CULTURA
crítica

El buen decir

Lo que debilita y resiente la ficción es la deliberada voluntad externa de incluir de modo forzado todos los temas “progresistas” en agenda (temas sin duda acuciantes en esta época de pérdida y retroceso de derechos, pero como se sabe, la literatura poco tiene que ver con las buenas intenciones).

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Desde hace algunos años asistimos al auge de eso que se ha dado en llamar “autoficción”, una moda editorial y literaria que suele rendir buenos frutos en los talleres de escritura (“¡Venga, hágalo usted mismo, escriba sobre su vida, exprésese, publique un libro y llámese escritor!”) y en algunas ferias del libro. Por ese motivo, no es extraño encontrar en los catálogos de novedades pilas de libros rápidamente olvidables en los que el señuelo publicitario pasa por decir que los autores han literaturizado sus experiencias, como si eso supusiera un valor adicional. Esta tendencia no es necesariamente un problema (aunque sí un signo de los tiempos), excepto cuando el espesor literario de lo narrado es casi nulo, cosa que ocurre seguido, o bien cuando, subidos a la ola de la agenda de novedades, los textos que se escriben son un compendio de temas en boga.

En el caso de Cruza, de Camila Vazquez, se trata de una novela de “autoficción” que no incurre en el primero de los problemas (de hecho, hay que decir que es un texto con estilo propio, forjado a través de una escritura por momentos sólida y audaz). La autora elabora una prosa poética de imágenes contundentes, utiliza la alternancia de personas gramaticales (hay una voz en segunda persona muy lograda que proviene de un sueño, por ejemplo) y construye un relato fragmentario que se desarrolla con pericia. Sin embargo, lo que debilita y resiente la ficción es la deliberada voluntad externa de incluir de modo forzado todos los temas “progresistas” en agenda (temas sin duda acuciantes en esta época de pérdida y retroceso de derechos, pero como se sabe, la literatura poco tiene que ver con las buenas intenciones). Cruza quiere abarcarlo todo, las “comunidades originarias” –no sea cosa que diga “indios”– (“Preguntás a esos alumnos si alguien conoce o pertenece en su propia familia a una comunidad originaria”); el movimiento “Ni una menos” (“La vorágine de la época te llevaba puesta. Eras feminista porque necesitabas seguir viva”); el patriarcado, infaltable; los incendios en los humedales; los abusos sexuales intrafamiliares (“Le había pedido que se sentara encima suyo. Le había dicho que estaba hermosa […]. Le había hecho una caricia. El tío Eulogio tenía aliento feo”). La novela abraza la corrección política y opta por la solución fácil de estereotipar los discursos de los personajes con los cuales no coincide ideológicamente, en vez de interrogarlos o de incomodar al lector mostrándolos en su ambigüedad (“Una tarde, Él se había negado a llevar el arma para cazar a los animales y el hombre le dijo que era puto”; “Parece un marimacho, Lucía”). Ubicada del lado intachable del bien, Cruza nunca problematiza la clase social (el verdadero tabú). A la protagonista le surge la posibilidad de doctorarse con una beca en una universidad de Nueva York; finalmente no la tomará, pero en ese hecho pequeño reside la invisibilización de la posición de clase y el trazado de una agenda ideológica demasiado cómoda y segura.

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Cruza

Autora: Camila Vázquez

Género: novela

Otras obras de la autora: Yeguariza; Tautea; Ciencias naturales

Editorial: Concreto, $ 26.000