Cuando dos personas hablan mal de una tercera, el ausente cumple una función rara: mantiene unidos a los otros dos. Basta que uno diga su nombre para que el otro sonría, y esa sonrisa contiene todo un sistema de alusiones. El placer de la conversación depende en buena parte de que el aludido no pueda aparecer y preguntar de qué se están riendo. Una amistad puede alimentarse durante mucho tiempo de ese ritual.
Mientras leo el Borges de Bioy trato de entender el entusiasmo que provoca un libro en el que encuentro, con una frecuencia que me aburre, chismes, desprecio por los colegas y algo que se parece bastante a la envidia y al resentimiento. La aparición del libro, en 2006, fue recibida como un acontecimiento literario; incluso la crueldad de sus juicios se anunció como una de las razones para disfrutarlo. ¿Qué placer se supone que se debe obtener de escuchar a dos escritores extraordinarios hablar mal de otros escritores?
Una explicación es la curiosidad. Queremos saber qué dicen las personas famosas cuando termina la cena, qué opinan del colega al que acaban de saludar con una cordialidad que ahora, gracias al diario, podemos juzgar retrospectivamente. Uno lee convencido de que por fin va a conocer al verdadero Borges, como si la verdad de una persona esperara siempre el momento en que se afloja la corbata y empieza a decir cosas desagradables.
Por alguna razón, la mezquindad nos parece más auténtica que la generosidad. Un elogio puede obedecer a un compromiso; la maldad goza de una presunción de sinceridad casi automática. Aceptamos que alguien finja admiración, pero nos cuesta imaginar que también pueda exagerar un desprecio para divertir a su interlocutor.
Además, el lector dispone de una ventaja sobre cualquier invitado real: puede permanecer allí sin ser visto. Nadie le pregunta qué escribió o qué piensa de un poema. No corre el riesgo de salir a la calle y convertirse, apenas cierre la puerta, en el tema de la sobremesa. Participa de una intimidad que le garantiza impunidad. Tal vez una parte del éxito del libro consista en ese privilegio. Sentarse junto a Borges y Bioy permite mirar por encima del hombro a personas a las que uno quizá no se hubiera atrevido a mirar de ese modo. El prestigio de los anfitriones se comunica al invitado. Si ellos se ríen de un escritor que no leímos, podemos reírnos y sentir que acabamos de adoptar un criterio. Nos ahorramos el trabajo de leerlo. La anécdota trae una opinión incorporada y la autoridad requerida para repetirla.
Se dirá que las conversaciones entre Bioy y Borges contienen observaciones literarias admirables. Seguramente. Dos escritores de esa inteligencia, hablando durante tantos años, difícilmente podían evitar decir cosas interesantes. También entiendo que un investigador encuentre allí materiales valiosos, o que un lector quiera seguir devaneos de una colaboración. Mi dificultad empieza cuando esas razones sirven para justificar cualquier cosa.
Con la envidia ocurre algo parecido. No podemos saber qué sentimiento produjo cada frase. Podemos registrar el efecto de una acumulación: llega un momento en que tantos méritos ajenos rebajados hacen pensar en la incomodidad que provoca el reconocimiento de los demás. El ingenio vuelve a esa incomodidad presentable. Una frase bien construida consigue que nos detengamos a admirar su forma y dejemos para después lo que dice.
También puede interesarle el libro a quien busca alivio. Descubrir que un escritor fue capaz de tales mezquindades reduce la distancia, permite quererlo con menos reverencia o dejar de quererlo sin sentir que se cometió una herejía. Pero me pregunto cuánto tiempo hace falta para hacer ese descubrimiento y por qué habría de seguir celebrándolo durante más de mil páginas.
A mí me pasa otra cosa. Después de un rato empiezo a pensar en los ausentes. Me dan ganas de leer al escritor del que se burlan, devolverle un poco del espacio que la charla le quitó. Mientras los dos amigos siguen riéndose, busco en mi biblioteca un libro de alguno de esos hombres a quienes esa noche no invitaron a cenar.