PUNTO DE VISTA

Democracia simulada

Una reflexión sobre la distancia entre las instituciones democráticas y su funcionamiento real, con críticas a la división de poderes, la ética pública, la desigualdad y la forma en que la política puede vaciar de contenido las reglas que sostienen una democracia.

. Foto: CEDOC PERFIL

Es apasionante el debate sobre el significado del término democracia y más aún sobre su real, fiel y estricto cumplimiento en términos de gestión. Analizar y comprobar cuánto de esa forma de gobierno se traduce en un beneficio efectivo para sus gobernados. Y más apasionante aún sería que esto formara parte del debate público, estuviera como prioritario en la agenda de los funcionarios y fuera motivo de sana inspiración para la militancia y formación política de los jóvenes.

Cuando esto no ocurre, cuando sus instituciones no se van ajustando a las necesidades sociales y a los cambios de época, o el partido de gobierno hace uso patrimonial del Estado en beneficio propio y sectorial o aparecen otros vicios y defectos que alteran la escala de valores violando los dictámenes de la ética pública, hablamos de democracias débiles o tercermundistas.

Es común encontrar estados con un diseño institucional moderno que funciona con la puntualidad de un buen reloj, división de poderes, elecciones periódicas de autoridades por voto popular, no hay denuncias de fraude en el escrutinio, alternancia en la función, diseños modernos de comunicación de gestión como los famosos portales de “rendición de cuentas”, “gobierno abierto” o “transparencia activa”, herramientas muy utilizadas últimamente pero que muchas veces terminan siendo “puro teatro”: muestran el éxito en algunas cuestiones, pero ocultan muchas, y de las malas.

Es decir que, debajo de una escenografía institucional impecable, encontramos fisuras, vicios, defectos que la descalifican. En estos casos se usan frases como “Democracia de baja calidad”, “Democracia de poca intensidad”.

El presidente Lula da Silva, en su interesante discurso en la Asamblea General de la ONU, al referirse al estado actual del sistema político global señaló frases de alto impacto e interés político. “Somos llamados a optar entre multilateralismo o unilateralismo; democracia o extremismo; soberanía o subordinación”.

Muy superadora de cualquier opinión y marcando una clara diferencia con el resto de los oradores, las intervenciones del presidente de Brasil, deslucen cualquier discurso prolijo, acartonado, poco escuchado y poco creíble, que no solo marca diferencias con la mayoría, sino que invita a estudiar y analizar esta clara dicotomía sobre el sistema actual. Sin pretender alcanzar semejante densidad analítica de Lula, jamás me atrevería, vuelvo a un análisis más modesto y elemental, remitiéndome a lo que nos toca en gracia a nosotros, y aquí, en nuestro propio escenario político me permito hablar de “Democracia Simulada”.

Detrás de la escenografía

Veamos: detrás de una escenografía institucional impecable, comienzan a aparecer los vicios que burlan su espíritu y desvirtúan su esencia. Sabemos que la indispensable división de poderes en gran parte está sólo diseñada para el estudio del derecho constitucional y dejar tranquila a la sociedad, pero es peligrosamente inexistente en la práctica: El poder ejecutivo maneja el congreso cuando tiene holgada mayoría o se toma atajos con los DNU, o lo entretiene con proyectos enviados por el PEN.

Ni que hablar del poder judicial, el que debe actuar como garante de nuestros derechos y garantías, en algunos casos escandalosamente colonizado por la política, dilatando sanciones y dándole cómoda impunidad al poder político y a las corporaciones, nunca ninguno de esos exponentes en prisión salvo algunas excepciones, y para mantener cierta fachada de ecuanimidad actúa, por lo general, sobre delitos comunes (contra la propiedad o integridad física de las personas) descargando casi siempre el peso de la ley sobre los sectores vulnerables.

Me gusta citar en estos casos a ese gran penalista y criminólogo Elías Neuman que, en el epígrafe de su libro, “Los que viven del delito y los otros”, cita un texto celebre, encontrado en una cárcel española que reza; “Aquí yace un ladrón vergonzante, que no robo la bastante para probar su inocencia”.

Ninguna frase me causa tanta certeza cuando pretendo señalar la hipocresía y la selectividad del sistema penal que se da en términos generales en las democracias más débiles.

La ritualización de la democracia

Digo Democracia Simulada, precisamente porque en los papeles el engranaje institucional es casi perfecto, sin embargo, detrás de esa escenografía impecable, la experiencia ciudadana cotidiana cuenta una historia radicalmente distinta.

Vivimos bajo una arquitectura formalmente correcta que cobija una realidad social profundamente fracturada. Hablar hoy de democracia simulada va un paso más allá, la simulación no es ausencia de democracia, sino su ritualización vacía: el cumplimiento estricto de la forma despojada de su sustancia.

Se simula equidad electoral cuando las campañas se convierten en competencias desiguales con presupuestos escandalosos utilizando los recursos y la estructura del Estado en beneficio del partido de gobierno distorsionando la voluntad popular: se simula representación cuando el mandato constitucional de gobernar para el bienestar general se degrada en una gestión de privilegios.

Una democracia auténtica no se agota en la cita de las urnas cada dos o cuatro años, su verdadera fortaleza se mide en la capacidad del Estado para definir prioridades y gestionar en función de ellas, proteger a los más necesitados o vulnerables, sin descuidar la impronta que debe darse a un país en desarrollo.

Una democracia verdadera busca incansablemente reducir la desigualdad, ofrece herramientas para achicar la brecha entre los que más tienen y el resto, no regala nada, pero ofrece oportunidades al alcance de todos y el discurso del gobierno va acompañado de la acción con un norte claro rescatando la ética pública y los valores colocándolos en el vértice de toda gestión.

Lamentablemente, en nuestro país desde hace décadas ocurre todo lo contrario. Simulamos tener una democracia real, pero todos sabemos que no lo es. Nos ganó la apatía, la indiferencia y el conformismo, y aquí estamos, atrapados en un círculo vicioso entre una dirigencia que simula y una sociedad que, con pasiva resignación, prefiere no verlo.

Diputada Nacional (MC)