En el Día del Croissant, París se llena de un aroma inconfundible a mantequilla tostada, que escapa de las boulangeries y conquista las calles antes del amanecer. Lo que parece simple es en realidad una obra de precisión: un delicado equilibrio entre ingredientes básicos y técnica rigurosa que da como resultado el crujido perfecto y un interior aireado, casi traslúcido. Cada croissant es el testimonio de horas de reposo, pliegues exactos y fermentación, donde incluso la temperatura hace la diferencia.
El croissant que hoy conocemos tiene raíces en el Kipferl vienés, creado tras el asedio de Viena en 1683. Los panaderos locales, trabajando de madrugada, descubrieron túneles excavados por tropas otomanas y alertaron a la ciudad. Como homenaje, crearon un pan en forma de media luna, emulando la bandera otomana. Aquel pan era denso, más cercano a un brioche, y nada parecido al hojaldre que hoy define a Francia.
La transformación definitiva llegó en 1830 con August Zang, un empresario austríaco que fundó la Boulangerie Viennoise en París. Allí los pasteleros franceses comenzaron a experimentar con la técnica del laminado de mantequilla, dando vida a la textura ligera y las capas infinitas que distinguen al croissant. Con el tiempo, la receta se refinó hasta estandarizar la levadura, el número de vueltas de la masa y la fermentación, consolidando su lugar como ícono culinario mundial.

Cuatro curiosidades del croissant
-En Francia se consumen más de 1.000 millones de croissants al año.
-El croissant es uno de los pocos productos de panadería que mantiene su forma y sabor incluso tras congelarse, gracias a la grasa de la mantequilla.
-Aunque el croissant es sinónimo de Francia, su origen real es austríaco y se popularizó en París gracias a la innovación de los panaderos franceses.
-Existen variantes locales como el croissant aux amandes, relleno de crema de almendras, o el pain au chocolat, que utiliza el laminado de chocolate.
El rigor técnico detrás del hojaldre perfecto
Los expertos coinciden: la mantequilla es clave. Debe tener al menos 82% de grasa y un punto de fusión alto, idealmente proveniente de regiones como Charente-Poitou. La harina de gran fuerza soporta el estirado sin romperse. La masa, llamada détrempe, se enfría antes de recibir la mantequilla, iniciando el proceso de laminado: pliegues simples y dobles que crean cientos de capas diminutas. En el horneado, el vapor levanta las capas mientras la grasa las separa, produciendo el característico efecto de acordeón. Un reposo prolongado, de al menos 24 horas, desarrolla sabor y elasticidad, y asegura que el interior sea ligero y aireado.
Receta paso a paso según los maestros franceses
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Mezclar harina de gran fuerza, agua, leche, azúcar, sal y levadura fresca para formar la détrempe.
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Refrigerar la masa varias horas antes de incorporar la mantequilla.
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Extender un bloque de mantequilla fría sobre la masa y realizar pliegues simples y dobles, dejando reposar entre cada vuelta.
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Fermentar la masa lentamente durante al menos 24 horas.
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Dar forma de media luna y hornear a 180°C hasta obtener un dorado uniforme.
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Servir recién horneado, disfrutando del crujido exterior y la suavidad interior.
Cada croissant es una obra de paciencia y maestría, un equilibrio perfecto entre historia, técnica y sabor. El Día del Croissant celebra más que un panecillo dorado: honra siglos de innovación, tradición y obsesión por la perfección en la panadería francesa.