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POLITICA / A 22 años del crimen
viernes 25 enero, 2019

A Cabezas lo mataron todos

Van 22 años de un crimen con condenas pero sin justicia.

por Ursula Ures Poreda

Tiempo después del crimen del reportero gráfico, Yabrán posa con un volante en la Casa Rosada. Foto: Cedoc.
viernes 25 enero, 2019

Da la impresión de que a José Luis Cabezas se lo recuerda cada vez menos. La simbología de los carteles con su imagen, que reclaman desde hace 22 años, revive los 25 de enero, a la par de las anécdotas que cuentan, una y otra vez, los que realmente lo conocieron.

La historia del José Luis real, humano, es custodiada por lo que queda de su familia, repartida entre Argentina y España, y sus amigos. Cuando la comparten, hablan de otro país, otro periodismo. Pero también del poder de siempre. La impunidad de siempre. La derrota de siempre.

La historia estrictamente judicial establece que a Cabezas lo mató una banda compuesta por un exmilitar, policías bonaerenses y delincuentes civiles, siguiendo las órdenes de quien escapó de la justicia terrenal: Alfredo Yabrán, el nombre y apellido que durante los ’90 encarnó la siniestra combinación de poder e impunidad. La historia en off sostiene que los lazos del titular de OCA con el gobierno de Carlos Menem sirvieron para el encubrimiento inicial. En otras palabras, a Cabezas lo mataron muchos más de los que apretaron el gatillo.

En los ’90, no había redes sociales. La comunicación digital era apenas un experimento. Lo más parecido a una noticia viral era la cobertura uniforme en radio, TV y papel de un mismo hecho. No obstante, el caso supuso un quiebre en la Argentina de esos años: después de décadas de violencia política, era inadmisible considerar que un periodista muriera por hacer su trabajo. Pocos crímenes como el de Cabezas alcanzaron una relevancia mediática comparable. Sólo dos expusieron de un modo tan obsceno la connivencia entre las fuerzas de seguridad y el poder político: el caso María Soledad y el caso Carrasco.

Quienes conocieron a José Luis, los que trabajaron con él (y todavía trabajan en Perfil), cuentan que había recibido amenazas semanas antes del secuestro pero no las había considerado tan serias. Su viuda, Cristina Robledo, recordó años después del crimen cómo seguían al matrimonio en los últimos días juntos en Pinamar. El secuestro y la muerte de Cabezas fue planificada durante meses: los cruces telefónicos entre el custodio del empresario postal, Gregorio Ríos, y los encargados de la logística del crimen, probaron que las comunicaciones se habían intensificado en los tres meses anteriores al asesinato. Quienes lo esperaron esa madrugada del 25 de enero sabían que el derrotero del fotógrafo era secuestrarlo, llevarlo hasta una cava en General Madariaga, esposarlo, ejecutarlo de rodillas y prender fuego el cuerpo y el auto. No dudaron y así lo hicieron.

José Luis Cabezas junto a Gabriel Michi
Cabezas y Michi. La dupla cubría la temporada de verano en Pinamar. Esta es una de las últimas fotos del reportero con vida.

El poder es impunidad. Yabrán, el hombre sin rostro, aparecía meses después con carteles que pedían lo que tantos: No se olviden de Cabezas. Así se mostraba con el jefe de Gabinete, Jorge Rodríguez, en Casa Rosada, en una de sus innumerables visitas. Contaba con el guiño del poder político. Mientras el reclamo crecía, el presidente Menem repetía una y otra vez que el crimen no era “político”, aunque sí “un acto de salvajismo”.

Se suicidó un año después del crimen, luego de que la Justicia dispusiera su detención. Estaba prófugo, escondido en una estancia, en Entre Ríos. Con su muerte, se agotó su responsabilidad penal en el crimen. Las condenas cayeron sobre Ríos; los policías Gómez, Prellezo, Luna y Camaratta, y los “horneros” Braga, González, Auge y Retana. En el medio, los Yabrán había logrado que el ministro Cavallo se retractara de sus declaraciones, en la que identificaba a “Don Alfredo”como el “jefe de una mafia enquistada en el poder”. Había razones para hacerlo: no tener pruebas para acreditar la acusación y una demanda de los Yabrán por 125 millones de pesos. Tras ello, el secretismo.

Contar el impacto del caso Cabezas a los millennials y centennials es un apostolado. Explicarles que la secuencia de fotos que obtuvo con su compañero de temporada, Gabriel Michi, viajó por micro, envueltas en sobres que identificaban al empresario como “Freddy Ocaman” es, para muchos, inentendible. Hablar del revelado y la revisión de miniaturas para elegir fotos de tapa es parte de una clase de arqueología.

Hay generaciones de periodistas que ingresamos a las redacciones sin haber vivido ese circuito, y con el mito de Cabezas presente. Para muchos, la historia reciente del caso Cabezas es la muerte de sus padres y el reclamo de  su familia, que ya no reclama verdad sino justicia. Lo que viene a nuestras mentes –y a los buscadores- es que, salvo dos condenados, el resto de los asesinos cumplió unos pocos años de condena y está libre. Uno volvió a ser detenido en el marco de una causa por drogas: integraba “La banda de Breaking Bad”. Otro, se dedicaba a proveer seguridad privada en Pinamar.  El más nombrado por estos días, Prellezo, es abogado: había recibido prisión domiciliaria por dolores lumbares. Hace poco, el Colegio de Abogados porteño lo habilitó a ejercer su flamante profesión. Un asesino convicto paseará libre por los tribunales de la Ciudad, en pos de la defensa de la ley.

Hace cinco años, la viuda de José Luis y madre de su tercera hija, concedió una entrevista a un medio español . Ante el periodista, contaba por qué había decidido irse de Argentina: “A Candela, cuando era chiquita, le preguntaban: ‘¿Cómo te llamas?’ Y ella respondía ‘Candela Cabezas Presente”. “Porque era todo el tiempo, en la televisión, en la radio decían: ‘¡Cabezas Presente!”. Pese al poder de siempre. La impunidad de siempre. La derrota de siempre.


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