ÉRASE UNA VEZ...

Por qué escucharte a vos mismo es la clave para encontrar sentido

En una época dominada por influencers, gurúes y consejos externos, una historia real propone una respuesta incómoda: aprender a escucharse. La introspección, el silencio y la pregunta interna aparecen como herramientas más poderosas que cualquier voz ajena.

Aprender a escucharse Foto: Nano Banana

El artículo de hoy contiene una historia que, a simple vista, quizás no resulte sorprendente. Sin embargo, encierra una respuesta profunda para nuestra generación: una generación que busca casi todas las respuestas afuera.

Son los influencers, gurúes o terapeutas aquellas voces que prometen resolver lo que muchas veces no podemos —o no queremos— enfrentar solos. Blaise Pascal lo expresó con una lucidez inquietante: “Todos los problemas de la humanidad proceden de la incapacidad del ser humano de sentarse en silencio, solo, en una habitación”.

Escuchamos a todos. Opiniones, consejos, diagnósticos. Pero nos cuesta —y mucho— empezar a escucharnos a nosotros mismos. Quizás esta historia pueda ofrecernos una respuesta a muchas de las preguntas que hoy nos acompañan.

Rab Tzvi Hirsch Weinreb, hoy vicepresidente ejecutivo de la Orthodox Union, vivía en Baltimore, Maryland. En un momento de su vida atravesó lo que muchos conocemos, aunque a veces no sabemos cómo nombrar: una crisis de mitad de vida. Las preguntas se le acumulaban. Dudas sobre su carrera, sobre qué camino seguir. Preguntas más profundas sobre su vida en general: la educación de sus hijos, su fe, su propósito. Sentía que, por más logros externos que hubiera alcanzado, por dentro todo estaba desordenado.

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Como suele suceder en esos momentos, buscó a alguien externo. Alguien que no lo conociera demasiado y no lo juzgara. Alguien que pudiera escucharlo desde afuera y decirle qué hacer.

Decidió pedir una audiencia con el Rebe de Lubavitch, uno de los líderes más influyentes del judaísmo moderno. Llamó a su secretario, quien le preguntó quién era. Rab Weinreb respondió con sencillez, sin dar su nombre. No quería que supieran quién estaba planteando el problema.

—“Soy un judío de Maryland”

El secretario consultó al Rebe. —¿Quién llama? —“Un judío de Maryland” —¿Y qué necesita? Rab Weinreb explicó que atravesaba una crisis existencial: temas de vida, de carrera, de fe.

Quería una audiencia con el Rebe. El secretario volvió con la respuesta. Y fue completamente inesperada:

—“Dile que no hace falta que venga hasta acá para hablar conmigo. Si es de Maryland, que vaya a hablar con Rab Weinreb y le pida consejo a él”.

Rab Weinreb, que escuchaba del otro lado del teléfono, quedó paralizado. No lo podía creer. El secretario repitió el mensaje, sin saber con quién hablaba. Entonces Rab Weinreb exclamó, casi sin pensar:

—“¡Pero yo soy Weinreb!” El secretario volvió a consultar al Rebe y le aclaró quién era realmente la persona al teléfono.

La respuesta fue una frase que le cambiaría la vida: —“Bueno… a veces la persona tiene que aprender a hablar consigo misma para encontrar las respuestas”.

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Rab Weinreb cuenta que ese fue uno de los mejores consejos que recibió jamás. Desde ese día, comenzó a dedicar tiempo a la introspección. A escucharse de verdad. Cada vez que debía tomar una decisión importante, además de pedir consejo a otros, se regalaba un momento de silencio para preguntarse: ¿Qué dice Weinreb? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Qué quiere? Y ahí aparece la gran pregunta: ¿qué es lo que uno quiere en verdad?

Muchas veces no elegimos lo que deseamos, sino lo que “suena bien”. Estudiamos una carrera porque nos gusta cómo suena el título. Buscamos experiencias solo para poder decir que ya las hicimos.

Como dijo una vez un orador en una charla TED: “No quiero dar la charla, quiero ya haberla dado”.

Y quizás nuestra vida se parece un poco a eso. Tantas voces. Tanto ruido. Que terminamos sin saber qué queremos realmente… o incluso cómo estamos de verdad.

Tal vez la enseñanza sea más simple —y más difícil— de lo que parece: animarnos a quedarnos un rato a solas, en silencio, para escucharnos.

Buen fin de semana. 

(*) Rabino Rafa Jashes