Verónica Franco
En la pinacoteca del Museo del Prado hay un cuadro de 1570, Dama que descubre su seno, en la que vemos efectivamente a una mujer bajándose el vestido para mostrar las tetas. Su cara no sugiere provocación, mira hacia un costado, ajena. No hay acuerdo en la autoría ni en la modelo. Algunos dicen que lo pintó Tintoretto y otros que fue su hijo Doménico, mientras que la retratada es, según las versiones más inquietantes, Marietta Robusti, hija Tintoretto, y de acuerdo a las más plausibles, Verónica Franco. La Venecia culta y libertina, llena de teatros, prostíbulos e imprentas en la que nació en 1546 espeja o, como se dice en el mundo del vino, marida con su biografía. Verónica escribía, tocaba varios instrumentos, bailaba, cantaba y organizaba tertulias con músicos, pintores y nobles en su casa de Santa María Formosa, al tiempo que se acostaba con algunos de ellos por dinero. Su cliente favorito era Enrique de Valois, futuro rey de Francia, al que dedicó dos sonetos.
En 1575, durante la peste negra, publicó, primero, el poemario Terze rime y luego un arsenal de cartas compiladas en Lettere familiari a diversi. Sus temas iban de los amantes a los hijos, de los duelos a la vindicación de las mujeres, incluyendo, por supuesto, a las que tenían el oficio que ella estaba abandonando: “Cuanto las meretrices tenemos de bueno, cuanto de grandioso y de gentil”. El tráfico de información entre políticos y nobles que había llevado a cabo durante sus años de cortesana motivó las denuncias por brujería que la pusieron frente a un tribunal de la Inquisición, en 1577. Pero su elocuencia para dejar ver que los secretos que conocía podían destapar muchas ollas, le salvó el pellejo. Terminó su vida con el gesto admirable de armar un refugio para madres adolescentes. 435 años después de su muerte puede jactarse, al igual que los cuadros de Tintoretto, de tributar a la supervivencia del espíritu que en el Renacimiento supo tener la ciudad que la moldeó. En 2013, la poeta Francesca Favaro lo dijo mejor: “Verónica no era otra cosa que una encarnación del mismo encantamiento de Venecia: como un parpadeo en el agua, una ola de la laguna, brillante y ligera, libre, esquiva”.
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