ENTREVISTA

Facundo Cruz: “Quienes relativizan la dictadura son una porción minoritaria de la sociedad”

A 50 años del golpe de Estado, el estudio “Miradas retrospectivas sobre la dictadura argentina” elaborado por Pulsar.UBA junto al CELS aporta una radiografía actual de la memoria social en el país. Facundo Cruz analiza los principales hallazgos del trabajo.

ARGENTINA ARCHIVO GOLPE MILITAR DOCUMENTOS DESCLASIFICACIÓN . Foto: AFP

A 50 años del golpe de Estado de 1976, el estudio “Miradas retrospectivas sobre la dictadura argentina” elaborado por el observatorio Pulsar.UBA en conjunto con el CELS vuelve a poner en discusión cómo la sociedad argentina interpreta su pasado reciente y qué tan consolidado está el consenso democrático. El relevamiento, que combina análisis cuantitativo y cualitativo a nivel nacional, aporta datos que permiten dimensionar el peso real de las distintas miradas sobre el terrorismo de Estado y su vigencia en la opinión pública.

En ese marco, el politólogo, consultor y coordinador general de Pulsar, Facundo Cruz, analizó para Perfil Córdoba los principales hallazgos del estudio y advierte sobre una brecha entre la percepción pública y los datos concretos. Según explica, las posiciones que relativizan la dictadura son minoritarias, mientras que predomina una memoria activa y un fuerte respaldo a la democracia, aunque con tensiones en torno a la participación ciudadana y la forma en que se proyecta el futuro institucional del país.

—¿Cuáles fueron los aspectos que más le llamaran la atención del estudio?
—Creo que es una cuestión colectiva, pero hay dos cosas centrales. La primera es que, en términos generales, en la opinión pública argentina quienes relativizan lo sucedido durante la última dictadura tienden a ser una porción más bien minoritaria de la sociedad. Cuando uno contrasta eso con las discusiones que se dan en redes sociales o con ciertos intentos de instalar una mirada más amplia sobre ese período, tiende a sobredimensionar el impacto o el apoyo que pueden tener esas posiciones. Sin embargo, los datos muestran que ese respaldo es bastante limitado. Analizando elk estudio en conjunto, en torno a un tercio adhiere a la idea de los “excesos”, una porción ínfima —cerca del 10%— considera que lo ocurrido fue algo positivo, menos de un tercio reconoce conocer poco o nada sobre el período, y la proporción que relativiza fuertemente lo sucedido es minoritaria, incluso en comparación con países como Chile o España. El segundo dato que nos sorprendió tiene que ver con la percepción sobre el futuro. Cuando preguntamos qué pasaría si mañana hubiese un golpe de Estado, el consenso es abrumador: ocho de cada diez personas consideran que es poco o nada probable que eso ocurra. Y cuando profundizamos en los grupos cualitativos sobre por qué creen eso, la respuesta general fue que la sociedad argentina ya tiene un “anticuerpo” para que algo así no vuelva a suceder.

—El Gobierno siempre buscó instalar una mirada distinta. ¿Eso encuentra eco en su base de apoyo o va un poco más allá?
—Puede encontrar eco en una parte, pero no en el núcleo más amplio de quienes apoyan al Gobierno. Y eso se ve claramente cuando uno construye perfiles a partir de las respuestas. Nosotros agrupamos a la sociedad en dos polos: por un lado, lo que llamamos “memoria activa” y, por el otro, los “relativistas fuertes”. El grupo de memoria activa es el núcleo más sólido: consideran que hubo un plan sistemático de desaparición, rechazan cualquier relativización, apoyan los juicios y sostienen una posición muy clara sobre lo ocurrido. En el otro extremo están los relativistas fuertes, que tienden a justificar más el accionar militar o a interpretarlo como una lucha con excesos. Cuando se analizan los datos, aproximadamente el 47% se ubica en el polo de memoria activa y cerca del 12% en el de relativistas fuertes. Es decir, hay una diferencia muy marcada entre ambos extremos. El resto se distribuye en posiciones intermedias, más matizadas, pero los polos están claramente definidos.

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—¿Cómo se compara esto con otros países?
—Ahí aparece una diferencia interesante. En países como Chile o España, los relativistas fuertes hoy son entre el doble y el triple que en Argentina. Es decir, el consenso sobre la condena a la dictadura está mucho más consolidado en la Argentina que en esos países.

—¿A qué lo atribuyen? ¿Cómo se construyó ese consenso?
—Uno de los factores más importantes es cómo se transmite la información sobre este período. Lo que encontramos es que la educación y la familia son las principales vías de socialización sobre la dictadura. La escuela, tanto primaria como secundaria, junto con el entorno familiar, son los espacios donde la mayoría aprendió lo que ocurrió. Eso ayuda a explicar por qué ese consenso se mantiene en el tiempo, incluso entre generaciones que no vivieron directamente la dictadura.

—Ese dato se relaciona con el alto apoyo a los juicios, ¿no?
—Exactamente. El hecho de que alrededor del 70% esté de acuerdo con que el Estado continúe juzgando a los responsables muestra que la demanda de justicia sigue muy vigente, incluso después de tantos años y de la cantidad de procesos que ya se realizaron.

—La democracia es una realidad que no se negocia, con una consolidación marcada.
—Sí, cuando analizamos otras preguntas del estudio, vemos que más del 80% de los encuestados prefiere la democracia frente a cualquier otra forma de gobierno. Menos del 10% aceptaría un régimen autoritario en ciertas circunstancias y otro porcentaje similar se muestra indiferente. Eso te da un núcleo muy fuerte de “demócratas puros”, que es más alto que en muchos otros países de la región. En lugares donde hay problemas graves de inseguridad o crisis institucionales, ese apoyo a la democracia empieza a erosionarse. En Argentina, en cambio, sigue siendo muy sólido.

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—Sin embargo, en los grupos cualitativos aparece la idea de que “la gente no dejaría que pase”, aunque después no haya tanta participación…
—Exacto. Ahí aparece una tensión interesante. Hay un consenso muy fuerte en que la sociedad no permitiría un nuevo golpe, que habría movilización y rechazo. Pero al mismo tiempo, muchas personas reconocen que en su vida cotidiana no participan activamente en política ni en movilizaciones. Es decir, existe la idea de que “alguien” reaccionaría, que la sociedad en su conjunto actuaría, pero no necesariamente una disposición individual concreta a hacerlo.

—¿Detectaron diferencias entre regiones o perfiles?
—Hay algunas diferencias, pero no son estructurales. Por ejemplo, la idea de que no hubo motivos para el golpe es más fuerte en áreas metropolitanas, y también hay una mayor adhesión a la idea de un plan sistemático en esos sectores. Además, las mujeres están unos 12 puntos por encima de los hombres en la adhesión a esa interpretación. Pero en términos generales, el rechazo a la dictadura y el apoyo a la democracia son bastante homogéneos en todo el país.

—Impacta también que la palabra “desaparecidos” aparezca como central en la memoria social…
—Sí, eso sintetiza mucho de lo que estamos viendo. La figura de los desaparecidos está en el centro de la memoria colectiva y ordena la forma en que la sociedad interpreta ese período.