Cuentan que en un pequeño pueblo vivía un hombre muy humilde. Su casa era sencilla, su mesa nunca estaba llena y muchas veces no sabía cómo iba a llegar a fin de mes. Sin embargo, tenía una riqueza que pocos poseían: siempre había lugar para un invitado más.
Cuando alguien estaba solo, lo invitaba a compartir una comida. Cuando un vecino necesitaba ayuda, allí estaba él. Cuando alguien tenía un problema, encontraba en su casa una taza de té, un oído dispuesto a escuchar y una palabra de aliento.
A veces me pregunto qué significa realmente ser rico
Los años pasaron y, contra todo pronóstico, su situación cambió. Un negocio prosperó, luego otro, y aquel hombre pobre se convirtió en uno de los más ricos de la región. Su casa creció, sus tierras se multiplicaron y su nombre comenzó a ser conocido. Pero algo más también cambió.
Ya no tenía tiempo para escuchar. Las puertas que antes estaban abiertas comenzaron a cerrarse. Las personas dejaron de ser importantes y los números ocuparon su lugar. Sin darse cuenta, había pasado de mirar a los demás a mirarse solamente a sí mismo.
Un día, un anciano sabio que lo había conocido en su juventud fue a visitarlo.
“Quiero mostrarte algo”, le dijo.
Lo llevó hasta una gran ventana que daba a la calle.
“¿Qué ves?”
El hombre respondió:
“Veo niños jugando, vecinos caminando, personas ayudándose unas a otras. Veo la vida”.
Esto no te pasó a vos, nos pasó a los dos
Entonces el anciano lo condujo hacia un enorme espejo de plata que adornaba el salón principal.
“¿Y ahora qué ves?”
“Me veo a mí mismo”.
El anciano guardó silencio unos segundos y luego le dijo:
“La ventana y el espejo están hechos exactamente del mismo material: vidrio. La única diferencia es una fina capa de plata. Cuando el vidrio está limpio, puedes ver a los demás. Cuando se cubre de plata, solo te ves a ti mismo”. El hombre bajó la mirada. Había entendido el mensaje.
Muchas veces creemos que la riqueza, el éxito o el reconocimiento cambian nuestra vida para mejor. Y pueden hacerlo. Pero también pueden convertirse en una capa que nos impide ver a quienes nos rodean.
La verdadera grandeza no se mide por lo que uno acumula, sino por la capacidad de seguir viendo al otro cuando ya no necesita nada de él.
Porque la felicidad no nace de tener más, sino de agradecer más.
Porque el éxito no consiste en llegar a la cima solo, sino en seguir tendiendo la mano a quienes vienen detrás. Y porque una persona vale mucho más por las puertas que abre que por las puertas que puede cerrar.
Quizás el desafío más difícil de la vida no sea pasar de la pobreza a la riqueza, sino lograr que, cuando lleguemos a tener más, nuestro corazón siga siendo tan grande como cuando teníamos menos. Que nunca permitamos que la plata cubra nuestro vidrio. Que sigamos siendo ventana antes que espejo.
Rafa
(*) Rafael Jashes - Rabino