Megalomanía, omnipotencia, desprecio, apropiación, indiferencia… La lista de palabras que caracterizan los poderes actuales están mucho más cerca de la destrucción que del poder vivir en este planeta. Casi todo lo que se escucha de las grandes potencias parece una provocación. A su vez, las reacciones adquieren un cariz discursivo que no alcanza a modificar el rumbo. De un lado se dictaminan leyes invasivas, violentas, del otro no queda más remedio que el repudio: marchas, manifestaciones, juntar firmas, denuncias, bardear en un streaming, publicar un artículo…¿No habrá que renovar las formas, dejarse modificar por el entorno?
Esta semana el río estaba caudaloso. Se anunciaba una crecida muy alta, más de 3.20. Llegó amablemente a 3.05. Las islas inundadas (o regadas, según desde donde se lo viva), el cielo despejado, aloe veras bajo el agua, los troncos de las casuarinas vivamente remojados, el alarido inconfundible de las pavitas del monte, un jacarandá sin problemas. El agua envolvía la tierra y se reflejaba en el techo de las casas. Como necesitaba leña, tuve que buscarla al fondo, donde había árboles añosos. Me saqué los zapatos y empecé a caminar en el agua tibia, sobre la tierra tierna. La naturaleza se hacía cargo de mis pies, por ahí empezaba a manifestarse. Solo buscaba leña, entregada al asombro de existir entre vivos pilares, siempre volviendo al poema de Baudelaire “Correspondencias”: “La naturaleza es un templo donde vivos pilares dejan salir, a veces, confusas palabras, el hombre atraviesa bosques de símbolos que lo observan con mirada familiar”. De golpe, apareció un niño. Estaba con su familia isleña, también buscando ramas. Como yo conocía esa zona -por unas horas cubierta de agua-, le avisé que pisara con cuidado porque las casuarinas habían dejado caer sus piñas minúsculas. “No hay problema”, me dijo “Yo puedo, soy de acá”. Caminando descalza sobre el terreno blando, la frase me conmovió. De “acá” somos todos, pensé. El agua había colmado el terreno con una tranquilidad desconcertante. Nos acercamos a un árbol de ramas viejas. Podían servir para el fuego. El niño me dijo que rompiera una, “para escuchar el crujido”. Al hacerlo, vino mi perro, creyendo que se trataba de un juego. “Quijote”, le dije, y se puso a saltar en el agua esperando que la lanzase. “¿Tu perro se llama Quijote?”, me preguntó. Me abstuve de contarle que hay una novela con ese nombre y en la primera página aparece un galgo. Solo le respondí que sí, que se llamaba Quijote. Y entonces, el agua, el cielo, las casuarinas, la rama partida, las pavitas de campo, el río, escuchamos al niño decir: “El mío también”. La coincidencia parecía explicarlo todo.
Al atardecer, el agua ya había bajado. El niño se fue con sus padres y las ramas. Sentí los pies más livianos que nunca.
Los poderosos pretenden explotar (en su doble acepción) la naturaleza. Débiles infames, se pierden al hacerlo del verdadero y misterioso poder en esta Tierra: que la naturaleza los modifique compartiendo una mirada familiar, el secreto de estar vivos.