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SOCIEDAD / Personajes
domingo 13 octubre, 2019

Roy Harley: “En un momento pensé que se morían todos y me quedaba solo”

A 47 años de la Tragedia de los Andes, el repaso de una historia de supervivencia increíble a través de la voz de uno de sus protagonistas. 

Nicolás Cuesta

A 47 años de la tragedia, Roy, uno de los sobrevivientes cuenta el después Foto: CEDOC

El 13 de octubre de 1972, un avión con 45 pasajeros se estrella en el medio de la Cordillera de los Andes. Pierde la cola y las alas, pero conserva casi intacto el fuselaje y se convierte en una especie de gusano que se desliza por la ladera de una montaña hasta frenarse en un valle.

Mueren menos de la mitad de los pasajeros: trece en el momento, cinco más en las horas que le siguen. Desde el comienzo, esta historia desafía los límites de la estadística, de la probabilidad, de lo posible. 

"A mis veinte años, la única nieve que conocía era la de la heladera vieja de mi casa que había que raspar para que saliera"; dice Roy Harley, uno de los sobrevivientes, que volvió de Los Andes pesando 38 kilos, 47 menos que los que tenía cuando se fue. "La montaña más alta de Uruguay tiene 512 metros. Yo no sabía lo que era la nieve, no sabía lo que era una montaña".

La gran mayoría de los accidentados son rugbiers uruguayos de entre 19 y 25 años que volaban a Chile a disputar un partido. En el lugar, que está a 3500 metros de altura, no crece absolutamente nada, sólo hay nieve y montañas. Presienten que detrás de una que se levanta hacia el oeste y parece una pared, están los verdes valles chilenos. 

“Estuvimos 70 días mirando las cartas de navegación del avión, y se armaban grandes discusiones entre nosotros por determinar dónde estábamos”, recuerda.

“Nosotros creíamos que estábamos en la precordillera chilena. El piloto se murió repitiendo que 'habíamos pasado Curicó' –continúa–, sabíamos que eso no podía ser cierto, pero teníamos que estar ahí nomás. Puteábamos, elucubrábamos, hacíamos cálculos con la escala del plano, la velocidad del avión, y nos daba que estábamos cerca de Curicó.”

Durante los primeros días, el grupo espera el rescate de un momento a otro. Deciden racionar el poco alimento que tienen: unas barras de chocolate, unas galletas saladas, unos frutos secos y algunos tarros de mermelada.

Al décimo día, la escasez de alimentos los obliga a usar los cuerpos de los muertos para alimentarse. Al undécimo, a través de una radio que el propio Roy había hecho funcionar, se enteran que la búsqueda del avión se había cancelado. Ese es el momento en el que caen en la cuenta de que para salvarse deben salir de aquél lugar por sus propios medios.

A casi medio siglo de aquella historia de supervivencia, Roy no olvida. Al contrario: recorre el mundo para contar su resignificación constante, su relación con el rugby y con quienes lograron superar el hambre, el frío y la desesperación de saber que –sus familiares, los encargados de buscarlos, los noticieros– los habían dado por muertos.

El alud

La tarde del decimoséptimo día son sorprendidos por un alud que mata a ocho sobrevivientes más. Mueren por asfixia cuando el fuselaje que les sirve de hogar se llena de nieve casi hasta el techo.

Roy cuenta que unos minutos antes, uno de sus amigos que tenía una llaga en la espalda que no lo dejaba dormir, le pide cambiar de lugar en aquella vivienda precaria: Roy acepta y sobrevive, su amigo muere. 

"Yo me ponía una remera sobre la cabeza para que la nieve que entraba no se me pegara en la cara. En eso escucho un temblor, como cuando se acerca una tropilla de caballos en el campo; enseguida como un flash, una explosión y algo que me aprieta la cara. Ahí pude pegar un salto y sacar la cabeza. Veo el fuselaje tapado de nieve casi hasta el techo, y nada más". 

Roy lleva el brazo a la altura de los ojos, lo desplaza de derecha a izquierda y repite: "Nada. En ese segundo, pensé que todos se morían y me quedaba yo solo. ¿Sabes lo que es eso?"

Lo dice fijando la mirada, como si lo que cuenta acabara de ocurrir. Sigue: "Después empecé a escuchar ruidos. Salí del avión por el espacio que quedaba y vi que el entorno había cambiado por la tremenda cantidad de nieve que el alud había movido.

Vuelvo a entrar y empiezo a ver manos que salían de debajo de la nieve. Les escarbaba y les armaba agujeros para que respiren y me iba donde había otro. No fue un rescate planificado para nada, de repente te parabas donde tenías un amigo intentando respirar y le apretabas la cabeza". 

Roy le salva la vida, entre otros, a Roberto Canessa, quien sería uno de los que lograráa escapar caminando y que hoy es su cuñado. Sin embargo, pierde a sus dos mejores amigos: “Coco” Nicolich y Diego Storm. 

"Luego del alud nos dimos cuenta que estábamos en un lugar jodido, y que en cualquier momento podía venir otro y nos tapaba de vuelta. Entonces dijimos:“loco, hay que irse”.

Los tres que estaban más fuertes serían los expedicionarios.Les dimos los mejores lugares para dormir, la mejor comida, la mejor ropa, los preparamos y salieron". 

Deciden salir por el valle que desciende hacia el oeste que, según sus cálculos, debe torcer hacia la salvación: Chile. Al segundo día de trayecto encuentran la cola del avión, donde se hallan las baterías. Saben que esas baterías son las que necesitan para hacer funcionar la radio del avión, entonces deciden volver, con la esperanza de poder enviar un mensaje. 

"Y ahí me meten una presión bárbara. Yo les decía que de radio no sabía nada, que la chiquita la había hecho funcionar de pedo. Me decían: “tenés que venir, que vas a salvarnos a todos”.

No, pero yo no sé nada. Yo veía el aparato de radio y me preguntaba “ ¿qué mierda hago con esto?”. Al final tanto me insistieron que me decidí. “Hay que hacerlo”, dije". 

Roy hace un trabajo de ingeniero: saca la radio, el dial sintonizador, la antena, un montón de cables. Llevan todo a la cola del avión. 

"Allí vivimos cuatro personas durante ocho días y no fue una buena experiencia. Aparte de que la radio no funcionó, yo me llevaba muy mal con Parrado y con Canessa.

Ellos no fumaban y entonces no me dejaban fumar a mí. Fumar nos hacía muy bien, era como una droga. Yo me quería volver al fuselaje con los otros. Allá, más mal que bien, pero vivíamos, era nuestra casa". 

Expedición final y salvación

"Cuando volvimos de la cola, nos dicen que se habían muerto dos más. Nos estábamos muriendo todos, teníamos que salir. Y decidimos seguir lo único que sabíamos con seguridad: que hacia el oeste estaba Chile.

Entonces organizamos esa última expedición. Nando (Parrado) no pensaba, era como un autómata, sólo quería salir. Tintín (Antonio Vizintín) mucho no opinaba. Roberto Canessa era el que más miedo tenía.

Él es un tipo muy inteligente y sabía a lo que se enfrentaba, entonces nos ponía excusas, nos iba pateando, posponía la salida. Hasta que en un momento los echamos, no se fueron: los echamos nosotros".

Ese es un nuevo momento de quiebre en la historia vivida en la montaña. Saben que irse o quedarse puede significar lo mismo: morir.

"El día que finalmente salieron nos abrazamos, lloramos, y nos quedamos parados mirando cómo se iban. Hicieron veinte, treinta pasos, y Nando vuelve sobre sus pasos y nos dice que si llegado al caso tenemos que “usar” el cuerpo de su madre y su hermana muertas en el accidente, él nos autorizaba. Ese gesto es de una grandeza y una valentía increíble porque en realidad él no nos estaba autorizando, él sabía que lo íbamos a hacer igual. Lo que estaba haciendo era sacarnos la culpa, nos estaba quitando una mochila", recordó.

Durante tres días, el grupo que queda en el fuselaje ve cómo los expedicionarios se convierten en puntitos lejanos que suben la imponente montaña que los custodia. Cuando desaparecen, el grupo festeja. Sin embargo, al poco tiempo se encuentran con que uno de ellos vuelve: era Antonio Vizintín.  

"Cuando ellos llegan arriba después de tres días de estar subiendo, se dan cuenta que en realidad estaban en el lado argentino porque se encuentran con un macizo de picos terrible".

"Se paran ahí y le dicen a Tintín que vuelva porque eso era mucho más difícil de lo que pensaban. Le dicen que nos dé un mensaje a todos nosotros: que ellos iban a caminar hasta morir. Esa frase era literal. Roberto Canessa tenía 20 años, Nando tenía 22 y se le había muerto la madre y la hermana. Hacía sesenta días que no comían nada. Pero los locos iban a caminar hasta morir".

"Ellos iban a morir, por ellos y por nosotros. Eso se llama actitud, se llama grandeza… yo hace poco volví al lugar y lo que hicieron esos tipos no se puede creer, no hay explicación lógica", contó Harley.

Otra vez la lógica enfrentada con la historia. Canessa y Parrado caminan diez días por un terreno imposible, mal alimentados y mal equipados. Llegan a la finca de un arriero cerca de la localidad chilena de Los Maitenes y le cuentan que vienen de un avión caído en las montañas más de dos meses atrás.

El arriero al principio duda de esos dos harapientos demacrados y barbudos que le cuentan una historia imposible. Igual envía a otro a avisar a las autoridades y les pregunta si tienen hambre. Cuando los ve comer desaforados, se le van todas las dudas.   

"Nosotros escuchamos el 20 (de diciembre) que habían aparecido dos personas que decían ser sobrevivientes. Como habíamos tenida muchas noticias que pensábamos que eran reales y resultaron ser falsas, no festejamos tanto. Nos preguntábamos “¿serán los locos estos que aparecieron? Justo son dos, ¿Serán? No sé, no sé, pero tienen que ser”. 

Al día siguiente, esas dudas se convierten en emoción.

"Salimos tempranito, pusimos la radio y ahí es donde yo te digo cómo dos palabras pueden hacer la diferencia en la vida. Cuando escuchamos “Parrado y Canessa” nos dimos cuenta que eran ellos, que estábamos salvados. Y ahí sí, ahí fue una locura de abrazos, de festejos, porque además decía que ya estaban organizando el rescate del resto de nosotros. Nos acicalamos, tratamos de arreglarnos un poco, nos sentamos en el borde del avión y sacamos una caja de habanos que teníamos guardada y nos fumamos uno cada uno".

El después

"No me gustó ni el libro (Viven, de Piers Paul Read) ni la película basada en él (Alive, de 1993 con Ethan Hawke y John Malkovich). Si hubiera sido por mí yo no lo hubiese contado. Esa historia la contamos a los dos meses de haber vuelto y teníamos todo demasiado fresco, sin procesar. A mí me parecía que era algo nuestro y que teníamos que guardarlo para nosotros".

"Me resultaba una locura que la gente vaya a visitar el lugar del accidente. Después, cuando pasa el tiempo te das cuenta que la historia te trasciende, y que ya no es tuya, sino de todos". 

Roy Harley volvió a Uruguay en diciembre, en marzo retomó la Universidad y en mayo ya estaba jugando al rugby de nuevo. Sin embargo, volver a la vida fue más difícil de lo que esperaba. 

"Sufrí mucho la muerte de mis amigos cuando salí. En la Cordillera no podías darte el lujo de llorarlos. Se te morían tus amigos y había que sacar el cuerpo, tirarlo afuera y seguir, no te quedaba otra.

Cuando volví a mi país y me encontré con aquellos amigos que no habían viajado, recién ahí me di cuenta de que faltaban los que faltaban. LLoré mucho, lo sentí mucho y me preguntaba porqué murieron los que murieron y porqué volvieron los que volvieron".  

Luego de recibirse de ingeniero y trabajar en reconocidas empresas multinacionales, Roy consideró que era tiempo de transmitir su experiencia con charlas que hoy lo conectan con gente de todo el mundo y a través de su propia página web, www.royharley.uy. La charla se titula “Todos tenemos nuestra Cordillera”.

"La idea es decirle a la gente que tenga fe y esperanza de que la vida siempre se recompone. Hay mucha gente que tiene su cordillera y la sufre en silencio, no es famosa como la nuestra, a veces son cordilleras ocultas que las viven solos.

Entonces decirle “mirá que se puede salir de acá, tenés que pelear, no es regalado, pero siempre se puede salir”. 

Varios sobrevivientes han vuelto al lugar que hoy lleva el nombre de Valle de las Lágrimas. Incluso algunos lo han hecho con sus familiares. Desde 1974, cada 13 de octubre, los sobrevivientes de los Andes se juntan a jugar el partido de rugby contra los chilenos que no pudo jugarse en 1972

"Es algo que disfrutamos mucho. Los años pares se juega en Chile y los impares en Uruguay. Este año nos toca recibirlos en casa".

 

Escrita y producida por Nicolás Cuesta


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