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OPINIóN / Historia
sábado 7 septiembre, 2019

Fray Luis Beltrán, el vulcano de la Patria

En el aniversario de su nacimiento, el autor repasa la vida del fraile franciscano que cimentó la artillería del Ejército de los Andes.

Por Omar López Mato*

Fray Luis Beltrán. Foto: Gentileza del autor.
sábado 7 septiembre, 2019

¿Quién no recuerda la imagen que nos mostraban las revistas infantiles del fraile artesano con su sotana arremangada, forjando los cañones que ascendieron a las cimas de los Andes gracias a su ingenio? ¿Cómo no evocar con una sonrisa al industrioso curita que le puso alas al ejército de San Martín? Setecientas personas trabajaron a sus órdenes y sin embargo poco se sabe de este fraile hacendoso. Nombrado capitán de artillería se plegó al ejército que pasó a Chile primero y después a Perú, pero ya había prestado servicio de maestranza en el ejército de los hermanos Carrera durante la primera campaña libertaria de Chile.

En 1814, una serie de denuncias sobre su amistad con los hermanos Carrera pusieron en tela de juicio la lealtad de Luis Beltrán a la causa sanmartiniana, pero el Libertador, necesitado de las habilidades del fraile, prestó poca atención a esta acusación y dejó a Beltrán continuar con sus tareas.

Otro problema fue su incorporación al ejército de los Andes en calidad de teniente; el inspector del ejército, el coronel José Gazcón, no consideró muy acorde al dogma católico la inclusión del religioso. Sin embargo, la autorización del canónigo Diego Zabaleta dio por tierra con los reparos de Gazcón. ¿Acaso no hubo papas guerreros? ¿Por qué no podíamos tener en nuestro ejército frailes artilleros? Con esta disquisición teológica comenzó la carrera del teniente Beltrán y otro famoso guerrero de triste recuerdo, el fraile Aldao.

En calidad de artillero participó de Chacabuco y al llegar a Santiago convirtió la Casa de Ejercicios del Loreto en un arsenal. Lamentablemente, en Cancha Rayada se perdió gran parte del parque fabricado por el fraile que debió trabajar día y noche para reemplazar las armas capturadas.

En Perú reeditó su empresa bélica hasta 1824 en que, con motivo de una injusta amonestación de Bolívar, amenazó con fusilarlo. Por tal razón, el fraile cayó en un estado depresivo. La  desesperación fue tal, que hasta tuvo un intento de suicidio. Enajenado, vagó por las calles de la ciudad hasta que una familia amiga le dio alojamiento y atención médica hasta su recuperación.

Beltrán pasó a Chile y de allí con su amigo, el general Espejo, volvió a Buenos Aires donde se puso al servicio del ejército que se preparaba para hacer la campaña al Brasil. En febrero de 1827 participó en la batalla de Ituzaingó con el grado de teniente coronel de artillería. Los avatares de la campaña resintieron su salud y recayó en un cuadro depresivo. Volvió a Buenos Aires, renunció a su condición de militar y pasó los últimos meses de su vida en un convento franciscano dedicado a la meditación y la oración, lejos de los campos de batalla donde usó el ingenio que Dios le había dado para sembrar la muerte y la destrucción entre los enemigos de la patria.

Murió fray Luis Beltrán el 8 de diciembre de 1827 a los cuarenta y tres años de edad y fue sepultado en el Cementerio de la Recoleta, aunque no se ha podido precisar la ubicación de la sepultura de este religioso al que dieron en llamar “el Vulcano de la Patria”.

 

*Director de Olmo Ediciones y autor del sitio Historia Hoy.


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