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OPINIóN / Desde Madrid
miércoles 15 abril, 2020

Diario de la peste 12: Los niños invisibles

Miguel Roig mantiene un diario de la cuarentena desde la capital de España, país en el que se declaró la alarma y la policía patrulla las calles.

Hermes Binner, es gobernador socialista por Santa Fe. Foto: Andrés Acciarri.
miércoles 15 abril, 2020

Poco más de las seis de la mañana y, por primera vez, desde que comenzó la cuarentena, las cifras económicas desplazan a las sanitarias. Las previsiones son apocalípticas, pero, en medio de la tragedia, el espanto se asume como un mal menor. El silencio arropa a la oscuridad a esta hora en la que no se asomó aún el primer resplandor matinal. Solo veo cómo titila la pantalla del televisor de una vecina, varios portales a la derecha en la acera contraria. Está encendido siempre, a toda hora, y, pareciera sintonizado en algún canal de noticias por la sucesión de imágenes fragmentadas y continuas. La distancia que nos separa no permite más precisión. Cuando ella se asoma, a la hora del saludo colectivo al personal sanitario, se la ve sonriente, muy entrada en años pero todavía vital. Es una de las primeras en salir y de las últimas en ocultarse. Al igual que el niño que se instala en el balcón justo frente al mío y que suele aparecer antes que nadie. Escucho sus manos golpear como tocando a rebato a todo el barrio. Allí está ella, sonriéndole. Al pequeño, que no tiene más de seis o siete años, se suman después sus padres que le abandonan, como el resto de vecinos cuando acaba la ceremonia y se queda, dando palmas, con la abuela hasta que el eco de los dos se termina perdiendo.

Niños y ancianos son los que se llevan la peor parte.

Francesco Tonucci, el psicopedagogo italiano, comenta desde su casa en Roma, en una entrevista en El País, que aquello que más le ha llamado la atención en esta cuarentena es que, todo el mundo pide consejo a los psicólogos para los padres y a los psicopedagogos para los maestros, pero nadie piensa en los niños. En París, mi pequeño sobrino de diez años, no extraña ni a su maestra ni al pupitre: le faltan sus compañeros, su entorno social: no hay día que no me lo recuerde. El niño del balcón de casa no creo que aplauda a los médicos: está llamando a sus amiguitos. Le responde la abuela que no llama a nadie: espanta a la muerte que le exhibe, impúdica, la pantalla del televisor, su única compañía.

Diario de la peste 11: Estar vivo

Tonucci no tienen ningún problema en expresar la inexistencia de los niños para los políticos. «No existen, no aparecen en sus preocupaciones», opina. ¿Qué hacemos con los niños? Pues, demostrar que pueden seguir exactamente igual que antes de la crisis sanitaria. Se los pone frente a una pantalla –como a la abuela– y que se ocupen de una parva de deberes. Como si estuvieran en clase. Si esta parece una situación mala, para Tonucci hay otra peor: no es que la enseñanza no pueda funcionar así, es que la escuela tampoco funciona cuando está abierta en condiciones normales. Los chicos no aprenden se aburren, como ahora, en casa, con la ausencia de sus pares.

Los niños son invisibles y el afán de Tonucci es lograr su visibilidad. En Rosario y en la provincia de Santa Fe hay no solo un gran recuerdo de su paso por allí, sino también de su aporte. En la década de los noventa, en un seminario organizado por FLACSO en Buenos Aires, al cual Tonucci estaba invitado, el exgobernador Miguel Lifschitz, entonces integrante del equipo de Hermes Binner, lo llevó a Rosario. Cuando Tonucci y Binner se conocieron comenzó una relación que se tradujo en un gran trabajo para la infancia, tanto en la ciudad como en la provincia. Proyectos como La ciudad de los niños o los Consejos de Niñas y Niños, o espacios como La isla de los inventos, que entonces se llevaron a cabo y que aún perduran. Tonucci insiste en que no se trata de que en nuestras ciudades no se ame a los niños, pero se ignoran sus necesidades, deseos y derechos. Recuerda, en un diálogo con el escritor Daniel Attala (El primer gobernador socialista, Losada, 2011), que Binner comprendía «el valor profético y revolucionario de los niños y que intentaba, sin miedo, hacer entrar esta idea en la política».

El recuerdo de Binner, además de la referencia de Tonucci, es porque ayer tuve noticias suyas (estos días de confinamiento solo se pueden enhebrar con el regreso a buena parte de nuestras relaciones). Esta bien, en una residencia, a salvo del coronavirus. Imagino que, como mi anciana vecina, se asomará a la ventana y, quizás, con suerte, haya alguna niña o un pequeño que le devuelva el saludo.

La última pregunta a Tonucci, en la entrevista de ayer en El País, es qué debe hacer un niño al salir de este confinamiento. «Gritar, lanzar piedras, correr, y abrazarse con alguien; aunque eso último será complicado», responde. Todo es complicado.


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