Del dicho al hecho
Quienes se interesan por el asunto de las palabras, por su circulación social, por los efectos que pueden llegar a producir, habrán reparado en que, en su momento, cuando Javier Milei, el Presidente de la República, trató de “ratas” a los legisladores del Congreso Nacional, no todos ellos se molestaron. Hubo varios que sí, por supuesto, porque son honestos, trabajan a conciencia, se comprometen de verdad con aquellos que los votamos. Y hubo quienes, sin ser legisladores, reaccionaron ante los agravios espetados por el Jefe de Estado, ya que la división de poderes es un factor decisivo para el ejercicio de la libertad republicana, y una amenaza contra ella el hecho de que el Ejecutivo hostigue así al Legislativo.
Pero no todos los legisladores del Congreso Nacional tomaron a mal la invectiva que el Presidente les propinaba: les dijo “ratas”, y ellos nada; fue casi como si asintieran (tuve ocasión de consultar por este tema a un diputado nacional: se mantuvo con la mirada perdida a lo lejos y no dijo absolutamente nada). En la dinámica agresiva del maltrato, hoy expandida en tiempo y espacio hasta niveles de franco agobio, no es un aspecto menor el modo en que el maltratado puede llegar admitir ese maltrato, al punto en que directamente ya se deja maltratar.
¿Buscaba acaso el presidente Milei algo así como una “desratización” del Honorable Congreso Nacional: su saneamiento, su mejoramiento? Claro que no, en absoluto; buscaba por el contrario maniobrar en ese espacio aplicando su misma premisa: que con las ratas del recinto podría hacer algunos buenos experimentos, que a las ratas del recinto las podría entrampar, así sin más, arrimándoles algún pedacito de queso. Fue inexacto el dibujito que mostraba a un Milei-león irrumpiendo en el Parlamento para poner en fuga a los legisladores-ratas. Tal vez habría sido más preciso figurárselo, ya que canta, como una versión algo deteriorada de “Josefina, la cantora”.
Se estará regocijando Milei, y me temo que no sin motivo. Diputados, senadores: primero los trató de ratas y después logró que unos cuantos se comportaran en efecto como tales. No creo que su satisfacción provenga del hecho de haber tenido razón (satisfacción de iluminista); provendrá tal vez del hecho de haber podido traspasar su arisca degradación del plano de las palabras al plano de los hechos (satisfacción de agresor). Como escribió alguna vez Sigmund Freud: se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en la cosa misma.
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