OPINIóN
TERRORISMO O CIVILIZACIÓN

Un dilema que el mundo ya no puede esquivar

Evitar una guerra mundial no es una utopía, es una responsabilidad. Y también es una posibilidad concreta si existe voluntad política, cooperación internacional y un compromiso real de los líderes del mundo.

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Hamas. Las organizaciones terroristas representan hoy una amenaza. | AFP

El mundo atraviesa uno de los momentos más peligrosos de su historia contemporánea. Más de 50 conflictos armados activos no son solo cifras: son ciudades arrasadas, familias destruidas, niños sin futuro y sociedades enteras atrapadas en el miedo. Pero lo verdaderamente alarmante no es la cantidad de guerras, sino la creciente posibilidad de que estos conflictos escalen hacia una confrontación de alcance planetario.

Hoy la humanidad se encuentra frente a una encrucijada histórica: tomar conciencia colectiva y actuar en consecuencia, o continuar avanzando, con una pasividad que roza la indiferencia, hacia un escenario de destrucción global.

Es imprescindible decirlo con claridad: evitar una guerra mundial no es una utopía, es una responsabilidad. Y también es una posibilidad concreta si existe voluntad política, cooperación internacional y un compromiso real de los líderes del mundo.

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La paz no se construye negando la realidad, sino enfrentándola con decisión. En ese sentido, es importante señalar que existen actores que no buscan el diálogo ni la convivencia, sino la desestabilización, el terror y la destrucción. Organizaciones terroristas como Hamas, Hezbollah e ISIS representan hoy una amenaza real para la seguridad global. Su accionar no reconoce fronteras, religiones ni culturas y es por eso que apoyo la ofensiva que llevan adelante Estados Unidos e Israel. Se trata de una acción legítima frente a quienes promueven el terror y la violencia sistemática. No debe haber lugar para la complacencia: si no se desarticulan estas estructuras, el terrorismo continuará avanzando y poniendo en riesgo los valores fundamentales de Occidente.

A este escenario se suma un fenómeno aún más inquietante y peligroso: la creciente asociación entre el terrorismo y los carteles del narcotráfico. Una alianza perversa en la que el narcotráfico aporta los recursos financieros que el terrorismo necesita, mientras que el terrorismo provee capacidad operativa, armamento y logística para expandir las redes criminales. Esta convergencia multiplica el poder destructivo de ambos y profundiza la inestabilidad global.

Frente a esta realidad, es urgente una estrategia coordinada, firme y sostenida en el tiempo para desarticular estas estructuras, identificar células latentes y cortar de raíz los circuitos de financiamiento y expansión del crimen organizado y el terrorismo.

Sin embargo, reducir el problema únicamente a la dimensión de la seguridad sería un error. La violencia también se alimenta a diario del odio, de la ignorancia, del fanatismo y de la falta de oportunidades. Allí es donde el diálogo intercultural e interreligioso se vuelve no solo relevante, sino imprescindible.

Los máximos líderes religiosos del mundo deben asumir la responsabilidad histórica de actuar. No alcanzan las declaraciones: es tiempo de tomar decisiones concretas, de trabajar activamente y de convocar a una acción conjunta en favor de una senda hacia la paz mundial. Y, en el escenario actual, existe una figura con la autoridad moral, la legitimidad espiritual y la capacidad real de reunir a los principales referentes de las distintas tradiciones religiosas del mundo: Su Santidad el Papa León XIV.

Desde ese liderazgo, es posible convocar a figuras clave del diálogo interreligioso global, como el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Muhammad Ahmed el-Tayeb; a Bartolomé I, arzobispo de Constantinopla y patriarca ecuménico; y a los grandes rabinos de Israel, David Yosef (sefardí) y Kalman Ber (asquenazí), como máximas autoridades espirituales del judaísmo en ese país. Solo una mesa de diálogo de ese nivel puede generar consensos profundos, compromisos reales y una acción coordinada que trascienda las diferencias.

También es fundamental que las tres religiones abrahámicas –judaísmo, cristianismo e islam– tengan la grandeza de dar un paso más: convocar a las demás corrientes y tradiciones religiosas del mundo. El mundo necesita ver a sus líderes religiosos unidos, no solo entre sí, sino abriendo las puertas a todos aquellos que creen en la paz, en la dignidad humana y en la convivencia. Porque, más allá de nuestras diferencias, existe un principio superior que puede y debe unirnos: la convicción de que la vida humana es sagrada y que la paz es el único camino posible.

*Presidente del Congreso Mundial de Diálogo Intercultural e Interreligioso.