Una mujer llamada Wanda
Leo el último libro de Annie Ernaux que se acaba de publicar en España, El taller negro, un cuaderno de trabajo escrito entre los años 1982 y 2015.
En una de las entradas aparece la referencia de la película Wanda, de Barbara Loden. Ernaux habla de un final “aterrador”. Vuelve a verla y dice que no recordaba el rostro de la protagonista: “como si en su lugar estuviera yo”. La primera vez que la vio, evoca, fue en 1994 (escribe esto en 2012) y anota: “Imagen de mí misma en versión nada intelectual: libertad y sumisión”.
Wanda está interpretada por Barbara Loden, quien además es responsable del guion y de la dirección. Una película de culto que, curiosamente, es la primera y única que rodó su directora.
Loden, a partir de una noticia de sucesos que lee en el periódico, comienza a pensar en un posible guion. La crónica habla de una pareja involucrada en el asalto de un banco; el hombre muere en el intento bajo los disparos de la policía y la mujer, que le esperaba en la calle, es detenida tres semanas después cuando la encuentran en un bar. Durante el juicio, la sentencian a veinte años de cárcel, una pena absolutamente arbitraria ya que se le acusa de robo a mano armada sin haber puesto un solo pie en el banco. Cuando el juez le lee la condena, ella da las gracias de manera sincera. Este gesto es el detonador que despierta el interés de Barbara Loden.
En la película, Wanda es una mujer que parece no desear nada. Separada de su marido y de sus hijos, emerge en un paisaje minero en Pensilvania, camina entre montañas de carbón, pasa junto a camiones y tolvas para ir al trabajo de donde es expulsada por su jefe al considerarla una costurera lenta. Wanda deambula por la ciudad, de bar en bar y termina con algún hombre, sin deseo, sin placer, sin saber dónde ir. El último refugio será ese delincuente que, como ella, carece de mañana, con el cual acaba participando en un robo. La peripecia termina mal, ya se sabe, pero en la película, Wanda, ya en el final (aterrador, dice Ernaux), se sienta en un bar, escucha como unos hombres cantan, enciende un cigarrillo, y se pierde sin que pareciera estar allí. Si Wanda ha estado en algún lugar, ha sido en ese en el que el hombre planea el robo; allí su rostro se ilumina vagamente por primera vez: aflora su necesidad de participar en algo, hacer algo con alguien, aunque sea eso.
La escritora francesa Nathalie Léger también quedó atrapada con Wanda. En realidad con Barbara Loden. Un editor le pide una entrada para un diccionario de cine sobre la cineasta pero Léger, ni bien empieza a investigar sobre la vida de Loden, descubre como se confunde con su personaje y, más aún, ella misma se proyecta en ambas, lo cual la impulsa a iniciar una investigación desmesurada que no cumple con su función original didáctica pero se convierte en un libro singular, Sobre Barbara Loden, en el que en poco más de cien páginas plasma una obra que conversa con Loden, con Wanda, con su madre y con todos los que se acerquen a esta obra.
A Loden, con solo una película, rodada en 16 mm y ganadora del premio a la mejor dirección en el festival de Venecia de 1970, se la compara con Cassavetes y es feliz (una manera de decir) la relación. Pero hay otra directora, más cercana, Kelly Reichardt y una película suya, Mastermind –alguna vez hablamos de ella aquí–, en la que un hombre común, aficionado al arte, casado y con hijos, se obsesiona con unos cuadros del museo de la ciudad en la que vive. Planifica un robo de manera torpe como el que se muestra en Wanda y, después de perpetrarlo, el tipo no sabe qué hacer con las pinturas. No parece tener otro deseo que el de poseerlos aunque deba ocultarlos, incluso a su mujer. Aquí también todo sale muy mal. Pero se me ocurre que este ladrón que tiene esa única pulsión (al menos tiene una) es el compañero que no encontró Wanda para asaltar, por una vez, la vida.
* Escritor y periodista.
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