desde Brasilia. 

En la teoría, para que a dos países les convenga tener una moneda común deben registrar un ciclo económico completamente sincronizado, es decir que cuando un país está en recesión, el otro también y cuando uno está en expansión, lo mismo debe ocurrir con el otro. Esta situación solamente ocurre cuando el comercio reciproco entre ambos países es muy intenso: supongamos que el 80% del total de nuestras exportaciones e importaciones se dirigiera al o desde el Brasil. Es evidente que esta condición no se verifica, excepto en el sector automotriz donde la Argentina importa el 80% de las autopartes y se limita a la armaduría para volver a exportar al Brasil automóviles con poco valor agregado nacional. Se trata de un mero acuerdo sectorial ineficiente para ambos países, y más aun para los argentinos. 

Si analizamos la historia de los últimos 80 años, vemos que no hay ninguna sincronización del ciclo económico entre nuestros dos países. La cuestión de la sincronización del ciclo es fundamental pues un Banco Central común tiene que bajar las tasas de interés en tiempos de recesión para evitar el alto desempleo y subirlas en tiempo de expansión, para evitar la inflación sobreviniente. ¿Pero qué hacer si cuando Brasil está en expansión, Argentina está en recesión y viceversa? Evidentemente el Banco Central Común con sede en Brasilia y presidido por un brasileño hará lo que le conviene al Brasil y la economía argentina sería maltratada, a menos que Brasil acepte que la presidencia del Banco Central común esté en Buenos Aires y sea presidido por un argentino, circunstancia a todas luces improbable por el mayor tamaño de la economía brasileña.

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Otra condición necesaria para el éxito de un proceso de integración monetaria es un acuerdo que permita una absoluta libertad de migraciones entre ambos países, precisamente para aliviar eventuales des-sincronizaciones del ciclo económico, o crisis sectoriales en un país que no ameriten cambiar la política monetaria del conjunto. Esas migraciones libres permitirían paliar desajustes en el desempleo. La libertad migratoria está pactada, por ejemplo, en el modelo de integración europea, pero está limitada en la práctica por razones idiomáticas: la mayoría de los españoles no conoce el idioma alemán, ni los alemanes el español, por ejemplo. Para la Argentina, la libertad migratoria sería contraproducente, dado que los salarios del personal calificado son mucho mas altos en Brasil que en Argentina, en tanto que las remuneraciones de los trabajadores menos calificados son más altas en Argentina, por lo cual nuestro país perdería personal calificado y se llenaría de trabajadores brasileños de baja preparación. Adicionalmente, como en Europa, las migraciones también estarían algo limitadas por las diferencias de idioma.

A estos problemas se agrega la cuestión del tipo de cambio inicial, al cual se pactaría la moneda común. Con moneda común, una eventual sobrevaluación cambiaria que provoque un exceso de importaciones sobre exportaciones no se puede arreglar con una devaluación. Lo vimos en los casos dramáticos de los PIGS (Portugal, Italy, Greece and Spain) en la Unión Europea. Estos países tenían déficits externos y no los podían corregir devaluado la moneda porque el euro se gobierna desde Alemania. Lo debieron corregir bajando los salarios, lo cual ha sido y es políticamente muy doloroso. Argentina tiene una enorme deuda externa que en el futuro tendrá que pagar con un excedente de exportaciones sobre importaciones. Ese superávit deberá cubrir al menos los cuantiosos intereses de la deuda externa, para lo cual necesitaría un tipo de cambio muy competitivo. 

Como si estos problemas fueran pocos, para establecer una moneda común se necesitaría una reforma constitucional tanto en la Argentina como en Brasil. En definitiva, parece mucho más realista conservar nuestro peso como moneda y establecer un sistema monetario eficiente similar al chileno, como propusimos en un artículo anterior. La integración con Brasil debiera pasar por la transformación del Mercosur en una zona de libre comercio y en el mejoramiento de la infraestructura. En tal sentido, un puerto de aguas profundas en la provincia de Buenos Aires que brinde salida a la producción exportadora de la Cuenca del Plata que abarca el sur de Brasil, Paraguay, Bolivia, Argentina e incluso Chile, es una necesidad para viabilizar el desarrollo a largo plazo de nuestro país. El puerto de Buenos Aires tiene un calado de 10,2 metros, pero los grandes buques de 150 mil o 200 mil toneladas que hoy transportan las mercaderías del comercio internacional requieren 16 metros de calado. El puerto de aguas profundas se hace necesario porque en 2014 y en 2016 respectivamente se profundizaron los canales de Suez y Panamá para buques de 16 metros de calado y gran tonelaje. El puerto de Buenos Aires, en consecuencia, no solamente es hoy el más caro del mundo, sino que es un puerto meramente fluvial que no condice con la potencia económica y comercial que una vez la Argentina pretendió ser. 

(Para detalles del importante proyecto de puerto de aguas profundas ver mi libro Propuestas Superadoras para el Desarrollo Económico, Prosa Editores, 2018).


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