PUNTO DE VISTA

Lula, el hijo del Brasil: de la pobreza extrema a la conquista del poder

Detrás del cuarto mandato del presidente brasileño hay una historia que desmiente cualquier determinismo: la de una madre analfabeta que se negó a aceptar el destino que la pobreza tenía «escrito» para sus hijos.

Lula Da Silva, presidente de Brasil Foto: Captura

Hace más de diez años leí una de las biografías más extraordinarias que recuerdo: Lula, el hijo del Brasil, de Denise Paraná, periodista y doctora por la Universidad de San Pablo, publicada en la Argentina por El Ateneo. Vuelvo a ella ahora que Luiz Inácio Lula da Silva acaba de ganar por cuarta vez la presidencia de Brasil. Lo hizo remontando una primera vuelta adversa, algo que nadie había logrado desde la recuperación del voto directo en 1989, y en vísperas de cumplir 81 años.

Vale la pena detenerse en esa vida y en la mujer que la hizo posible. El libro de Paraná indaga cómo algunos individuos logran transformar las condiciones en las que nacieron. Lula es su protagonista, pero no el único. A su lado, y muchas veces por delante, está su madre, Eurídice Ferreira de Melo, doña Lindu.

Desde la primera página, la autora se dirige a esa mujer que no llegó a conocer y la llama "analfabeta sabia", dueña de un "posdoctorado en adversidad". Esa definición me devuelve siempre a mi abuela Mayito. Ella nunca pisó una escuela primaria y, sin embargo, me enseñó lo que no aprendí en ninguna universidad: que, aun en medio de una pobreza en la que todo parece perdido, nada lo está del todo.

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Lula nació el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, en el interior de Pernambuco, en la pobreza extrema. Su padre, Aristides Inácio da Silva, lo abandonó y partió hacia San Pablo poco después. Fue Lindu quien, sola, sacó adelante a la familia.

Cuando Lula tenía siete años, ella tomó la decisión que cambiaría el destino de todos: ir a buscar a su marido. "Mi madre vendió el reloj, el burro, los santos, las fotografías familiares, vendió todo (…) para dejar el Nordeste", recuerda Lula. Subió a sus hijos a un pau-de-arara, el camión en el que viajaban precaria e ilegalmente los migrantes nordestinos, y soportó trece días de ruta hasta Guarujá. Allí la esperaba una noticia devastadora: Aristides había formado otra familia con una prima de ella. Durante cuatro años intentó convivir con esa realidad, junto a un marido cada vez más violento. Hasta que hizo lo que pocas mujeres de su tiempo y su condición se atrevían a hacer: irse con sus hijos, sin nada.

Lula nunca dejó de reconocerlo: "Yo no dejo de darle gracias a Dios por el coraje de mi madre (…). Mi madre logró, en un momento de miseria muy grande, criar a cinco hijos que se transformaron en hombres pobres, pero honrados, y a tres mujeres que no tuvieron que prostituirse. Creo que eso es fantástico".

El gran anhelo de doña Lindu era que su hijo estudiara. Lula fue a la escuela y se formó como tornero mecánico. Para aquella familia nordestina, el oficio fue motivo de enorme orgullo: la primera prueba de que el destino podía torcerse.

Lo que vino después es conocido: el metalúrgico, el dirigente sindical, el fundador de un partido, el candidato que perdió tres elecciones presidenciales antes de ganar la primera. Menos sabido es que doña Lindu murió en mayo de 1980, mientras su hijo estaba preso por encabezar las huelgas del ABC paulista contra la dictadura. Lula llegó al entierro escoltado por la policía. Ella no alcanzó a verlo presidente, pero ya le había legado lo esencial: la fortaleza para imponerse a la adversidad.

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Él mismo lo reconoció: "Si existieron dos personas absolutamente fundamentales para que yo pudiera convertirme en el metalúrgico, el dirigente sindical y el presidente de la República que fui, esas dos personas fueron doña Lindu, mi madre, y Marisa, madre de mis hijos. Dos mujeres de lucha que tenían en común la garra y la fortaleza".

Esa trayectoria refuta con elocuencia el historicismo que tan bien criticó Karl Popper: la pretensión de que el curso de la historia, y de cada vida, obedece a leyes que permiten anticiparlo. Nada estaba escrito de antemano por la clase, la geografía ni el origen. Las personas, con su tenacidad y con quienes las sostienen, forjan su propio destino.

Por eso, "el hijo del Brasil" es algo más que un título. Lula es hijo de la movilidad social ascendente y de la tenacidad para vencer la pobreza. Pero, antes que nada, es hijo de doña Lindu. Su grandeza no reside solo en haber sido elegido cuatro veces presidente del gigante vecino, sino en lo que su historia revela: detrás de cada destino torcido hay alguien que se negó a aceptarlo. Y cuando una madre sueña, ningún camino es demasiado largo ni ningún obstáculo demasiado grande.