PERIODISMO PURO
Director General de Syngenta

Antonio Aracre: "Rescatar Vicentin era una solución, pero todo se comunicó muy mal"

Esta semana se presentó el llamado proyecto de ley de fomento del desarrollo agroindustrial y hubo una reunión con la Mesa de Enlace para solucionar el conflicto por la carne. Uno de los protagonistas de las empresas vinculadas al campo explica la dinámica del Gobierno hacia el campo en esta gestión y los cambios pos-PASO. Además, explica sus diferencias con el ambientalismo y la importancia económica y geopolítica que a su juicio implica la relación comercial con China.

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El origen de la ley de fomento a la agroindustria. “La primera información la tuve de Sergio Massa el año pasado, apenas comenzada la pandemia. Tuvimos una reunión. Él estaba trabajando sobre este proyecto y lo tenía bastante avanzado. Incluso me compartió algunas ideas”. | Juan Obregon

—¿Por qué es tan importante la ley de régimen de fomento al desarrollo agroindustrial?

—Es un primer camino de reencuentro en una relación entre campo y gobierno, normalmente más conflictiva que amigable. Es un gesto en medio de una campaña. El Gobierno asume que las exportaciones agroindustriales son muy importantes y que la tecnología contribuye a que puedan crecer, que son la base para desandar estas crisis recurrentes de falta de dólares que se traducen en sobresaltos económicos importantes. Este proyecto estimula la investigación tecnológica y el uso tecnologías para la producción a través de incentivos fiscales. Al adquirir insumos, por ejemplo, semillas, tanto de soja como de trigo, el productor no suele utilizar altas tecnologías. Si lo hace, a partir de ahora tendrá la posibilidad de descontar de su base imponible para el impuesto a las ganancias hasta el 50% de lo que debería pagar. Es un primer paso. Se pueden hacer muchas más cosas para generar inversiones y nuevas fuentes de trabajo. Pero esto ya es algo y merece celebrarse.

—¿Es de valor simbólico o desde el punto de vista material es relevante para las exportaciones?

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—Habría que tener la información de cuántos productores pagan impuesto a las ganancias y la magnitud de eso como para poder dilucidar si lo descontable de la base imponible pueda llegar a movilizar recursos destinados a la investigación y promoción de esas tecnologías.

—Antes de las PASO, estuviste reunido con el presidente Alberto Fernández; participaron el ministro del Interior, Wado De Pedro; el ministro de Economía, Guzmán; el director de Asuntos Corporativos de Syngenta, Román Bartolomeo. ¿Se preveía esto o se aceleró por el resultado electoral?

—La primera información la tuve de Sergio Massa el año pasado, apenas comenzada la pandemia. Tuvimos una reunión. Él estaba trabajando sobre este proyecto y lo tenía bastante avanzado. Incluso me compartió algunas ideas. Me pareció que tenían valor y sumé algunos comentarios. No creo que se haya acelerado. Quiero ser prudente y no parecer que uno compra el mensaje oficial como viene, pero la pandemia freezó todas las cosas. Recién hace un par de meses que todo empieza un curso normal. Entre esas cosas, están las políticas de incentivos para que la economía recomience a funcionar. Me parece plausible, más allá de las dudas.

—También en estos días, la Mesa de Enlace tuvo una reunión con los ministros Julián Domínguez, Juan Manzur y varios gobernadores, entre ellos los de La Pampa, Sergio Ziliotto y Santa Fe, Omar Perotti, dos provincias claves para mantener la situación actual del Senado. ¿El mal resultado en las PASO generó mayor acercamiento del Gobierno con el campo?

—No creo que haya un enfrentamiento ideológico. Las veces que me reuní con el Presidente o los ministros de Economía e Interior, percibí que comprenden la importancia estratégica que tiene para el desarrollo de la Argentina y para la generación de trabajo. Hay un prejuicio sobre que el campo no genera tanto trabajo. Ellos tienen en claro la situación. Hay una situación conflictiva respecto al diálogo. Es difícil la representatividad de nuestro sector. Son 100 mil productores. Las entidades gremiales representan fraccionariamente a una parte de esos productores. A eso se suma el Consejo Agroindustrial Argentino, que incluye cámaras como las nuestras.

—La pregunta sería quién representa realmente al campo.

—Se suele decir “el campo está enojado” y la pregunta es quiénes lo están. Hay mucha gente que piensa que algunas cosas están bien y otras no tanto, que están cansados con algunos temas. Pero no siempre los mensajes llegan. Es complejo arrogarse la representatividad del campo. Nadie la tiene por completo. Es un sector muy amplio, diverso. Hay muchas voces y, a veces, intereses que no convergen. No es igual el interés de un productor de harina y aceite de soja y exportador al exterior, que el de quienes simplemente producen soja o maíz y les venden ese material a quienes hacen estos productos de aceite y harina. Surgen conflictos no fáciles de manejar.

—¿Es diferente la mirada del Gobierno sobre el agro que sobre la ganadería?

—Es otro punto de conflicto. La carne es un alimento que llega directamente a la mesa. Es un tema muy sensible y emblemático para los argentinos. Ahí se equivoca el Gobierno porque la Argentina necesita dólares. Para salir de la actual situación, hay que exportar 20 mil millones de dólares más. Es la única manera. No solamente por una cuestión de balanza de exportaciones e importaciones, sino porque la gente no cree en el peso y desea dolarizar sus ingresos permanentemente. No hay balanza comercial actual que aguante. La carne tiene un valor agregado de diez veces el grano. Una tonelada de soja o maíz cuesta entre 250 y 450 dólares; la de vaca, cerdo y pollo cuestan diez veces eso. Hay un valor potencial para desarrollar. Ese es un pendiente de nuestro sector.

—¿Una vaca sería producto elaborado?

—Lleva tiempo, inversión y cuidado. Tal vez no sea analogable a un celular. Pero no todos somos competitivos produciendo celulares. Pero podemos hacer muy bien vacas, cerdos o pollos, y con eso generar trabajo. Ahí tenemos un punto. No se pueden desalentar esas exportaciones de valor agregado. Hay que buscar otro mecanismo para que el precio de la carne no se dispare.

—¿Cuándo situar el origen de esa tensión? ¿El conflicto del campo de 2008 fue la punta del iceberg? ¿Es algo que venía desde el primer peronismo?

—Las retenciones juegan un factor clave. El productor se siente esquilmado por las retenciones. Son un impuesto distorsivo poco frecuente en el mundo. Los impuestos se cobran por lo que se gana. Se gana mucho, se paga mucho. Y si se gana poco, se paga poco. Pero no se aplican sobre lo que vendés. Las retenciones se cobran sobre la producción, lo que se exporta, no sobre la ganancia. Los gobiernos ponen una retención supuestamente para equilibrar los precios internos y que las exportaciones no se lleven toda la oferta y dejen desabastecido al mercado local. La realidad es que cumplen esa función. No hay apoyo a la producción local de alimentos a través de subsidios como con el transporte o las tecnologías, de manera que los alimentos lleguen con costo subsidiado. Las retenciones van a rentas generales a absorber el gasto público como cualquier otro impuesto. Se desnaturalizó su función.

—¿Cuál es el efecto concreto de lo que sucedió con Vincentin o la Hidrovía?

—El caso Vicentin es para hacer un estudio de comunicación política y prensa. Fue una empresa que le falló al productor. Nosotros operamos en el mercado, también nos dejaron colgados con una buena cantidad. Y como a nosotros, también a muchos productores. Cuando el Gobierno salió a rescatar eso, hubiera sido una buena noticia para el campo si se hubiese comunicado precisamente como un rescate. Lo público y lo privado se juntaban para encontrar una solución a mediano plazo y que nadie perdiera. Las fuentes de trabajo se conservarían y la empresa en marcha podría seguir.

—¿Estabas de acuerdo con la propuesta inicial?

—No de la manera como fue comunicada. Pero me parecía que podía haber resultado algo positivo, a la luz de las consecuencias actuales. La empresa entrará en bancarrota, no honrará sus deudas. Dejó muchos compromisos en el exterior, y también aquí con muchísimos productores. No sé qué va a pasar con las fuentes de trabajo. Más de 5 mil personas tal vez pierdan su trabajo. Se precisaba una solución. Pero se planteó mal. Mucha gente salió a defender un concepto de propiedad privada y de no expropiación. Se lo podría haber comunicado como una colaboración entre lo público y lo privado para evitar todos los males.

—Eliseo Verón decía que el mensaje es colocado por el receptor y no necesariamente por el emisor. ¿El problema es de comunicación o responde a un prejuicio preexistente?

—Quizás tengas razón, pero se cometieron errores en el mensaje.

—Ya es vulgata aquello de Marshall McLuhan de “el medio es el mensaje”. Cualquier cosa que este gobierno comunique sobre el campo será leída como mala para el campo, en función de los antecedentes.

—Probablemente sea así para algunos representantes. Hay algunas entidades gremiales asociadas a una determinada línea política. Así ven al Gobierno como un opositor político.

—¿Alcanza con que los medios lo vean así?

—Los medios pueden ayudar. A veces construyen una imagen un tanto distorsionada. Me pasa como televidente u oyente. Cada vez escucho menos un periodismo que me permita tener la información y que saque conclusiones. Siento que me quieren esforzar a la conclusión que quieren transmitir. Me incomoda, pero puedo correrme de ese lugar. Pero la forma es peor, el avivar emociones de una manera tal que la gente sienta la necesidad de salir a la calle. Agitan para que uno se enoje.

—¿La hidrovía representa lo mismo?

—Es un caso más complejo. Hay una concesión por vencer. Había que tomar una decisión. Hay intereses económicos desde el Estado: empresas chinas y de otras nacionalidades que desean participar en esa licitación. Hay sectores que desean estatizar o nacionalizar. La decisión del Gobierno de hacer un compás de espera para analizarlo más profundamente, entender mejor el asunto y prolongar temporariamente la administración mixta es una solución intermedia pacificadora.

—¿Cómo es la dinámica del Consejo Agroindustrial Argentino? ¿Tiene una posición más contemplativa y menos beligerante?

—Creo que sí, pero también porque tiene una representatividad más amplia. No mejor ni peor, sino más diversa. En la Mesa de Enlace son cuatro entidades de productores. Con actores más chicos, productores más grandes, más corporativizados o no, pero productores. El Consejo Agroindustrial es una amplia cámara de cámaras. Representa desde empresas de fertilizantes, de tecnología, de semillas, de agroquímicos, de tractores y del campo, porque algunas de estas entidades gremiales también adhirieron al Consejo Agroindustrial. Allí es más complejo y hay que ser más contemplativos porque los intereses son más diversos y conflictivos entre sí.

—¿Por quién votaste en las últimas elecciones?

—Hice trampa. Decidí meterme en la interna de Juntos por el Cambio, a la que no sé si voy a terminar votando finalmente. Voté a Ricardo López Murphy. Es una persona con un pensamiento sobre las acciones del Estado bastante disruptivo para la Argentina.

—¿Lo votaste en 2003?

—Creo que sí. No me acuerdo 100%.

—¿En 2019 por quién votaste?

—Por Roberto Lavagna.

—¿Y en 2015?

—Voté a Macri en 2015; en 2019 a Lavagna y ahora en la interna a López Murphy, pero  no implica que vaya a votar a Juntos en noviembre.

—Podrías cambiar tu voto.

—Sí, porque quise darle más importancia a ese sector dentro de Juntos.

—¿Cómo hizo Syngenta desde su nacimiento hace unos 250 años en un país cuyos recursos naturales no son su característica como Suiza para llegar a tener hoy casi 50 mil empleados, estar en cien países y terminar siendo una empresa de propiedad china?

—Suiza no tiene una cantidad de tierra como la Argentina, Brasil o Estados Unidos. Pero tiene cierta tradición agrícola. Cabe pensar en las vaquitas de Milka, por ejemplo. Además, Suiza tiene una tradición muy fuerte de empresas químicas. Hay muchas empresas farmacéuticas con casas matrices. El sector de las compañías de tecnología para el agro son desprendimiento de esas megacompañías químicas y farmacéuticas.

—¿Como Bayer en Alemania?

—Bayer en Alemania o Novartis en Suiza, o Astrazeneca en Inglaterra. Fueron compañías químicas y farmacéuticas. Para los 2000, un poquito antes o después, decidieron que tener negocios tan diferentes como el agro y la farma en conjunto no les sumaba. No apostaban mucho al futuro del agro y pensaban que el sector farmacéutico era el mundo del futuro. En el año 2000, el sector agribusiness de Astrazeneca se junta con el de Novartis. Se fusionan y se constituye Syngenta. Desde ese punto de vista tiene 21 años, pero sus predecesoras tienen, más de 200. A raíz de que el mundo crece y necesita más tecnología para utilizar menos recursos y hacerlo de manera más amigable, el negocio crece mucho.

—No leyeron a Thomas Malthus. El crecimiento de la población era previsto.

—¿Pero viste que nunca termina de ocurrir? Hay gente que sigue cuestionándolo.

—Que se equivocó y David Ricardo tenía razón.

—Si fuésemos a un esquema más ambientalista, como proponen muchos, y dejamos de usar tecnología, la producción de alimentos caería a menos de la mitad. Se generaría una hambruna más patética que una pandemia sin vacuna. Hay que tener cuidado. A veces el ambientalismo termina siendo funcional a que nada cambie.

—Syngenta está dividida en cuatro unidades. Una, Crep Proteccion, que tiene la sede en Suiza; Syngenta Seeds, con sede en Estados Unidos; Adama, con sede en Israel; y Syngenta Group en China. ¿Cuál es la diferencia de Estados Unidos e Israel?

—Cuando ChemChina adquiere el 100% del paquete accionario de Syngenta hace cuatro años, ya había incurrido previamente en la adquisición de una empresa similar a la nuestra, pero más pequeña, Adama, de origen israelí.

—¿Y la de Estados Unidos es la filial norteamericana?

—No es la filial norteamericana. Lo que es biotecnología y semillas tiene sede más cerca de donde tradicionalmente se hizo la investigación y desarrollo en North Carolina. El negocio de semillas funciona más cerca de ese sector.

—Cuando ChemChina compró Syngenta era el tercer grupo de agroquímicos del mundo, con 7% del mercado global de semillas, después de la alemana Bayer, la líder con 20%, y la norteamericana Corteva muy cerquita. ¿Terminará siendo líder del mercado mundial?

—En fitosanitarios somos líderes. En semillas somos los terceros a nivel mundial, entre primeros y segundos en la Argentina, porque hace algunos años compramos una empresa nacional de semillas muy importante, Nidera. Eso nos permitió tomar una masa crítica acá prácticamente de liderazgo, cosa que en otras partes del mundo no se da. El liderazgo de Syngenta en Argentina es proporcionalmente mayor al de otras partes. La visión de un accionista muy enfocado en el largo plazo te permite concentrarte en proyectos diferentes al de un inversor que piensa en el balance trimestral.

—¿La inversión de 50 mil millones de dólares permite conjeturar que la alimentación para China es estratégica?

—Es la razón de una adquisición de esa magnitud. Si se comparan los rendimientos de la agricultura china en los principales cultivos y la necesidad de consumo de esos cultivos y lo que pasa en el resto del mundo, hay un potencial para mejorar tres veces esos rendimientos con el uso de tecnología. Eso volvería bastante menos dependiente a China de compras al exterior. Una compra como la de Syngenta da acceso inmediato a todas esas tecnologías y le permite un upgrade a su agricultura.

—¿China triplicará su producción agroindustrial y será autónoma?

—Tanto no. Ese sería el máximo potencial. No sabemos en cuántos años se logrará. Tampoco creo que llegue a una autonomía, pero sí le permitiría optimizar y eficientizar su proceso de gestión de alimentos.

—¿En qué consiste la experiencia de Syngenta en una isla tropical, Hainan, en el mar del sur chino, en la que las condiciones climáticas permitirían acortar el proceso de crecimiento de distintas variedades?

—En el mejoramiento genético se lo conoce como procesos de contrastación. Las características climáticas del lugar donde está ubicado lo permiten. Lo que en Argentina se puede hacer una vez al año, en Brasil se puede dos veces: existe la zafra y la zafriña, porque las condiciones climáticas lo permiten. Hay lugares en el mundo como el que mencionás, donde se puede hacer hasta tres y cuatro veces. Acelerás el proceso de investigación y desarrollo, lo cuadriplicás en velocidad.

—Imaginemos la siguiente situación: por un conflicto entre Estados Unidos y China, Estados Unidos decide llevar la guerra comercial a niveles fácticos, no solamente arancelarios, y bloquea la salida de los barcos del Río de la Plata y algunos puertos de Brasil. ¿Es correcto decir que en este momento, si sucediera eso, China en pocos meses se quedaría sin stock de alimentos y su población entraría en hambrunas? ¿Tiene allí un talón de Aquiles?

—Supongo que sí. Lo que no entiendo es por qué haría eso Estados Unidos. ¿Invadiría Brasil y Argentina?

—No invadiría. Un bloqueo. Argentina lo tuvo de los franceses e ingleses en la época de Juan Manuel de Rosas, La vuelta de Obligado. El puerto de Caracas fue bloqueado por Estados Unidos por falta de pago de la deuda externa.

—Pero acá sería que Estados Unidos les diría a Brasil y Argentina que no les pueden mandar barcos a China.

—En un contexto imaginario de una guerra mundial...

—Y un alineamiento con Estados Unidos.

—Si no lo hay, pasaría a ser un adversario.

—Veo muy improbable un alineamiento de Argentina o de Brasil, solamente con Estados Unidos.

—Imaginate que van por la fuerza.

—Pasaría lo que vos decís. Pero es muy difícil para un país como Estados Unidos imponerlo por la fuerza a otros dos. Entiendo que es una simulación.

—Lo es. Sobre la importancia entonces que tiene para China Syngenta.

—Una buena relación con Argentina y China y Brasil es muy importante. Syngenta es muy importante. El año pasado lanzamos un proyecto de integración vertical. A China le interesa tener un túnel simulado, donde desde el productor de Argentina y Brasil vayan para China los granos y los alimentos. Al productor tradicional le decimos: “¿Te interesa comprar nuestros productos? Si es así, te vamos a dar un margen más alto, porque no necesitamos operar con un exportador”.

—Es lo que anunciaste en diciembre del año pasado con Alberto Fernández en Santa Fe: la venta a China de 1,2 millones de toneladas de soja originaria, 500 millones de dólares.

—Eso solamente acá, pero en Brasil también se está haciendo y tiene mucho que ver con lo que decís. Por un lado, China se garantiza la provisión de alimentos y granos. El productor logra una ventaja competitiva porque accede a precios más convenientes y sale la intermediación. Y nosotros crecemos, porque a más cantidad de productores les interesa nuestra oferta.

—Que Argentina dejó de crecer en los últimos cincuenta años es algo en lo que hay consenso, pero cada uno tiene un diagnóstico distinto. Uno es porque aplicó políticas neoliberales y se destruyó la industria. Argentina, a diferencia del resto de los países de América Latina, tenía industria, el resto no. En Perú siempre fueron mayoritariamente cuentapropistas. Acá, al haber industrias, había sindicatos y fuimos mucho más afectados que nuestros vecinos. Pero podría decirse que lo que sucedió hace cincuenta años fue que China pasó a ser la fábrica del mundo. Agregó una producción tan grande como toda la existente hasta ese momento y afectó a todas las industrias del mundo. Los países desarrollados pudieron defenderse construyendo industrias de otro tipo, pero aun así también sufrieron las consecuencias. El nivel de vida del norteamericano medio es igual o inferior que hace cincuenta años, una de las explicaciones del triunfo de Donald Trump. ¿China es una ventaja para un país como Argentina porque suma el aumento de precio de las materias primas y alimentos que puede exportar o eso es mucho menos que lo que destruye de la industria argentina porque no puede competir con la escala? Es una pregunta al recibido con medalla de oro en la universidad, no al ejecutivo.

—Voy a tratar de hacer mi mejor versión. En el mundo hay que plantearse algunos roles. No podemos producir todo todos. Hay algunas ventajas competitivas y comparativas que aprovechar. Un buen plan estratégico de país es decidir dónde poner los cañones. Te puedo hacer una lista de cuáles son los cinco o seis que Argentina debiera empujar y que a veces se demoran, entre otras razones, por la falta de un acuerdo político amplio entre los partidos mayoritarios. Un acuerdo para que las políticas no cambien cada tres o cuatro años, sino que se sostengan en el tiempo. Con China y con Estados Unidos hay que plantear una relación inteligente. Decir que no estamos casados en una relación cerrada con ninguno de los dos, pero tengo muy buenos acercamientos comerciales con ambos. Analizar con ellos qué se les puede vender además de granos. Un ejemplo es el crecimiento de venta de carne de cortes caros. Pero además debe analizarse qué se puede vender para que la balanza empiece a equipararse o a ser interesante para nosotros. Es un diseño de país sobre cuáles son las industrias a las que apostar, incentivar y apoyar, incluso con crédito. El crédito es el factor limitante del crecimiento en la Argentina, es lo que el país no hizo en los últimos cincuenta años. Si sumás las crisis recurrentes por falta de dólares, tenés la cuestión completa para explicar el estancamiento de hace unos cincuenta años. China no es ni un estímulo ni un estorbo; es una gran oportunidad si se aprovecha.

—¿Las cosas son al mismo tiempo oportunidad o amenaza, según cómo se reaccione ante lo inmodificable?

—Exactamente.

—ChemChina es el acrónimo de China National Chemical Corporation, una compañía estatal china dedicada a la fabricación de productos agroquímicos. ¿Cómo es tener de jefe al Estado chino respecto de los accionistas occidentales?

—No mucho. Se ve una diferencia en el planteo estratégico de largo plazo. Estábamos acostumbrados a una mirada sobre cómo íbamos a terminar el año. Buscábamos qué medida cortoplacista íbamos a tomar. Hoy la mirada está puesta más en el largo plazo. Es muy bueno para el negocio y el crecimiento futuro. Pero en cuanto a la cultura y el management, los chinos muy inteligentemente no tocaron demasiado. Sigue siendo el de siempre, con cambios menores. Ese management que nos trajo hasta acá nos puede seguir dirigiendo adonde quieren ir. Lógicamente, sobre cómo cascadear la estrategia tecnológica en China, tienen mucha más experiencia e información. En ese ámbito son expertos.

—¿Cuál es la diferencia del capitalismo chino y el occidental?

—La mirada de largo plazo.

—¿Es mejor finalmente el capitalismo chino?

—No estoy metiéndome en aspectos culturales.

—No. Pero una organización que invierte a largo plazo finalmente terminará siendo más poderosa.

—Cuando digo “aspectos culturales” no estoy haciendo ninguna cuestión inherente al tipo de management o de liderazgo, sino al crecimiento y a los negocios. China sacó de la pobreza en los últimos treinta años a cerca de 600 millones de personas. Es cierto que es una población de más de mil millones.

—Es el mejor caso de éxito. Similar es Lula con 40 millones, sacó al 20% de la pobreza. Mientras que China al 50%.

—Exacto. Pero no sé si fue sustentable lo de Lula.

—Es correcto también. En cierto sentido está mucho mejor que antes, pero hubo una pérdida.

—China se sustenta. Hay muchas cosas para admirar y otras que a nosotros, occidentales, quizás nos parece desde aquí que los regímenes no son tan democráticos. Pero eso también les permite una continuidad en la toma de decisiones muy efectiva.

—¿Cuáles son los prejuicios mayores con las semillas modificadas genéticamente?

—El video que subió Greenpeace protagonizado por Damian Betular afirmaba que el uso de fitosanitarios era perjudicial para el medioambiente y poco saludable, y que ocasionaba que el tomate no tuviera gusto o sea feo. Intenté llevar a la población una información de que el gusto de los tomates no tiene nada que ver con si son producidos mediante el uso de fitosanitarios o semillas transgénicas, sino por la época de producción. En verano, con más exposición al sol y al calor durante el día y tiempo más fresco durante la noche, o si genéticamente el mejorador influyó para que sus características fueran un poco más resistentes.

—¿Betular en “MasterChef” asumió el discurso de Greenpeace?

—Es lo que dice en el post Greenpeace.

—¿Hay alguna crítica atendible sobre el uso de semillas modificadas genéticamente?

—Las semillas modificadas genéticamente son una experiencia científica fantástica que permitió el crecimiento de la productividad y la reducción del uso de sustancias químicas. Muchos maíces protegidos contra el ataque de insectos no necesitan insecticidas.

—Bayer perdió en Estados Unidos juicios muy relevantes por el uso de glifosato de Monsanto como herbicida. En Argentina también hay demandas. Fuimos los que más intensivamente publicamos sobre el tema. ¿Cuál es tu respuesta a esas acusaciones?

—Me gustaría hacer una diferencia entre lo que es el mal uso de las sustancias de los fitosanitarios y lo que dicen sobre el peligro de intoxicación o de cáncer por la ingesta de excesivos residuos de estos productos en los alimentos. Respecto a esto último, hay muchísimos estudios. Hay uno del Instituto de la Salud en Estados Unidos. Se estudió una población de 50 mil productores durante veinte años y se descubrió que no había ninguna diferencia en la incidencia de cáncer, linfomas o cualquier tipo de enfermedad, incluso endocrinológica respecto a la población en general. Lo propio hizo la doctora García en la Argentina durante diez años estudiando a un panel de productores en distintas provincias. Son estudios de largo plazo. Todas las instituciones que regulan la aprobación de estos productos reciben estudios de la industria, de las ONG y hacen sus propias investigaciones. En base a eso deciden qué producto aprueban o no. Hay que confiar en la ciencia de estos organismos. De lo contrario la sociedad se vuelve anárquica. Así como aparecen movimientos antivacunas, surgen los movimientos ambientalistas contra los procesos productivos. En algún punto debemos confiar en que las instituciones están manejadas por gente idónea que regula en base a la ciencia. Cuando hablo del mal uso es que, en cualquier situación, un producto que tiene una cierta toxicidad porque es capaz de controlar un insecto, una plaga, un exceso de malezas, y me lo hecho en la cabeza, seguramente el resultado no será bueno. El problema es cuando no se usan para lo que fueron diseñados. Se precisa adecuada protección en las manos y cabeza, en lo posible con máscaras. Cada vez están viniendo productos que a menores dosis generan mayores efectos. Estamos muy cerca de llegar a drones que apliquen la sustancia planta por planta en función de lo que requiera. Es posible que por mala información, errores de etiquetado o lo que fuera, no abro juicios de valor, haya habido jardineros en Estados Unidos que desaprensivamente utilizaron estos productos.

—O los arrojaron desde aviones.

—Si se tira desde aviones a poblaciones indiscriminadamente, es un crimen. Esa gente debería estar presa.

—Por ejemplo, los casos de campos al lado de escuelas.

—Es un crimen. Hay regulaciones que indican las zonas que deben quedar entre una población y la aplicación. Si alguien rompe eso, está cometiendo un delito y debe ser juzgado. El problema es cuando se mezclan las cosas. Nuestra economía depende del agro en gran magnitud. Si autoboicoteamos a la principal actividad económica del país, no comprendemos del todo bien cómo se sustituiría. En mis charlas con los ambientalistas pregunto qué industria procurarían incentivar a cambio de la que tenemos. Porque toda la actividad económica genera algún tipo de costo ambiental. Se debe intentar minimizarlo y hacer las cosas lo mejor posible para que ese costo sea mucho menor al beneficio.

—En la página de Syngenta se dice: “Necesitamos un esfuerzo internacional enfocado a mejorar el sector agrícola en países con prácticas agrícolas de baja productividad, deberían crearse para afrontar el reto de la eficiencia en el uso de la tierra”. Recuerdo una reunión con tu predecesor en la embajada suiza antes de que fuera comprado por la empresa china. Explicaba que en realidad había que concentrar la producción en los lugares de alta productividad. ¿Sigue vigente el planteo?

—Es difícil predecirlo. Lo que sí podría decirte es que el planeta no resiste que sigamos maltratándolo.

—Hoy 40% de la tierra está destinado a la producción de alimentos.

—Y no debería ser más que eso. ¿Entonces cuál es la respuesta para una población que sigue creciendo? Sería deseable que esa tierra sea más productiva y eficiente. La única respuesta a eso es más tecnología, mejor y más amigables.

—Si no recuerdo mal, la propuesta de tu predecesor era que fuera el 20%. Asumiendo que la población mundial llegue a 10 mil millones y se estabilizara en un 15% más que hoy y que el aumento de la productividad sea del 50%, se llega a un 20% o 30% la tierra utilizada. ¿Se debería concentrar en el lugar donde hay mucha agua, por ejemplo?

—En el mundo te diría que los dos converts más eficientes desde el punto de vista productivo son el americano y el argentino. Son las zonas de mayor productividad, fertilidad, potencial de rinde. Pero Brasil es un gran productor agrícola. Tiene una importancia enorme en la producción de soja, también en maíz.

—¿El problema de Australia es la falta de agua?

—El agua será el recurso que más vamos a tener que cuidar en los próximos cincuenta años.

—En tu autobiografía decís que te gusta cocinar. ¿Cuál es tu mirada respecto de la tendencia de cocinar con productos orgánicos?

—No me parece mal. Es una tendencia más y a quien le guste consumir productos orgánicos tiene todo el derecho de hacerlo. Son más caros porque normalmente tienen un rendimiento cercano a la mitad de lo que rinde un producto no orgánico. No está de más que exista esa opción para quien pueda pagarlo. Yo particularmente no. Cocino con productos, me gusta verlos, mirarlos, tocarlos un poco, sobre todo la fruta y la verdura, me gusta comprar cosas de estación y, en función de eso, pensar si les voy a hacer algo rico a los chicos, que ahora vienen con sus novios o sus novias.

 

 

“Las empresas se hacen más diversas no por un tema humanitario, sino porque se tornan más creativas”

 

—En un artículo de PERFIL contaste que te reuniste con el número uno a nivel global de tu empresa y le contaste que ya hacía tiempo que habías decidido vivir abiertamente tu homosexualidad y que sentías la necesidad de contarlo dentro de la empresa para seguir liderando los más de 1.500 empleados que están a tu cargo con sinceridad y transparencia. ¿Cómo fue ese diálogo?

—Fue buenísimo. No es fácil pensar cómo reaccionaría mi jefe. Esto ocurrió hace 8 o 9 años y el mundo va cambiando.

—¿Tu jefe es otro hoy? También podría haber reaccionado distinto.

—Es otro. Podría haber reaccionado distinto, pero la verdad es que en ese momento fue muy bueno. Apreció mi valentía, mi coraje. Le dije que más que de valentía se trata de autenticidad. Eso me ayudó a encontrar mi mejor versión. Cuando uno esconde una parte muy importante de sí mismo, se inventa una personalidad.

—El falso ser del que hablan los psicólogos.

—Cuando ya no tenés que consumir energía en eso, empieza a aflorar tu verdadera forma de ser. Y yo descubrí que es un poco mejor a la anterior. Me ayudó también a relacionarme mejor con la gente con la que conozco.

—¿Ese cambio de posición de la sociedad para aceptar de otra manera este tema y también te diría de las empresas y de los distintos jefes en distintos niveles de las empresas, también contribuye a una mayor transparencia, a una mayor responsabilidad empresarial que trasciende el plano de la elección sexual?

—Sí, creo que sirve. Es aplicable a todos los órdenes de la vida en la medida en que todos reconocemos que somos diversos. Aceptar al otro como ser distinto nos torna más inclusivos. Nosotros también queremos que nos incluyan. Todos queremos ser incluidos en la fiesta y para eso tenemos que incluir a los demás. Produce una sociedad mejor, más justa y sobre todo innovadora. La principal razón por la que las empresas se vuelven más diversas no es por un tema humanitario, sino porque la diversidad te garantiza innovación más alta.

 

Producción: Pablo Helman, Debora Waizbrot  y Natalia Gelfman.