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Pasaje al olvido

La novela incluye también un gran listado de nombres olvidados, pero que en su tiempo gozaban de fama y prestigio.

Pensaba escribir sobre un tema nuevo: la literatura francesa del siglo XIX. Iba a intentar trazar un mapa general, que al mismo tiempo se contrapusiera con la sociología naciente (el positivismo) y que a la vez se vinculara con el pensamiento francés del siglo XVIII y con el del XX. Incluso, pensaba tratar a la literatura francesa ya no solo en el siglo XIX, sino hasta comienzos del XX, es decir Proust, pero también Raymond Roussel, e incluso el surrealismo y Ponge. Aunque no me crean, tengo algunas hipótesis sobre el tema, en especial las relaciones entre el pensamiento francés del siglo XVIII y el del XX, que me parecen que son razonables (mis hipótesis, digo). Pero como suele ocurrir casi siempre en mí, mis intenciones se demoran, se estiran, se alargan y quedan para más adelante. O para nunca. Así que hoy, este domingo de una primavera lluviosa, me detendré no en el mapa de la literatura francesa del siglo XIX, sino solamente en una de sus obras maestras: Las ilusiones perdidas, de Balzac (no sé por qué en castellano le agregaron un artículo al título, cuando en francés es solo Ilusions perdues, que es mucho más lindo).

Publicada como folletín entre 1837 y 1843, conformada en verdad por tres novelas breves, Las ilusiones… narra la historia de un joven provinciano que llega a París con ansias de triunfo. El fracaso se hace evidente ya desde las primeras páginas, pero eso no tiene la menor importancia porque en la novela no hay suspenso alguno. Hay en cambio un agudísimo retrato del mundo de las imprentas, de la edición y del periodismo en la París decimonónica. Las descripciones del proceso de modernización de las imprentas, del cambio en las tipografías y en el uso de las máquinas, de los obreros gráficos que tienen que habituarse a los nuevos modos y de los viejos imprenteros, que ocuparon un papel clave durante la Revolución de 1789 y que luego no logran adaptarse a los nuevos tiempos, roza la genialidad. Entre medio, está la historia del protagonista, un poeta que no logra insertarse en los salones parisinos, y que es testigo del ascenso político y económico del periodismo, como una máquina de inmenso control social de las conciencias públicas, y como una mafia de chantaje y prebendas de todo tipo (también está la historia de su mejor amigo, un inventor idiota que recuerda en mucho a nuestros emprendedores de hoy). Las ilusiones perdidas debería ser de lectura obligatoria en la Carrera de Comunicación Social de la UBA, o en cualquier otra carrera humanística que discuta con el poder totalitario que hoy tienen las grandes corporaciones mediáticas y las redes sociales.

Escrita con el típico tono balzaquiano de avanzar a base de sentencias (mi favorita: “La avaricia comienza allí donde se acaba la pobreza”), la novela incluye también un gran listado de nombres olvidados, pero que en su tiempo gozaban de fama y prestigio. Balzac no duda en comparar a Rousseau con Jean Baptiste Massillon, un orador del siglo XVIII, o a Diderot con Beaumarchais, acaso algo más recordado que Massillon, pero igualmente leído por pocos o por nadie. De mi parte, tengo una empatía casi de hermandad con los escritores tragados por la historia: el escritor olvidado es la esencia misma de la literatura. El pasaje al olvido es un privilegio al que pocos acceden en esta época en que todos son famosos.

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