CULTURA
ENTREVISTA A Diana Sperling

La lectura como acto de resistencia

Entre la lectura como desacralización, la letra como materia inviolable y el sentido como campo infinito de disputa, la filósofa Diana Sperling recorre –en diálogo con PERFIL– el núcleo paradójico de la tradición judía: una escritura que no fija verdades sino que las pone a circular en la interpretación. Desde la ética formal de Kant y la crítica bíblica de Spinoza hasta la persistencia de la oralidad en el Talmud, la conversación explora el desierto como metáfora de lo inapropiable, la prohibición como fundamento de la cultura y la Ley como transmisión heterónoma que habilita la autonomía del sujeto. En ese itinerario, lo sagrado se vuelve ritmo, música y disputa.

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Los impuros es un libro esencialmente claro y, como tiene inscripto en las ideas que expresa: reclama debatir en la lectura, de allí la relectura, confirmación de lo pertinente. Detalle que hace al suceso de pensar la filosofía en el siglo XXI, o la imposibilidad de hacerlo. La lectura entonces resulta catalizadora de otros saberes. Que vienen del arte, la literatura, la antropología, el psicoanálisis, y así. Y aquí el así es asir, tomar la rienda o el timón del barco de los locos, el de Brueghel, que va a la deriva en esa felicidad ciega de la escritura. Porque en tanto ciega busca su luz para cegarse de nuevo, un parpadeo por la verdad, a pesar. Porque, otra vez, el pensar pesa y sopesa, evalúa y duda, conjetura y ya nada es tan firme. O sí. Oh, sí…

—Comencemos con la lectura de la Torá, cómo se explica en el texto: lo sagrado es la transmisión de su lectura. ¿No es esta una inscripción crítica donde el recorrido del ojo humano pone en juego la propia capacidad de alcanzar la verdad?

—La noción de sagrado hace obstáculo a la lectura. Petrifica el texto. Lo escrito se convierte en objeto de reverencia. La idea sería, a mi modo de ver, que leer es desacralizar. Leer exige una relación no devocional con el texto. Freud es un magnífico ejemplo. Spinoza, por supuesto –a quien se considera el precursor de la crítica bíblica– es otro gran modelo a seguir. A la vez, Freud dice que “el sueño debe leerse como un texto sagrado”. Pero en tanto y en cuanto el analista no debe alterar lo que se le transmite, no debe cambiar ni una coma. Entonces podrá hacer una lectura a la letra (no literal, diferencia importante), pero la letra es asemántica. Si la letra es invariable e inviolable, pueden multiplicarse los sentidos y las interpretaciones. Esa es una paradoja fructífera que entiendo como el núcleo del judaísmo.

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—Una y otra vez, de manera subrepticia en ciertos pasajes, señala el asentimiento tácito que haría Immanuel Kant a ciertas afirmaciones. ¿Qué importancia, o relación, tiene el de Königsberg en función a su análisis de la transmisión de la lectura?

—La ética kantiana tiene múltiples puntos de contacto con el judaísmo (este fue tema de uno de mis primeros libros, La metafísica del espejo). Él dice, en uno de sus últimos libros (La religión dentro de los límites de la mera razón), que a pesar de que ninguna ley positiva puede llenar la forma de la ley –porque la ley, para Kant, es pura forma, no tiene contenido– lo que más se acerca es “la ley del Sinaí”, la única por la que experimenta “respeto”, el solo sentimiento que puede profesarse hacia la ley. La ley del Sinaí, entonces, sería ese objeto de transmisión “que viene de otro” (la Ley es heterónoma) y permite que surja la autonomía, definida por Kant como “acoger la ley en la propia voluntad”. De modo que leer sería, en el sentido kantiano, la transmisión de una pura forma que exige del sujeto el compromiso de la interpretación. Por eso encuentro una gran similitud entre el imperativo categórico kantiano y la oración central del judaísmo, el Shemá (“Escucha”). Desarrollo el punto en mi libro Filosofía de cámara.

—El salto cultural que se destaca en “Los impuros” es de la oralidad a lo escrito. Así el texto se convierte en soporte de una memoria en riesgo, objetividad que lo aleja de la transformación que puede operar el emisor. Porque sin la escritura, las oraciones se deforman, sin embargo, anteponemos la interpretación. La búsqueda de claves, cábalas, guiños de lo divino, ¿no es una forma de añorar la duda de lo oral? Porque la voz de Dios ya no está.

—Vuelve a aparecer la paradoja: la escritura, tan fundamental en el judaísmo, no reemplaza ni anula la oralidad. La voz de Dios resuena en la lectura en voz alta de los rollos de la Torá que se realiza cada shabat, tanto como en el shofar, ese cuerno de carnero que se hace sonar en las Altas Fiestas. La Torá es, como dice Meschonnic, un poema, donde lo importante es el ritmo, la música (el texto se lee como melodía y cada grupo tiene un estilo musical propio), el cuerpo en escena. No hay oposición. La Torá es dada en el Sinaí en forma oral. Moisés escribe lo que el Eterno le dicta, porque el pueblo siente pavor ante la voz de trueno de la divinidad. Pero, ¿qué escuchó Moisés? ¿Transcribió literal y exactamente lo que le fue dictado, o la escucha y la escritura son ya una interpretación? A la vez, ese escrito es sujeto de discusiones orales durante siglos, y nuevamente esa oralidad múltiple es recogida en textos. Eso es el Talmud, donde en cada página se “oye” la disputa, la contradicción, las voces de los distintos sabios que presentan opiniones diferentes… La escritura entonces no fija un sentido: lo ofrece y lo pone a circular para que vuelva a ser cantado e interpretado.

—El subtítulo, que refiere al desierto que debió atravesar el pueblo judío, es: lecturas en el desierto. Pero aquí, en Argentina, tenemos nuestro propio desierto. O varios desiertos. Pampeanos, riojanos, patagónicos. Y el peor, el más común, el desierto de ideas. En el que podemos englobar secuelas como la falta de debate, discusión, polémica y pensamiento. Un desierto tan argentino como inconquistable. ¿La filosofía no se convierte así en una señal de tránsito, o de advertencia, en semejante dimensión recurrente?

—Entiendo el desierto –un poco en la huella de Edmond Jabés y de Blanchot– como una metáfora. Es el lugar de la imposible apropiación. Lo opuesto a la ciudad, donde se puede tener casas, inmuebles, lugares fijos. Por eso es especialmente significativo que la ley se dé en el desierto, y no en la polis. Como si el núcleo mismo de la ley fuera una máxima: “no te apropiarás”. Los Diez Mandamientos (esa Ley del Sinaí ante la que Kant se saca el sombrero) pueden leerse como un desarrollo sintético de esa idea. No te apropiarás de Dios, ni del prójimo, ni de sus bienes, ni de su nombre, ni de su trabajo… Shabat es eso: una interrupción de la plusvalía. Un freno a la compulsión de usar al otro como objeto. No olvidemos que este grupo viene de la esclavitud en Egipto: lo que se intenta fundar en el Sinaí es una sociedad con los valores exactamente opuestos a los de la tierra de los faraones. Allí, el poder concentrado de un soberano déspota, las pirámides, la explotación. Aquí, la única soberana es la Ley. Y toda esa gente tiene el mismo valor ante ella, no hay privilegios ni amos. Ese es el valor del desierto: la destitución de las jerarquías. Kashrut (las leyes alimentarias) tiene el mismo sentido de poner coto al impulso apropiador y depredador.

—IHVH es el nombre de Dios. Un tetragrama, analogía de la perfección en la geométrica natural, me refiero al tetraedro regular de la molécula de carbono. Que va del carbón al diamante, de lo impuro a la pureza de lo perfecto, que además de joya corta tanto al vidrio como a otras piedras preciosas. Sí, refiero a cierto naturalismo, pero resulta inquietante que la divinidad sea un logotipo, una firma indivisa. En esta noción de lo divino, ¿no hay un juego de fantasmas? ¿Queda lugar para fantasmas en el siglo XXI?

—Los fantasmas son atemporales. Cada época tiene los suyos. A veces, lo que parece más moderno es una réplica de lo arcaico, y ese es el fantasma más común. Creo que el Tetragrama tiene esa característica de la que hablaba: es pura letra, impronunciable. De ahí que no se le pueda atribuir un contenido específico, más que de forma aproximada o alegórica. El nombre divino es lo que pone de manifiesto la materialidad del lenguaje. De nuevo: la letra es inmodificable, el sentido es infinito. Por eso la prohibición de idolatría: ¿cómo te adueñarías de esa ausencia de sentido?

—Bajo el mismo efecto encuentro que el primer grafo del hebreo está desplazado para el conocimiento. Ocurrió la creación y la humanidad llegó tarde, accede al segundo grafo, llega cuando la lengua ya es por sí misma. Mi pregunta sería sobre la primera prohibición, según esta ocurrencia, sería que se prohíbe la ignorancia. Así, la primera obligación humana es conocer. ¿O estoy exagerando?

—¡Excelente! Se prohíben simultáneamente la ignorancia y la ambición desmedida de saber. Esa alef que falta al comienzo de la Torá representa todo lo que no forma parte del campo de lo cognoscible por el humano (¿el noúmeno kantiano?). Aquello que, por ser inaccesible, solo puede ser objeto de fantasías y delirios. Lo que Spinoza llama superstición. Al humano le incumbe lo temporal, lo espacial, lo histórico: el terreno para la construcción de lo social y cultural. Por eso, comer el fruto del árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo (¡No el Bien y el Mal! No hay sustancialismo en este texto.) es enterarse de ese límite: somos mortales, incompletos, fallidos, engendrados por otro. No seremos como dioses…

—Los rastros de pensamiento simbólico del homo sapiens se remontan a casi 71 mil años atrás, unas cuevas de piedra caliza en Indonesia contienen la representación gráfica de un ser imaginario. Pero también ocurrió algo casi simultáneo: el mismo tipo de gesto “artístico” por parte de neandertales, hallados en cuevas de España, 20 mil años antes de que lleguen los sapiens al lugar. Contra estos datos científicos, 4 mil años de la Torá son algo así como un pequeño rastro tardío. ¿No hay algo primitivo, más elemental, básico, a lo que las leyes de la fe ponen un límite? Pienso en la antropofagia, en las normas sobre lo crudo y lo cocido.

—Seguramente la Torá –igual que los poemas homéricos o los mitos de todas las culturas– es el decantado de muchas experiencias muy arcaicas, el registro de transmisiones de milenios. No llamaría “fe” a lo que encontramos en este texto. Más bien creo que muestra los pasos vacilantes de cómo se va estableciendo la cultura, con sus prohibiciones fundantes. Asesinato, incesto… Pero esas prohibiciones de base se modalizan y se expresan en múltiples rituales, normas, costumbres, que un grupo va adoptando y fijando para regular su vida en común. Lo que nosotros llamamos religión (noción tardía en la historia) es lo que en las épocas antiguas era modo de vida, el ethos de una comunidad. No por nada, en las lenguas arcaicas -el hebreo entre ellas- no hay una palabra que pueda traducirse por “religión”. De nuevo: kashrut establece una serie de conductas y limitaciones para la alimentación muy cercanas a las que describe Lévi-Straussen Lo crudo y lo cocido. Como señala Jean Bottero, no hay ningún grupo humano que no tenga prohibiciones alimentarias (y, agrego yo, sexuales). La prohibición, señalar algo como “eso no”, es lo que funda el pensamiento simbólico, es decir, la cultura.

—En la refutación del texto de Giorgio Agamben “El fin del Judaísmo”, no solo cita a Berlin, también cuestiona las asignaciones o categorías que la izquierda esgrime sobre los judíos. Cito: “Si el sionismo pervierte la “esencia judía”, ¿consistirá tal esencia en ser un perpetuo huésped y un eterno desterrado? ¿No es esta una manera solapada de seguir haciendo del judío un chivo expiatorio?” He aquí la deformación de las nociones: formas de la discriminación en Agamben para adquirir autoridad discursiva, pero no moral, un efecto político nada más. ¿O estoy equivocando en la lectura?

—Es así, en efecto. En estos días esa operación de demonizar lo judío, pero bajo la máscara de un elogio a su esencia que está en riesgo de perderse por los “malos judíos de la actualidad”, especialmente en Israel, es muy frecuente. El viejo dualismo moralizante e hipócrita: para que “el alma” de lo judío no se pierda o se desvirtúe, habría que eliminar al Estado de Israel. Matar el cuerpo para liberar el alma… ¡Como postulaba el Sócrates platónico! La materia –la historia, la realidad, la vida misma– pervierte y deteriora la verdad del espíritu. ¡Cuántas quemas de brujas y herejes se basaron en esa idea!

—Las leyes de IHVH operan sobre la experiencia de lo humano, mientras hoy estamos ante el avance de lo virtual que, en apariencia, puede reemplazar a la experiencia material. De allí hace dos referencias a la inteligencia artificial (IA), que “copia el gesto pero vacío de sentido” (pág. 145) y que luce como un “sujeto sin zonas grises y vacilaciones” (pág. 216). Diría Luis Thonis: estamos ante un Golem zombie. En donde el vacío como la falta de dudas también plantean una doble ausencia, que es lo siniestro: la ausencia material del algoritmo (es un artilugio matemático) y su ubicación en el espacio, que es otra ausencia más, porque está en la nube electrónica, inalcanzable, distante. ¿No hemos llegado a una nueva generación de fantasmas?

—Ah, ¡cómo se lo extraña a Thonis! Tendría tanto para decir ahora… Como siempre, sus palabras dan en el clavo. Lo más horroroso del fantasma, lo propiamente siniestro, es su aparente familiaridad. Cuando le hago una pregunta al chat y me responde “¡muy buena pregunta! qué interesante…”, empiezo a temblar. Philip Dick, Bradbury, Sturgeon y tantos otros se quedaron cortos. Ese tono “confianzudo”, casi íntimo, con el que la IA intenta parecer humana es la trampa más peligrosa. A la vez, no es casual que surjan aquí y allá grupos de un naturalismo extremo, la fantasía de volver a lo animal (therians, las gimnasias animal flow, etc), como síntoma de una desesperada necesidad de escapar de ese futuro algorítmico. Ese es el drama humano, el célebre malestar en la cultura: no somos lo suficientemente naturales ni seremos completamente virtuales. Destituir el cuerpo –y por ende, la subjetividad, el inconsciente, el deseo– como parece hacer la IA no es algo muy distinto al viejo sueño mítico de abolir la muerte, la enfermedad, el sexo. Es decir, la falta y la diferencia. El dualismo –materia vs. espíritu, cuerpo vs. alma– domina la historia y es muy difícil desarraigarlo de nuestras vidas, porque en cada época adopta nuevas presentaciones.

—El historiador israelí Yuval Harari afirmó, en el reciente Foro Económico Mundial de Davos, que la inteligencia artificial acabará dominando todos los textos religiosos. Predice que controlará las principales religiones del mundo, incluyendo el cristianismo, el islam y el judaísmo. Harari señaló que el judaísmo se define como la religión del libro, otorgando la máxima autoridad a las palabras, no a las personas. Y preguntó: “¿Qué sucede cuando el mayor experto en el libro sagrado es una IA?” ¿No está exagerando Harari para llamar la atención sobre sí? ¿En qué lugar queda la lectura e interpretación de los textos sagrados ante una acumulación matemática del saber?

—Harari nos tiene acostumbrados a frases efectistas y fórmulas que suenan como la verdad revelada… La lectura e interpretación de los textos de las religiones siempre fue un tema conflictivo: suele haber algún grupo que se considere “la autoridad”, con el poder de expulsar o castigar a quien no respete su mandato. Las jerarquías eclesiásticas son coextensivas con las religiones. Si hay iglesia, hay un grupo que ejerce el poder y se atribuye la posesión del sentido de los textos. Spinoza se rebeló contra eso y reivindicó la capacidad y el derecho de leer por cuenta propia, y por eso se le dictó el jerem. La IA posiblemente ocupe en el futuro el sitial que antes ocupaban papas, sacerdotes, obispos o rabinos. El problema será siempre si someterse a esa garantía de sentido, a esa clausura de la interpretación o, por el contrario, entender la lectura como acto de resistencia y ejercicio de libertad.

—La pregunta inevitable es también una incógnita pendiente: “¿se puede hacer filosofía después del 7/10?” El libro cierra con un breve apartado que considera este azoramiento, donde las respuestas son insuficientes. El tiempo agrega reflexión y lecturas, es así, entonces, ¿el 7 de octubre de 2023 no reclama también un esfuerzo más allá del horror de la masacre? Pienso preguntas, ¿qué mecanismo desata semejante fanatismo brutal y despiadado? ¿Lo humano ya no es una categoría distintiva?

—Esa pregunta, en efecto, fue el disparador de mi libro. Lo que creíamos que después de la Shoá no se podría volver a producir, se produjo. El horror volvió redoblado y haciendo ostentación de su crueldad. No tengo respuestas, la inquietud y el desasosiego me impulsan, por momentos, a investigar y escribir, a reflexionar y discutir, y en otros momentos me sumen en una tristeza y un desgano infinitos.