COLUMNISTAS
Desafío

Los límites de la tolerancia

Quien no acepta la diferencia no puede debatir, trata de imponer su mirada.

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Javier Milei. Pasea su intolerancia por el mundo, la despliega en Brasil, en España o en donde desembarque. | AFP

La intolerancia proviene de la ausencia de argumentos razonables, dice el psicoanalista italiano Massimo Recalcati. Cuando los argumentos existen es posible el debate, y este enfrentamiento entre razones opuestas puede incluso derivar en conflicto. Pero conflicto no significa violencia, represión ni insulto. El conflicto es parte natural de la vida, es fruto de la diversidad, de los distintos puntos de observación, de las diferentes perspectivas, de los disímiles modelos mentales, y es siempre abordable. Cada ser humano es único, lo son su historia, su psiquis, sus experiencias, sus aspiraciones. No somos clones de un modelo original y único. Quien no acepta la diferencia tampoco puede debatir, trata de imponer su mirada y su pensamiento como los únicos posibles y aceptables y lleva el conflicto al plano de la violencia, ya sea simbólica, verbal o física. Ese es el origen de la intolerancia.

¿Cuánta intolerancia es admisible, más aún cuando esta alcanza niveles de agresividad e irrespetuosidad peligrosos?

Javier Milei pasea su intolerancia por el mundo, la despliega en Brasil, en Estados Unidos, en España o en donde desembarque, además de exhibirla, siempre de manera soez y escatológica (con llamativa preferencia por referencias anales), en la Argentina. Lo que sería desagradable, pero quedaría reducido a su vida personal y a su círculo cercano si él fuera un ciudadano común, se transforma en un problema cuando expele sus groserías intemperantes como representante de todo un país, cuya ciudadanía no avala mayoritariamente, ni mucho menos, sus actitudes ni su gobierno, como lo demuestran de manera creciente no solo las encuestas de opinión, sino también abundantes expresiones en las conversaciones públicas, en la calle, en comercios, en reuniones sociales, en esos lugares que él no suele transitar.

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¿Cuánta intolerancia es admisible, más aún cuando esta alcanza niveles de agresividad e irrespetuosidad peligrosos? En una de las extensas notas al pie de La sociedad abierta y sus enemigos, obra fundamental de la filosofía política, que publicó en 1945, Karl Popper responde a esta inquietud. Popper (1902-1994), pensador esencial e ineludible en lo que respecta a política, filosofía y ciencia, se exilió de su Viena natal cuando comenzó la invasión nazi y desarrolló gran parte de su vida y su obra en Inglaterra, donde fue galardonado como Caballero de la Reina. Pilar del pensamiento liberal (nada que ver con libertarismo), plantea en aquella nota al pie lo que llama Paradoja de la Tolerancia. “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”, escribe Popper. Agrega que hay un nivel de intolerancia que aún la más abierta de las sociedades no debe permitir, y es aquel que no admite ser contrarrestado con argumentos racionales. Si se acepta ese tipo de intolerancia en nombre de la tolerancia, aquella terminará con esta y con la verdadera libertad, que es la que reconoce los límites de la ley, de la norma y de los controles necesarios para que los más fuertes no se fagociten a los más débiles, señala este extraordinario pensador. Y, tras extender sus argumentos, culmina así: “Tenemos por tanto que reclamar, en el nombre de tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia”.

El gran desafío es poner frenos democráticos a la intolerancia y evitar que el o los intolerantes inviertan la paradoja y la descarguen sobre los tolerantes. Cosa posible cuando campea la psicosis, tanto individual como colectiva.

*Escritor y periodista.