OPINIóN
Derechos sociales

Qué tipo de Estado y para qué

“Hay que definir si el Estado es un instrumento para potenciar la vida en común o para perpetuar la desigualdad”, sostiene la autora. “El Estado necesita comprender y decodificar la realidad. De lo contrario incurre en errores y reproduce estigmas, que refuerzan la exclusión”, agrega.

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Pobreza extrema. Los datos del Gobierno son alarmantes. | NA

El Estado no es una estructura inocente. Cada vez que los funcionarios toman una decisión o ejecutan una política pública se pone en funcionamiento una forma de hacer, de entender, de priorizar y afrontar los problemas. Y esa manera de tramitarlos y jerarquizarlos expresa y pone de manifiesto qué mirada se tiene sobre la cuestión a gestionar.

Por ejemplo, el "sinhogarismo" y los padecimientos que atraviesan las personas en situación de calle, pueden abordarse bajo una impronta de higienismo social, que responsabiliza, estigmatiza y/o criminaliza a quienes se encuentran en esta situación o desplegando una diversidad de políticas (habitacionales, de salud mental y física, de acompañamiento, de carácter comunitarias) orientadas a la reparación y superación progresiva de esa situación problemática.

Ambas formas de resolución no tienen que ver necesariamente con el tamaño del Estado, sino con su sentido y su propósito. Lo que hay que definir es si el Estado es un instrumento para potenciar la vida en común o para perpetuar la desigualdad. Son dos tipos de sociedades donde la vida de las personas es bien distinta. Lo es para los sectores mejor posicionados y también para quienes se llevan la peor parte.

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Un Estado puede ser grande o chico y, en ambos casos, estar al servicio de la gestión de la desigualdad y administración de la fragmentación. También puede ser grande, presente e intervencionista pero “statuquoista”. Entonces hay que definir ¿Qué Estado vale la pena? ¿Cómo y para qué tiene que estar presente?

Un Estado puede ser grande o chico y, en ambos casos, estar al servicio de la gestión de la desigualdad y administración de la fragmentación"

A priori se pueden ensayar dos respuestas para estas preguntas. La primera: un Estado que vale la pena es aquel que pretende transformar y mejorar la vida cotidiana de las personas más que administrar recursos. La segunda, en tanto no todos experimentamos de la misma manera, ni pagamos el mismo costo por la falta o negligencia en la presencia del Estado, en las sociedades democráticas -con pretensión de enfrentar el problema de la desigualdad- la concertación, la negociación y el abordaje del conflicto es una cuestión ineludible para el Estado.

Una línea de acción para que ese Estado que vale la pena tenga más espacio y gane volumen es rediseñar cómo gestiona y colocar la atención en las burocracias de calle.

El Estado no sabe ni tiene por qué saber de todo y hacer todo. Reconocer esto, es importante. No para dejarlo sujeto a las relaciones de fuerza o al libre mercado. Sino para comprender la relevancia estratégica de establecer mecanismos de involucramiento de las partes afectadas, que permitan la articulación de saberes, de recursos, de capacidades y de cogestión.

Es importante no producir soluciones enlatadas, pensadas a puertas cerradas en oficinas públicas dónde los destinatarios de las políticas públicas no llegan, donde sus voces no se escuchan"

El Estado necesita comprender y decodificar la realidad. De lo contrario incurre en errores y reproduce estigmas, que refuerzan la exclusión. Eso implica que en su forma de hacer y de construir tiene que producir consensos, establecer espacios de escucha e intercambio. Para poder aprender, para poder resolver las necesidades, es importante no producir soluciones enlatadas, pensadas a puertas cerradas en oficinas públicas dónde los destinatarios de las políticas públicas no llegan, donde sus voces no se escuchan.

Producir ese intercambio de saberes y sintetizar los resultados de esa interacción en el tipo de política pública que se construye exige, entre otras cosas, poner el foco en las burocracias de calle. Es decir, en quienes personifican al Estado en nuestra cotidianeidad y -aunque limitadas por las definiciones políticas que toman las cúpulas- lo ponen a funcionar todos los días. Esas primeras líneas son quienes en esos márgenes de maniobra disponen de poder y capacidad tanto para viabilizar la transformación como para operar con discrecionalidad y de manera selectiva.

Cuando no quedan atadas de manos y su poder y capacidad funcionan como puente y escucha, el Estado actualiza su capacidad de resetearse y demuestra su versión transformadora.

Ese tipo de Estado, donde las burocracias de las primeras líneas toman un rol integrador buscando permear el devenir de la política pública, permite construir sociedades donde la vida se vuelve más justa y por ende, más vivible.

*Politóloga y magíster en estudios urbanos, autora del libro “Correr los márgenes. Acción pública en los bordes del Riachuelo”, editado por la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS).