Apuntes en viaje

Gauchos

Cuando era chica, en mi pueblo, alcancé a ver algunos gauchos de esos de antes. Llegaban a caballo, pañuelo al cuello, sombrero o boina según la estación.

Foto: MARTA TOLEDO

Cuando estaba terminando la novela Una casa sola (una casa en el medio del campo, deshabitada hace años), Claudia me mandó por correo desde Madrid un dibujo hecho por su padre. Un boceto, en realidad, un poco en birome, otro poco todavía en lápiz: un rancho, una tapera tal vez, la silueta de un gaucho a caballo, y en primer plano los huesos de un costillar de vaca. Me contó que había encontrado este boceto y le recordó mi relato de la casa. Su padre era un dibujante aficionado y había hecho este y otros dibujos en su tiempo para ilustrar el menú de la parrilla de un amigo. Hay mucho de espectral en esos trazos finitos y en el lápiz un poco desvaído por los años. Su padre era sobrino de Cesáreo Bernaldo de Quirós, uno de los pintores entrerrianos más importantes (según Leopoldo Lugones: “el pintor de la patria”).

Hace un par de años estuvimos con Lilian y Ferny en la casa de Quirós, en Gualeguay, hoy un museo. Me acuerdo del patio con galería. En ese viaje también conocimos a Tuky Carboni y fuimos a Puerto Ruiz a ver la casa de Juanele.

Busco información sobre Quirós: a los 13 años y demostrado su talento para el arte lo mandan a estudiar a Buenos Aires, luego Roma, Mallorca… viajes y exposiciones por el mundo. Sin embargo, en un momento decide volver al pago y se interna diez años en el campo entrerriano. Los gauchos es una serie hermosa donde se ve al gaucho en sus distintos oficios, algunos en aquella época, primeras décadas del XX, en vías de extinción. El carnicero es impresionante (los pedazos de res de Bacon parecen los de Quirós), pero la que más me gusta es El embrujador: un hombre de rasgos aindiados con un gallo en los brazos y una pluma en la mano, mira medio torcido, medio ladino, medio asombrado. Sus pinturas son muy luminosas, aunque muestren escenas duras de trabajo o de batallas. Como Sívori y su El despertar de la criada, Quirós pinta La siesta: una mujer desnuda duerme despatarrada, confiada diría. Aunque en este caso no es la sirvienta, es la señora de la casa, blanquísima, que siestea mientras otra mujer, semidesnuda, de espaldas, morena, la abanica.

Cuando era chica, en mi pueblo, alcancé a ver algunos gauchos de esos de antes. Llegaban a caballo, pañuelo al cuello, sombrero o boina según la estación, alpargatas nuevas de bigotes recién cortados o botas lustrosas, ristra en la cintura; incluso los más pobres tenían su pinta de salir para venir a la Villa o ir a las jineteadas. Si entraban al pueblo era por alguna obligación, un trámite, comprar alguna cosa, pero nunca se iban sin pasar antes por el boliche de Rapay a tomarse alguna ginebra, un vermú, conversar un poco (siempre poco), anoticiarse de las cosas que pasaban lejos del campo y que apenas les despertaban interés. Afuera del bar, había un palenque y ahí ataban sus caballos. Yendo a la escuela temprano en la mañana, veíamos dos, tres caballos atados. Madrugadores para el ritmo pueblerino, algunos desayunaban un vinito mientras esperaban que abriera el banco o la Municipalidad.

Mi abuelo también vivía en el campo, pero no diría que era un gaucho, más bien un campesino. Sin embargo, de chico, seguramente de andar entre la verijas de gauchos de verdad, el abuelo había aprendido un montón de cuentos de aparecidos, almas en pena, criaturas nacidas de cruzas prohibidas entre hombre y animal. Era un gran narrador el abuelo, y nos contaba esas historias antes de irnos a la cama, a la luz del sol de noche que, a veces, como para sumar dramatismo, ardía de golpe su camiseta dejándonos completamente a oscuras.