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A 50 AÑOS DEL ÚLTIMO GOLPE CÍVICO-MILITAR

“La memoria siempre ha sido, y seguirá siendo, un territorio de disputa”

El consenso sobre el terrorismo de Estado enfrenta nuevos desafíos ante el avance de discursos negacionistas. Las historiadoras Marta Philp y Laura Ortiz advierten sobre los riesgos de la narrativa de "memoria completa" y reivindican la evidencia forense y documental como herramientas vitales para defender la democracia hoy.

vigilia informe conadep en cordoba
HISTORIA REVELADA. Agrupaciones de Derechos Humanos y ciudadanos autoconvocados en vigilia en la ex-Casa de Gobierno cuando el gobernador Angeloz recibía el informe de Conadep. La imagen forma parte de la muestra del Archivo Histórico de la Provincia. | Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba

El 50 aniversario del último golpe militar en nuestro país se da en un contexto particular. Aquellas discusiones que ya se consideraban saldadas vuelven a estar en el debate público. Sea un sector minoritario o no, los discursos negacionistas sobre el terrorismo de Estado comienzan a sonar cada vez más. Pero la historia, como las sociedades, es una materia viva que se resignifica con el paso del tiempo.

¿Cómo pensar —o repensar— aquellos años desde el contexto actual? Perfil Córdoba dialogó con dos historiadoras de la Universidad Nacional de Córdoba, Marta Philp y Laura Ortiz sobre el significado de la fecha y su alcance en el presente. Frente a las narrativas que buscan reescribir la historia, las investigadoras rescatan el valor irrefutable de la evidencia documental y forense.

Las condiciones históricas que propician un golpe

Philp explica que ese quiebre institucional buscó regular, mediante la violencia, un orden social que los sectores dominantes consideraban amenazado por la creciente participación política de la sociedad.

“Hay razones históricas detrás de estas intervenciones: la necesidad de los sectores dominantes de regular y definir el orden social, político, económico, ideológico, lo que en el presente se llama ‘batalla cultural’”, asegura.
La historiadora explica que “la dictadura de 1976 fue el último de los golpes de Estado que tuvieron lugar en nuestro país. Si bien las circunstancias históricas son distintas, cada una de esas intervenciones se propuso regular, a través de la violencia, el orden social, que consideraban subvertido a partir de la participación de otros sectores sociales en la vida política”.

—¿Cómo analizás la situación de la democracia en estos años?

—Si tuviéramos que hacer un balance, podemos decir que las lecturas son distintas para cada generación. Quienes fuimos jóvenes durante la dictadura, valoramos la democracia y la diferenciamos de los gobiernos de facto. Respecto a quienes nacieron y crecieron en democracia, el desafío es poder conocer y valorar esas diferencias en un contexto donde los gobiernos actuales impulsan políticas de la memoria y el olvido que buscan borrar esas fronteras. A modo de ejemplo, podemos decir que devolver las identidades a los jóvenes asesinados en La Perla no hubiera sido posible si no viviéramos en democracia… Una democracia con grandes desigualdades económicas y sociales.

La memoria en clave actual

Por su parte, Laura Ortiz advierte que el actual discurso de "memoria completa" promovido por el Gobierno busca reproducir la antigua versión militar y desviar la atención del estricto pacto de silencio de los perpetradores.


—¿Cómo analizas que actualmente lo que se consideró un consenso ya no lo sea? ¿Por qué se discute ahora?

—Para los estudiosos de la historia reciente, hay un consenso que sostiene que la memoria siempre ha sido —y seguirá siendo— un territorio de disputa, de debate. En todas las sociedades hubo grupos que pensaron diferente, a favor y en contra de procesos represivos. Incluso los nazis, que cometieron uno de los genocidios más grandes de la historia, tuvieron gente que los defendió y estableció los cánones del negacionismo a nivel mundial. La discusión sobre qué recordar y cómo recordar siempre estuvo en nuestras sociedades. También es cierto que en nuestro país, las voces reivindicatorias de la dictadura en los últimos 20 años fueron más marginales, gracias a que el Estado desde 2004 en adelante implementó una serie de políticas de memoria que establecieron algunos puntos indiscutibles, como el Nunca Más y la defensa de la democracia. El convertir centros clandestinos de detención en sitios de memoria, fue una de esas políticas. El establecer el 24 de marzo como fecha conmemorativa, incluso llevando esos contenidos al calendario de fechas importantes en las escuelas, también lo fue. Pero insisto, el hecho de que estas hayan sido políticas estatales, no quiere decir que se hayan convertido en un discurso único, porque los reivindicadores de los militares siguieron existiendo. No es casualidad que cuando termina el gobierno kirchnerista, todas esas políticas públicas fueron desmanteladas y ahora la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación participa de actividades de lo que se ha dado en llamar “memoria completa”.

—¿Hacia dónde se construye el discurso y a qué favorece?

—Desde hace un tiempo la subjetividad a nivel mundial está siendo hegemonizada por el pensamiento de derecha, individualista al extremo, donde el odio hacia el diferente prima por sobre todo y la violencia se expresa con mayor intensidad. En nuestro país eso se representa en el discurso del Gobierno, que en relación a la última dictadura propone esto de la “memoria completa”. Dicho así pareciera que quieren completar lo que las políticas de memoria del kirchnerismo olvidó decir, pero en realidad es borrar lo que estaba antes y poner algo que pareciera ser nuevo: decir que los grupos armados que operaron en el país en los años 1960 y 1970 mataron a militares. Eso lo viene diciendo el Círculo Militar en sus publicaciones desde 1976, así que no es ninguna novedad. La política de memoria del Gobierno actual tampoco es completa, es reproducir la versión militar de la dictadura. Pero además, por ser la memoria un territorio de disputa, la idea de memoria completa constituye un oxímoron. Y también es cierto que lo que falta de saber sobre la dictadura no depende de quienes la padecieron, sino del pacto de silencio que acordaron sus perpetradores. De hecho, el hallazgo de restos humanos en el ex-Centro de Detención La Perla es una demostración de que lo que falta saber sobre la dictadura, es lo que se callaron los militares, pero que la historia está acá como una herramienta para conocer y reparar los dolores que esta sociedad padeció hace 50 años y sigue padeciendo hoy.

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—¿Por qué las nuevas generaciones parecieran estar más desinteresadas o contrariadas con el tema?

—Hablar de procesos de hace 50 años a jóvenes de 20, implica explicar procesos que son anteriores a la vida de sus padres, o sea que involucró a sus abuelos. Si hablamos en términos de generaciones, es bastante lejano. Pero además, para esta realidad donde lo que importa es el yo individual, donde hasta los algoritmos nos identifican a partir de esa subjetividad, es difícil comprender que hubo una generación que buscó la transformación colectiva, si entendemos que esa fue la disputa de los años 70 que terminó con la dictadura. Lo importante es que haya información que pueda circular hacia esas jóvenes generaciones acerca de lo que sucedió. Luego, cada quien se posicionará en el territorio de disputa de la memoria desde un lugar, pero para hacerlo hay que tener datos sobre lo sucedido, evidencias, no versiones. Los restos de La Perla son eso, evidencias. No es casualidad que la mitad de esos 12 desaparecidos-reaparecidos eran obreros: ahí hay un dato sobre cómo la dictadura vino a desindustrializar nuestro país, por ejemplo. Y en paralelo, nuestros jóvenes que se están insertando al mercado de trabajo de manera dificultosa, porque la economía en nuestro país cada vez ofrece menos trabajo y menor calidad de vida, pensar en lo que pasó hace 50 años puede ayudar a pensar nuestro presente.