Aceptar la realidad es el primer paso para transformarla
Aceptar lo que nos sucede no significa resignarse, sino reconocer la realidad como el punto de partida para transformarla. La resiliencia consiste en aprender a atravesar los golpes sin dejar que la vida apague nuestra música.
Hay quienes creemos que todo lo que sucede tiene un propósito y que, aunque muchas veces no logremos comprenderlo en el momento. Con el tiempo descubrimos que, de alguna manera, todo termina siendo para bien.
Pero aun quienes no comparten esa creencia suelen coincidir en algo: incluso en las circunstancias más difíciles siempre existe un mejor camino para seguir adelante. Siempre hay una decisión más sabia, una forma más valiente de responder.
El problema es que ese camino solo aparece cuando dejamos de pelear contra la realidad.
Mientras gastamos nuestras fuerzas preguntándonos ”¿Por qué me pasó esto?” o insistiendo en que “esto no debería estar ocurriendo”, perdemos justamente lo que más necesitamos: claridad para pensar, serenidad para decidir y energía para actuar.
Aceptar la realidad no significa aprobarla. No significa resignarse. Mucho menos bajar los brazos.
Lo más valioso que mi padre me dejó no fue dinero
Significa reconocer que ese es el punto de partida.
Hay quienes confunden la aceptación con la pasividad. Yo creo exactamente lo contrario. Aceptar la realidad es el primer paso para transformarla.
Pensemos en la ley de gravedad. Podemos protestar contra ella, decir que es injusta o desear que no exista. Nada de eso hará que desaparezca. La única decisión inteligente es comprenderla y aprender a vivir con ella.
Con la vida ocurre exactamente lo mismo.
Hay días en los que todo parece salir bien. Y hay otros en los que la vida golpea sin pedir permiso. Pero luchar contra aquello que ya ocurrió solo consigue agotarnos. Y cuando desperdiciamos nuestra energía peleando contra lo inevitable, llegamos sin fuerzas al único lugar donde realmente podemos hacer la diferencia: el próximo paso.
Una antigua historia jasídica ilustra esta idea de una manera inolvidable.
Era una noche de un frío insoportable.
Después de caminar durante horas por caminos nevados, dos hermanos encontraron una pequeña posada. Desde afuera parecía tranquila. Una luz tenue escapaba por las ventanas y una vieja estufa prometía el calor que tanto necesitaban.
Entraron en silencio y se acomodaron junto al fuego, convencidos de que podrían descansar unos minutos antes de continuar el viaje.
Pero estaban equivocados. De pronto, la puerta se abrió de golpe.
Un grupo de rusos irrumpió en la posada entre carcajadas, canciones y botellas en la mano. Venían de una celebración y el alcohol había convertido la alegría en brutalidad.
Al descubrir a los dos desconocidos, decidieron convertirlos en el entretenimiento de la noche. Sin mediar palabra, los rusos levantaron a uno de los hermanos, Rabí Zusha, y lo empujaron al centro del salón.
—¡Que baile! —gritó uno de ellos.
La música comenzó a sonar. Los hombres formaron un círculo a su alrededor. Reían, aplaudían y lo obligaban a bailar mientras ellos festejaban.
Pero cuando la canción terminaba, la diversión cambiaba de forma. Uno tras otro se acercaban para darle un golpe.
Después volvía a sonar la música. Y lo obligaban otra vez a bailar.
Terminaba la canción.
Llegaban nuevamente los golpes.
Baile… Golpes. Baile… Golpes.
La escena se repitió una y otra vez.
Hasta que, ya entrada la madrugada, los rusos salieron unos minutos a buscar más bebida.
Rabí Elimélej corrió hacia su hermano.
—No puedo seguir viendo esto. Cambiemos de lugar Si ellos vienen otra vez, seguramente tomarán al que esté en tu lugar para seguir jugando contigo. Si nos cambiamos esta vez me llevarán a mí.
Zusha aceptó.
Intercambiaron sus lugares. Ahora Elimélej quedó sentado junto a la estufa y Zusha ocupó el rincón opuesto.
Escucharon nuevamente las voces acercándose. La puerta se abrió de golpe. Los dos hermanos contuvieron la respiración.
Parecía que el plan iba a funcionar.
Uno de los rusos señaló al hermano que estaba más cerca.
—¡Agarren a ese!
Pero antes de que alguien se moviera, otro lo detuvo.
—¡No! ¡A ese no! ¡Pobre hombre… ya recibió bastante! Mejor traigan al otro hermano.
En un instante levantaron a Rabí Zusha nuevamente.
La música volvió a sonar.
Lo obligaron a bailar.
Y, cuando terminó la canción, comenzaron otra vez los golpes.
Solo al amanecer, cuando el grupo finalmente se dispersó, los dos hermanos pudieron abandonar la posada.
Caminaron largo rato en silencio.
Finalmente, Rabí Elimélej rompió el silencio.
—Hermano… ¿cómo haces para no quebrarte?
Rabí Zusha siguió caminando. No respondió enseguida. Miró el camino cubierto de nieve, respiró hondo y sonrió.
Después dijo:
—La vida no siempre nos deja elegir. A veces nos toca estar sobre la mesa y otras veces junto al fuego. Hay días en los que recibimos abrazos y hay días en los que recibimos golpes.
Hizo una pausa.
—Pero descubrí algo que nadie puede quitarme.
Su hermano lo miró en silencio.
—Le toque a quien le toque… lo importante es nunca dejar de bailar.
Quizás esa sea una de las lecciones más difíciles de aprender. No podemos controlar todo lo que nos sucede. No podemos evitar cada golpe. No podemos reescribir el pasado ni cambiar una realidad solo porque nos disgusta.
Pero sí podemos decidir qué hacer con ella.
Podemos gastar nuestra energía preguntándonos por qué ocurrió, o usar esa misma energía para dar el siguiente paso.
Porque, al final, la resiliencia no consiste en vivir una vida sin golpes.
Consiste en que los golpes nunca consigan apagar nuestra música.
Y mientras la música siga sonando dentro de nosotros, siempre habrá una razón para seguir bailando.
Buen fin de semana.
Rafael Jashes - Rabino Valle Escondido
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