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OPINIóN / Pandemia
martes 7 abril, 2020

Coronavirus: pensar el mañana

Un médico infectólogo y un psiquiatra intentan imaginar el futuro más allá de la crisis del Covid-19.

Waldo Belloso* y Santiago Levin*

Aún no sabemos cómo ni cuánto pero nuestro futuro cambiará Foto: Cedoc Perfil
martes 7 abril, 2020

En estos momentos tan particulares, con parálisis de coronavirus y cuarentena, hacemos malabarismos para tratar de acomodar nuestro presente a las circunstancias. No hay dudas, se trata de un ciclo de completa excepcionalidad en nuestras vidas. Reaprendemos hábitos, adquirimos nuevas conductas, reconstruimos vínculos e incorporamos referencias alternativas.

Existe cierto grado de consenso en creer que después de esta epidemia  de coronavirusque también pasará— ya nada será igual. Probablemente se trate de una exageración como tantas otras que circulan constituyendo un verdadero signo de estos tiempos. Pero seguramente hay cosas que van a modificarse: no llegaremos al futuro por un camino necesariamente tan lineal como podríamos presumir hace pocos meses.

¿Cómo será este “nuevo” futuro? ¿Será necesariamente peor? ¿Quizás algo mejor? O para formularlo más crudamente: ¿Solamente nos toca esperar que llegue y tratar de adaptarnos a él tal como hacemos en este extraño paréntesis? ¿O podemos empezar a pensar cuáles de las acciones, valores y aprendizajes que hoy estamos incorporando a las apuradas sería conveniente conservar para después; para que el futuro se parezca un poco más a lo que querríamos que fuese?

Es difícil hacerse ahora estas preguntas cuando estamos recién adentrándonos de a poco en el paréntesis, en esta angustiosa vigilia de presente suspendido que parece no terminar nunca de convertirse en mañana. Nosotros creemos que sí vale la pena. Que es importante y aún necesario soñar y planificar el futuro que llegará a nosotros más rápido que lo esperado. Debemos aprovechar la sensibilidad que tenemos hoy a flor de piel para animarnos a decir(nos) cómo deseamos que sea el porvenir. Y en todo caso qué estamos haciendo para que así sea.

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El infectólogo dice:

Resulta claro que una interesante lección para aprender de esta contingencia es el respeto por las epidemias infecciosas. Salvo que los hábitos de contaminación global cambien muy drásticamente, lo más probable es que rápida y agresivamente volvamos a los estándares anteriores de impacto ambiental, lo cual nos conducirá inevitablemente a convivir con este tipo de episodios pandémicos con creciente frecuencia. Un siglo y medio atrás, Pasteur intentaba convencer a sus contemporáneos de que “en la naturaleza lo infinitamente pequeño tiene un rol infinitamente grande”. Con epidemias como la actual la teoría microbiana de la enfermedad alcanza finalmente su gloria.

Otra consecuencia digna de analizar en el ámbito hospitalario es la marcada reducción de las infecciones por bacterias multirresistentes que empezamos a observar en muchas instituciones. ¿Cuál es la conexión entre este hecho y la epidemia de coronavirus? Simple: el cumplimiento más estricto de las medidas de control. Empezando por... ¡el lavado de manos!

Del mismo modo hábitos adquiridos de conducta en la comunidad como lavarse adecuadamente las manos (sin llegar a la germofobia), no tosernos encima, limpiar a conciencia los ambientes en los que vivimos y trabajamos, evitar los hacinamientos y prestar atención al autocuidado, serían algunos de los deseables remanentes de esta etapa que transitamos.

Cuidar a los demás, especialmente a los más vulnerables. Esto implica en principio la necesidad de establecer quiénes son (no solamente por su riesgo sanitario). El ejercicio de la solidaridad comunitaria debería ser un valor a preservar. Las escenas recientes en el país nos muestran que lamentablemente se trata de un objetivo lejano y complejo.

La reivindicación del rol del infectólogo. Como nunca antes los infectólogos estamos en el candelero. Hoy nuestra opinión es requerida por diversas contrapartes, desde organismos oficiales hasta medios de comunicación, desde empresas hasta consultas de familiares lejanos. No se trata de un tema menor para una de las especialidades clínicas con menor reconocimiento institucional y remunerativo. Pero este presente “infectocéntrico” nos ha conducido a un sitial transitorio de privilegio sobre el que también deberíamos reflexionar. Sabemos bastante acerca del manejo de las infecciones cotidianas, bastante menos sobre las epidemias por la sencilla razón de que no son frecuentes, y prácticamente nada sobre las estrategias para conducir la organización de la sociedad en su conjunto. No debemos confundirnos ni creer que porque hoy somos escuchados debemos opinar sobre todas las cosas. No se trata de imponer a la infectología como la nueva rectora del orden público sino de brindar asesoramiento adecuado solo a nuestro conocimiento, colaborar con el mensaje a la población, mostrar en silencio que los microbios son cosa seria, y reconocer permanentemente nuestras limitaciones.

El psiquiatra dice

Los seres humanos dejamos nuestro pasado instintivo hace cientos de miles de años. La cultura nos ha transformado para siempre en seres simbólicos. Nunca jamás podremos aproximarnos a aquello que llamamos realidad de un modo directo e inmediato, sino que necesitamos de teorías —compuestas por conceptos, compuestos por palabras, compuestas por…— para intentar explicarnos todo: el amor, la muerte, el tiempo, las catástrofes, la injusticia, el abandono, la solidaridad. Todo. Somos seres parlantes, sexuados y mortales. Los más mortales de todos los seres vivos, porque somos los únicos que sabemos —de un modo u otro— de la muerte.

Por esto es que insistimos, tanto los psiquiatras como todos los profesionales del campo de la Salud Mental, en la necesidad de comprender, junto a la dimensión biológica de la pandemia, la otra dimensión insoslayable: la simbólica, mental, comunicacional. Tener en cuenta esta última dimensión está lejos de ser un lujo para las épocas de calma. Se trata de un pilar indispensable de cualquier estrategia.

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Si se pretende que la sociedad comprenda y acompañe, es imprescindible comprenderla y acompañarla a ella también. Y esto tiene, al menos, dos aspectos. El comunicacional —uso apropiado de las palabras y las metáforas—, y el de salud mental propiamente dicha: esta situación excepcional produce ansiedad, angustia, descompensación en los más vulnerables, terroríficas escenas fantaseadas, desencadenamiento de consumos problemáticos y de violencias dentro y fuera de casa… y un largo etcétera. Esto en agudo; otro problema vendrá después de que todo esto pase. Sus huellas perdurarán, y allí se hará necesaria otra forma de intervención.

¿El problema es el virus? Sí, por supuesto. Pero no solo el virus. Todo lo que se pueda hacer para contenerlo será fundamental. Pero no llegaremos muy lejos si al mismo tiempo no incorporamos una estrategia seria para dar cuenta de este segundo —insoslayable— aspecto.

¿Cambiará nuestro futuro? Sin dudas. Aún no sabemos cómo ni cuánto, pero cambiará. En las costumbres, en las representaciones, en las fantasías. Habrá cambios, y habrá permanencias. Todos y todas continuaremos viviendo, pero no del mismo modo. Ya se irá develando, en gerundio.

Ambos decimos

Es hora de elegir bien las metáforas. Esto no es una guerra, como se escucha a diario. Una guerra requiere como condición que el enemigo sea un par, y que tenga un plan para agredirnos. El virus es una partícula inanimada. Busquemos otras metáforas, pero comprendamos que si hablamos de guerra estamos disparando en las mentes de quienes reciben esa palabra toda una serie de alarmas que juegan en contra. De la serenidad individual, de la calma social y de la propia estrategia estatal.

Hay un sufrimiento inevitable. Es tarea de los responsables de la conducción no agregar otros que sí lo son. Es por ello que resulta tan trascendente, junto a la estrategia biológica, trazar otra que dé cuenta del otro aspecto del que los humanos estamos hechos: el cultural.

La intención de esta columna puede resumirse en dos aspectos. Por un lado, aportar a la reflexión (actividad nada sencilla en épocas críticas, pero ello mismo más necesaria que nunca). Por el otro, mostrar en el mismo acto de colaboración editorial que ninguna crisis sanitaria puede abordarse desde una sola especialidad médica ni desde una sola disciplina, y que su superación requiere y requerirá de nuestra mayor disposición para pensar y actuar en equipo.

La pandemia desnuda la injusta estructura de nuestras sociedades —no solo la de nuestro país—, y nos invita, a la vez, a pensar en qué mundo querríamos vivir, con qué sistema de salud, con qué instituciones. Y también con cuáles utopías.

*Waldo Belloso , médico infectólogo

*Santiago Levin, psiquiatra


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