Tiene 17 y ya tocó lo que nadie tocaba
A los 17 años yo estaba terminando el secundario en Buenos Aires, dos años después de volver de Israel, donde había vivido de los 9 a los 15. Era 2007 y me acuerdo del esfuerzo por volver a entender un país que había dejado de chico, de las tardes enteras en el MSN y jugando al RuneScape y al Mu, de las cartas de Pokémon que todavía coleccionaba, del pelo largo que mi vieja me pedía que me cortara. De qué iba a estudiar al año siguiente, ni idea. Pensé en ese pibe esta semana, cuando leí la historia de Chen Guangyu, que tiene 17 y acaba de firmar uno de los papers más importantes del año en IA.
Chen nació en 2009 en Shenzhen y todavía cursa el secundario. En 2024 empezó a estudiar machine learning por su cuenta, y según su propia confesión un año antes de entrar a trabajar no sabía qué era un Transformer, la arquitectura que sostiene a todos los modelos de lenguaje que usamos. En noviembre del año pasado, con 16, Moonshot AI lo incorporó a su equipo de investigación. En marzo apareció como primer autor, con el mismo peso que Su Jianlin, una eminencia de la IA china, de un trabajo que modifica una pieza que ningún laboratorio del mundo había tocado en diez años. Ese trabajo quedó adentro de Kimi K3, el modelo chino de 2,8 billones de parámetros sobre el que escribí en esta columna en julio. Elon Musk comentó la publicación con una sola palabra, impresionante. El miércoles pasado Chen anunció que se va de la empresa, dijo que ese año fue el más lindo de su vida, y la prensa asiática asegura que su destino es Silicon Valley.
La historia me produce un vértigo que tiene que ver con el tiempo. Chen pasó de la ignorancia total a modificar la arquitectura de la tecnología más disputada del planeta en menos de dos años, y lo hizo aprendiendo solo, con las mismas herramientas que cualquier adolescente de Rosario o de Lanús tiene en el teléfono. Hasta hace muy poco, formar a alguien capaz de mover la frontera de un campo llevaba décadas de escuela y de maestros, y esta época acaba de mostrar, desde un secundario de Shenzhen, cuánto puede achicarse ese camino cuando el talento encuentra el acceso.
Resisto la tentación de convertir esto en un sermón sobre la educación argentina, porque Chen es una anomalía en China también, y porque los genios adolescentes existieron siempre. Lo distinto de esta época es la ausencia de peajes en el camino, ya que nadie le pidió un título ni le exigió esperar su turno, y el conocimiento que necesitaba estaba entero y gratis en la misma pantalla donde otros pibes de su edad miran videos. La pregunta que me queda apunta a cuántos chicos así hay en nuestras aulas, sentados en un pupitre esperando que el sistema los habilite, mientras el sistema discute si les permite o no usar el teléfono.
Hay también una lectura geopolítica que vale la pena nombrar sin dramatizar. China formó a este pibe, le dio un laboratorio de primera línea a los 16, y a los 17 lo pierde a manos de Estados Unidos, si la prensa acierta. Además de chips y de plata, la guerra por la IA se pelea por un puñado de cerebros muy jóvenes que eligen dónde vivir, y ningún control de exportaciones alcanza para retener a un adolescente con una oferta mejor.
Vuelvo a mi 2007 y a aquel pibe de pelo largo que cambiaba cartas en el recreo. No cambiaría nada de él, porque de esa desorientación salió casi todo lo que hago hoy. Pero leo lo de Chen y entiendo que mis alumnos de 20 años, los que me preguntan si todavía vale la pena estudiar algo, ya compiten en un mundo donde un chico de 17 puede reescribir la máquina. Les contesto lo único que me parece cierto, que el acceso ya lo tienen, y que lo que falta en nuestras aulas, y también en Shenzhen, es alguien que se siente enfrente de un pibe y le diga que puede.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.
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