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OPINIóN / Pandemia por coronavirus
lunes 6 abril, 2020

¡Es el Estado, estúpido!

Las investigaciones revelan que en los lugares donde hay escasa regulación estatal, se produjo un fenómeno de concentración en pocas manos, aumentado la inequidad.

La Casa Rosada, sede del Poder Ejecutivo. Foto: DS
lunes 6 abril, 2020

Thomas Hobbes, en su obra Leviatán expresa una concepción pesimista del estado de naturaleza, pues lo considera un estado de guerra permanente, en el que el individuo está siempre en riesgo. Considera que la falta de un poder común que amedrente a todos,  produce una condición de guerra de todos contra todos, que sintetizó con “El hombre es un lobo para el hombre”.

El estado de naturaleza al que se refiere Hobbes, donde hay ausencia de leyes y libertad absoluta, se convierte en un sitio regido por la ley de la selva, donde el objetivo supremo de los individuos es subsistir, con el riesgo de muerte sobrevolando el ambiente sin pausa. He aquí donde cobra fuerza la idea del Estado –como lo conocemos hoy– para superar esa anarquía.

El Estado se distingue de toda organización social porque posee el monopolio del uso de la fuerza para imponer un ordenamiento jurídico en un territorio determinado. Además, se mantiene en el tiempo, a pesar del paso de diferentes gobiernos –cada uno con matices peculiares–.

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Esta construcción social requiere de un contrato social, que el filósofo Jean Rousseau argumenta, afirmando: “Todo individuo se enajena, con todos sus derechos a favor de la comunidad; porque, dándose cada uno por entero, la condición es la misma para todos los contratantes, y dándose a la comunidad la comunidad por acto recíproco del contrato se da a cada uno de los individuos. Cada uno se entrega a nadie en particular, y en este cambio se gana el equivalente de todos lo que se puede, y una fuerza mayor para conservar lo que se tiene”. Rousseau también teorizó sobre la “voluntad general”, pilar fundamental de la democracia representativa.

Repasar la evolución de la convivencia social es importante en tiempos en los que el Covid-19 ha puesto en jaque al planeta en general y al modelo neoliberal en singular, esto último por la incapacidad del mercado para satisfacer problemáticas que no poseen lógica de rentabilidad, sino que demandan asistencia social y logística, que sólo posee el Estado –como la capacidad instalada que poseen las Fuerzas Armadas, que hace posible la ayuda humanitaria en todo el territorio nacional–. No hay evidencias que confirmen  que el libre juego de la oferta y la demanda, genera mayor equidad social. Todo lo contrario: las investigaciones revelan que en los lugares donde hay escasa regulación estatal, se produjo un fenómeno de concentración en pocas manos, aumentado la inequidad (América Latina es la región más inequitativa del mundo). La articulación de intereses sectoriales, la distribución y el acceso a servicios y bienes públicos, son roles esenciales del Estado. Dejar estos quehaceres en manos del mercado, sin ninguna regulación, sólo producirá colectivos de postergados, kilómetros de desigualdad y violencia. Es cierto también que el desafío del Estado moderno es mejorar su eficiencia social, que incluye celeridad en la asistencia.

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En la Argentina es posible observar un retorno gradual a un Estado de Bienestar, imperfecto, por cierto, porque hay segmentos sociales que aún no reciben la cobertura que les permita amortiguar el impacto socioeconómico que la pandemia les ocasiona en su vida diaria. Las esquirlas del coronavirus sacudieron al  mundo entero, y los recursos de los gobiernos son limitados para resolver problemas infinitos. Aquí es donde aparece otra distinción del Estado: su función. Esta consiste en atender, primero a los más vulnerables, ecuación difícil de resolver cuando un virus afecta a todos, sin pedir pasaporte ni recibo de sueldo. En español: hoy hay muchos que necesitan mucho la ayuda del Estado.

Hace unos días, el presidente Alberto Fernández extendió el aislamiento social buscando evitar que el virus circule con velocidad y multiplique la cantidad de personas con el virus en su cuerpo. Si la cantidad de infectados de coronavirus se lograra dosificar en el tiempo, es posible que la estructura sanitaria argentina no colapse. Caso contrario, Italia o España pueden convertirse en nuestro espejo.

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Inmersos en este panorama repleto de incertidumbre y afectados por la crisis sanitaria, algunos críticos acérrimos del Estado, que ayer expresaban con furia contra la estructura estatal y hablaban maravillas de los poderes mágicos del mercado para solucionarlo todo, hoy demandan la presencia de ese Leviatán, al que Hobbes le dedicó ríos de tinta.

Quizás recordar un episodio muy conocido en el universo de expertos en campañas electorales, nos ayude a reflexionar sobre prioridades y necesidades de las sociedades. El hecho aconteció en 1992, en Estados Unidos. George Bush (padre), una docena de meses antes de la elección presidencial, contaba con una aprobación superior al 80%. Su campaña se centró en los “éxitos” de la política exterior, como el fin de la Guerra Fría y la Guerra del Golfo Pérsico, minimizando las carencias apremiantes y cotidianas del electorado. En ese entonces, la economía estadounidense vivía un período de recesión. Esto fue capitalizado por James Carville, el asesor de Bill Clinton, quien inmortalizó el eslogan "¡Es la economía, estúpido!", que llevó a Clinton a la Casa Blanca. Esta frase puso en evidencia la importancia de la variable “bolsillo”, a la hora de votar.

Pandemia…y después

Hoy, en la Argentina,el centro del escenario lo ocupa la salud pero hay muchos efectos colaterales que la rodean. El contexto global actual exige un Leviatán de tiempo completo, que funcione con eficiencia social, que levante a los caídos y que evite que los que tambalean se derrumben. Hay una sola organización social que puede lograr que el panorama actual no sea aún más sombrío para los pueblos. Si preguntara en voz alta cuál es, James Carville, probablemente me respondería: “¡Es el Estado, estúpido!”.

 

*Analista internacional, Director y Profesor de Gestión de Gobierno en la Universidad de Belgrano; autor de Postales del Siglo 21 y Malvinas.                                    


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