Las últimas horas de Isabelita
“¡Un golpe de Estado! ¿Cómo puede creerse, señora Presidente, una cosa así?”.
Isabelita comenzó su último día como presidenta de la Nación de muy buen humor, según recordó su secretario privado, Julio González, un abogado nacionalista que se había convertido en la persona de mayor confianza de la viuda del general Juan Perón luego del alejamiento forzado de José López Rega hacía ya ocho meses.
Aquel martes 23 de marzo de 1976 González llegó a la residencia de Olivos a las 8 de la mañana; encontró a María Estela Martínez de Perón “extraordinariamente bien: había descansado por la noche, y su semblante y tono de voz eran alegres”, me dijo el abogado nacionalista para mi libro Disposición Final.
González era el secretario Legal y Técnico de la Presidencia —el funcionario que revisaba todo lo que Isabelita firmaba— y, luego de la renuncia de López Rega, había sumado el cargo de secretario privado de la Presidenta.
“No recuerdo —agregó— si viajamos a la Casa de Gobierno en automóvil o en helicóptero. Ya en la Casa de Gobierno, la jornada fue normal. La Presidente almorzó con los sindicalistas Lorenzo Miguel y Rogelio Papagno, y el ministro de Trabajo, Miguel Unamuno”, entre otras personas.
Tres horas antes, el ministro de Defensa, Deheza, se había reunido con los jefes de las Fuerzas Armadas, el general Jorge Rafael Videla; el almirante Emilio Eduardo Massera, y el brigadier Orlando Ramón Agosti en uno de los encuentros habituales de los martes por la mañana.
Videla me aseguró que, si bien ya habían cumplido con todos los preparativos para el golpe de Estado —el más organizado de la historia argentina—, todavía no habían señalado el día preciso en el que detendrían a la viuda de Perón.
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“Todos se atribuyen cuándo fue fijado el Día D. Y la verdad es que surgió de casualidad, cuando el ministro Deheza, para sorpresa de nuestra parte, nos pide un nuevo apoyo a la Presidente”, señaló.
Según Videla, se produjo el siguiente diálogo:
—Deheza: La Presidente necesita del apoyo de los comandantes militares para poder llevar adelante el gobierno.
—Videla: A la Presidente ya se le dieron algunas ideas, pero nunca obtuvimos respuestas por lo cual pensamos que nuestra opinión no era válida.
—Deheza: El apoyo de ustedes es imprescindible porque no la dejan gobernar.
—Massera: No es la función nuestra darle apoyo porque quedaría ella como un mero mascarón de proa.
Videla contó que “la reunión termina así y a nosotros nos llama la atención el pedido, que indicaba una debilidad tremenda de la Presidente y del gobierno”.
En tanto, Deheza, un cordobés que era yerno de Eduardo Lonardi, el general nacionalista que, bajo el lema “Ni vencedores ni vencidos”, encabezó el golpe de 1955 contra Perón, le informó por teléfono a González que a las 19 se volvería a reunir con los comandantes “para obtener una respuesta decisiva sobre la posición de las Fuerzas Armadas frente al gobierno constitucional”, recordó González.
A medida que avanzaba la tarde, las versiones sobre el golpe se multiplicaban y González se preocupaba cada vez más. Isabel seguía “bastante serena, inmutable en su despacho”. El funcionario de mayor confianza de Isabelita en aquellas horas finales señaló que los llamados telefónicos “eran incesantes” y cargados de malas noticias. Por ejemplo, a las 20 llamaron los gobernadores de La Rioja, Carlos Menem, y San Luis, Elías Adre: “Me aseguraron que la insurrección era un hecho y que las guarniciones militares de ambas provincias estarían aprestadas para hacerse cargo de los gobiernos provinciales”.
El título del vespertino La Razón era muy expresivo: “Es inminente el final. Todo está dicho”. En el ministerio de Defensa, Deheza comenzaba la segunda reunión del día con los tres comandantes. Videla dijo que el ministro “nos volvió a convocar de manera urgente, con el mismo reclamo”.
—Deheza: Hablé con la Señora. Insiste en que ustedes le den su apoyo.
—Videla: La Señora es Presidente por voluntad popular. Si todavía tiene el poder, que lo ejerza. Si no, que renuncie.
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Deheza ofreció otro punto de vista, muy distinto: afirmó que en ese encuentro, “volví a hablar de las leyes antisubversivas que se iban a aprobar por decreto-ley, de los planes del gobierno, de la necesidad de respetar la Constitución y de los peligros que un golpe podría acarrear. Videla me dijo: ‘Doctor, quisiera que usted exponga la posición del gobierno ante los altos mandos del Ejército para lo cual le pido que mañana a las 12 concurra a la sede de mi comando, donde convocaré a los comandantes de cuerpo que no se encuentran en Buenos Aires’. Dos horas después, daba el golpe, y a la hora de la cita, yo estaba detenido".
En la Casa Rosada aumentaba la ansiedad, como recordó González: “Pasadas ya las 21 y, ante la carencia absoluta de noticias sobre las conversaciones en el Ministerio de Defensa, Isabel me ordenó que convocase a todos los ministros. Cuando eran ya las 22, recibí el llamado del doctor Deheza: ´Recién termino de hablar con los comandantes, doctor. Voy para la Casa de Gobierno a informar a la Presidenta’, dijo con perceptible preocupación en su voz.
Deheza habló primero a solas con la Presidenta, que luego hizo pasar a todos los funcionarios. Según González, Deheza señaló que “los comandantes estaban disgustados con la acción de gobierno, con la situación del país y con el desenvolvimiento de la guerrilla; que los mandos medios trasuntaban su disconformidad; que el Poder Ejecutivo había dado muchas marchas y contramarchas; que había vacío de poder.”
El ministro de Defensa, siempre según González, dijo que también se refirió al proyecto para “bordaberrizar” el gobierno, en alusión al presidente de Uruguay, Juan María Bordaberry, que consistía en, entre otras medidas de excepción, la “clausura del Congreso y en regir el país por decretos ley y con el cogobierno de las Fuerzas Armadas”. Deheza agregó que Massera le había dicho que la Armada “ya había propuesto esto a la señora Presidente por medio del ministro (Aníbal) Demarco y que no había obtenido respuesta alguna”.
—Sí, es cierto. El almirante me propuso eso, pero yo consideré que no era de importancia comunicárselo a la señora Presidente —dijo Demarco, según González.
El secretario Técnico y secretario Privado sostuvo que Isabel Perón fulminó con la mirada a Demarco, que era el ministro de Bienestar Social y miembro también de su “entorno” junto con su esposa.
González me contó que él estaba tan de acuerdo con esa idea de la “bordaberrización” que “en mi portafolio llevaba desde hacía días los documentos del procedimiento que para tal fin se había usado en el Uruguay”.
Deheza continuó con su exposición: “Mañana a las 10 tengo una reunión con los comandantes y vamos a continuar nuestras conversaciones. Luego, ellos van a venir conmigo a informar a la señora Presidente”. Y agregó que Videla le había asegurado que “seguiríamos conversando”. En conclusión, según el ministro, todos podían irse a dormir tranquilos porque no habría golpe, al menos aquella noche.
En eso llegó el ministro del Interior, Roberto Ares, que entró al recinto presidencial agitando su mano derecha, en la que sostenía un cigarrillo.
—¡Un golpe de Estado! Estoy anonadado con lo que oigo. ¡Cómo puede, señora Presidente, creerse una cosa así! Estuve cenando con el jefe de Policía y no hay absolutamente nada.
Ares venía de comer en un restaurante de Martínez, en el Gran Buenos Aires, con el general Albano Harguindeguy, que en febrero había sido nombrado jefe de la Policía Federal por el gobierno de Isabel, en otra muestra más del poder que los militares habían logrado de una gestión que se caía a pedazos.
“Ares era un señorazo y lo apreciaba mucho, pero no le podía decir que se venía el golpe y que yo lo iba a reemplazar. Yo ya sabía que el golpe sería al día siguiente, me lo habían confirmado el día anterior”, me dijo, por su lado, Harguindeguy, varios años después y cuando estaba preso por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.
“Estábamos comiendo con Ares y todo el mundo andaba muy nervioso: sonaba el teléfono de él y sonaba también mi teléfono. Hasta que en un momento, le digo: ‘Me parece, ministro, que lo mejor va a ser que cada uno se vaya a su puesto de trabajo’. Le pareció bien y nos fuimos. Cuando volvía por Libertador, veo un tanque y me doy cuenta de que todo estaba dicho”, agregó el militar.
Las palabras de Ares frente a la Presidenta sirvieron para retemplar el ánimo de Isabel, el “entorno” y los políticos y sindicalistas “verticalistas”, que fueron abandonando la Casa Rosada cuando transcurrían los primeros minutos del miércoles 24 de marzo. “Juéguense por nosotros; pagamos 2,10”, dijo a los periodistas que hacían guardia un sorpresivamente locuaz Lorenzo Miguel, líder de los metalúrgicos y de los sindicalistas.
“Destapen champán, que no hay golpe militar”, gritó el diputado chaqueño Adam Pedrini, justo detrás de su comprovinciano y flamante vicepresidente primero del Partido Justicialista, el gobernador Deolindo Bittel.
Pero, el golpe ya estaba en marcha. Luego del encuentro con Deheza, los tres comandantes llegaron a la conclusión, según Videla, “de que mañana van a volver con la misma exigencia y nosotros no podremos decirles nada distinto. Esto ya no tiene sentido”.
“Ya estaba todo preparado para el golpe; sólo faltaba fijar el Día D y la Hora H”, agregó.
Recordó así aquellos momentos. “Nos enteramos que la Presidente estaba en su despacho. Los tres comandantes cambiamos opiniones y coincidimos: ´Nos largamos ahora’. Llamamos a la Casa Militar, donde ubicamos al almirante El Colorado Fernández, que nos dice: ‘La Señora usará el helicóptero para su regreso a Olivos’. ‘Ponga en marcha la Operación Perdiz’, le ordena Massera. Habíamos previsto que la detención de la Presidente no se hiciera ni en Olivos ni en la Casa Rosada para evitarle al jefe de Granaderos que tuviera que combatir en su defensa. Habíamos pensado, entre otras variables, en fraguar una emergencia que hiciera que el helicóptero aterrizara en el Aeroparque, a mitad de camino. Así se hizo, y un general, un almirante y un brigadier la detuvieron”.
Isabelita cayó y muchos argentinos recibieron la noticia con alivio y satisfacción: estaban hartos de su gobierno, de ella, del peronismo, de la inflación, del desabastecimiento, y de las muertes, las bombas, los atentados y los secuestros por la violencia política. No podían imaginar aquel 24 de marzo soleado y alegre que la dictadura sería aún peor con su secuela de miles de víctimas por la Disposición Final; el descalabro económico, y la guerra perdida por las Islas Malvinas.
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