Como puede ocurrir, nuestras visiones apocalípticas del futuro se basan en visiones idealizadas del pasado. Un recuerdo falso activa una proyección falsa.
Nuestro recuerdo deseado es el de un espacio público integrado, pero su historia es de gran fragmentación. Por eso, cuestionar a las redes sociales por la pulverización del espacio público en pedacitos es discutible.
Por ejemplo, en las primeras décadas del siglo XIX, a medida que la ciudad de Buenos Aires se expandía, cada plaza pública tenía su identidad especial.
La actual Plaza Lorea era la plaza de los negros; la actual Plaza San Martín era el lugar de los militares; la zona de Montserrat era la de los indígenas; la actual Plaza Lavalle era un lugar de entretenimiento de sectores populares, “orilleros”; la Plaza de Mayo, entonces dividida por una recova entre las llamadas Plaza de la Victoria y la Plaza del Fuerte, alternaba entre la política, el comercio, el entretenimiento como una corrida de toros y, si era necesario, las ejecuciones públicas.
En cada una de esas plazas, se distribuía información y se formaban opiniones. El debate público ya era una red de públicos, con distintos niveles de conexión entre sí. Y la evolución histórica de la esfera pública mantuvo esa fragmentación.
Hoy las plataformas son bastante parecidas a las plazas públicas. El investigador australiano Axel Bruns define al espacio público como una red dinámica y fragmentada de públicos interconectados, que van tejiendo sus entornos más personales con sus comunidades de interés que se van formando y escalando a través de temas que se hacen más comunes y masivos, y esas comunidades quedan disponibles para nuevos temas.
LAS NOTICIAS BANALES
Por ahora, Instagram y TikTok son el principal noticiero de los jóvenes por lo que el envase principal de la información es cada vez más el video corto. Hay cierta psicosis con ese estilo liviano de informarse. Pero nuestra proyección es falsa además porque olvida que en la supuesta era dorada el estilo de consumo informativo también era liviano: los diarios, por ejemplo, no estaban hechos para la lectura completa. Se escaneaban hasta encontrar algo interesante que se profundizaba. Solo aquellos profesionales de la información y los llamados “lectores abuelitos” los recorrían línea por línea. Hoy los jóvenes hacen lo mismo en su escroleo: eligen qué profundizar, para lo que usan un chat de IA. Es decir, pueden pasar del consumo incidental a la búsqueda activa. Y además crece la conciencia algorítmica de todos, que es la capacidad de entender cómo funciona el algoritmo que nos edita la información que recibimos.
Si a X se ingresa para buscar noticias, en Instagram el consumo es incidental donde, como se suele decir, las noticias te encuentran a vos. Instagram nació en 2010 y en apenas dos años fue comprada por Mark Zuckerberg. En ese momento tenía unos 30 millones de usuarios, la misma cantidad de cuentas que hoy tiene en Argentina. Pagó mil millones de dólares y hoy vale alrededor de 550 mil millones.
En el ecosistema las plataformas son móviles, van adaptándose de acuerdo a lo que hacen las otras. Instagram nació como un álbum global de fotos y luego en su competencia con otras redes comenzó a desarrollar videos cortos, y ahora quiere asaltar al rey del living, el televisor (y a YouTube), incentivando también los videos más largos.
Ahora en el actual ecosistema nuestro consumo informativo de siempre es más transparente. No es una revelación que nos atraen más las banalidades y los chismes personales, que los temas de interés público. Siempre ha sido igual. En el siglo XVIII, ya era más atractivo lo que hacía María Antonieta que Luis XVI.
AMARRETA CON LOS PERIODISTAS
De hecho, una de las condiciones del buen periodismo ha sido cruzar esa brecha de interés diseñando una estructura de entretenimiento que permita que las noticias importantes nos atraigan. Es decir, ayer y mañana el periodista necesita el entretenimiento para darle alas a la información. El antagonismo entre entretenimiento y periodismo es uno de esos mitos malignos que son un lastre profesional.
Por ahora, Instagram tiene una historia de pagar menos que YouTube o Tik Tok a los creadores de contenidos, ya sean periodistas o no. La publicidad de la red queda casi toda para ella, haciéndola más rentable que Facebook. En el mercado estadounidense, un usuario de Instagram rinde un 15 % más de ingresos a la compañía que uno de Facebook. A eso contribuye que, hasta el momento, es la red más atractiva para las marcas.
Hace unos años Instagram era un espacio secundario para las noticias, más cuidado, sin presión de actualidad ni vocación de masividad. Cuando en 2020 se introdujeron los reels, se produjo el auge de los periodistas-presentadores. Y con un nuevo cambio en 2024 comenzó a priorizar el contenido que más tiempo de atención genere y que los usuarios compartan en chats privados. Eso puede haber generado más visibilidad a periodistas con expertise más específicas.
Una tendencia positiva en esta y otras redes es que creció el periodismo explicativo, que era un género un poco ninguneado y era ocasional en las redacciones. Parecía un género menor frente a la primicia informativa pero, en última instancia, es más importante. De todas formas, en Instagram, la mayoría de los que dan noticias y las explican no se reconocen como periodistas.
¿INSTAGRAM ES AMABLE O SE HACE?
Si bien X es percibida como más tóxica, en Instagram la hostilidad es similar, pero la arquitectura de la red permite no toparse con esas oleadas de fuego enemigo.
X empuja ese odio al espacio público, mientras que Instagram lo empuja al espacio personal. Es en las cajas de comentarios donde se concentra el bullying, y vos podés evitar entrar allí. Hay muchos controles efectivos para que la toxicidad no llegue al feed, pero desbordan en la caja de comentarios.
Las recomendaciones estándar para periodistas son seguir a cuentas muy diversas para no quedar atrapados en burbujas y entender a sus publicaciones como declaraciones permanentes.
Ahora Instagram le está permitiendo cada vez más al dueño de la cuenta –que puede ser un periodista– la depuración de su espacio. Esto fue lo que aprovechó hace un año el equipo Alpine para redactar un Código de Comunidad, donde estableció pautas de conducta para sus fans en el espacio digital. En el punto 3 del código dice: “Tolerancia cero con el bullying”. Al año, el problema sigue. Franco Colapinto, desde su cuenta de Instagram, intentó civilizar esta semana a varios de sus seguidores, quienes organizaban campañas de acoso, hostigamiento, insultos, y hasta amenazas de muerte.
Instagram quiere ser un espacio amable pero no puede.