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Los festivales de cine son la mejor forma de ver películas: oscuridad, un sueño artificial colectivo y creatividad

Entrar en una especie de hipnosis colectiva con desconocidos, perder la noción de realidad y poder reflexionar al respecto es una de las mejores apuestas el arte tiene para ofrecer. En estos eventos donde se cruzan realizadores, espectadores y actores hay una potencialidad de la acción colectiva y de la libertad de fantasear.

Festival de cine de José Ignacio Foto: Prensa

La experiencia del cine no es solo ver una historia en formato audiovisual, es una propuesta que se completa con una pantalla de grandes dimensiones, un sonido e iluminación acorde y la presencia de otros viviendo lo mismo. La locación no es solo importante porque una película se disfruta en sus condiciones óptimas en espacios pensados para ello, sino que el hecho de que la actividad sea grupal es uno de los ingredientes fundamentales.

Entrar a una sala para sellar un pacto con desconocidos para dejarse llevar en una hipnosis colectiva, un viaje sin garantías, retrotrae a cada persona a una experiencia dulcemente humana: disfrutar juntos a oscuras, sentir amor, tristeza, llorar, reír y aceptar con mirada cómplice, cuando se encienden las luces, que vivimos algo todos juntos.


El festival de cine es una experiencia que celebra y amplifica el encuentro en el que, por una fracción de tiempo, la realidad se suspende y se le superpone otra. En ellos hay más lugar para la sorpresa, donde los espectadores pueden encontrarse con obras de directores desconocidos y, si participan realizadores y/o actores, hay una conversación que enriquece el pensamiento acerca de lo experimentado. 

En muchos de los festivales también se proyectan cortos que hacen del trance a otras realidades, un juego más vertiginoso y breve, la creatividad y emociones se estimulan con más velocidad. Ese despliegue de creatividad en sorbos más pequeños suele vivirse principalmente en estos micromundos cinéfilos.

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Oscuridad, grupo y fantasía son tres pilares de la experiencia cinéfila que definen su unicidad. “El cine simula una nocturnidad que  no depende de los ritmos naturales del día y la noche, sino que impone los suyos para introducirnos en un sueño artificial”, destaca Vicente Monroy en Breve historia de la oscuridad, una defensa de las salas de cine en la era del streaming.

La oscuridad y el hincapié en lo que se representa no existe desde siempre fue en 1876 cuando Richard Wagner concibió un teatro de ópera que ensombrecía el área de los espectadores: “El público, ese representante de la vida cotidiana, debe desvanecerse por completo en el auditorio para vivir y respirar únicamente a través de la obra de arte, confundiéndola con la vida misma, y llegando a creer que el escenario es la amplia extensión del mundo entero”, escribió Richar Wagner en The Art-Work of the future. Otra de las renovaciones que incluyó el artista fue la fosa para que los músicos no se vieran y que no rompieran la ilusión de que el sonido era parte de lo que se estaba representando.


El festival es el hábitat natural del cine


El pasado verano se celebró una nueva edición del Festival de Cine de José Ignacio (JIIFF) en Uruguay. Usar este caso como testimio puede servir para entender concretamente su relevancia. Con sus pantallas cerca del mar, en el período estival, su propuesta levanta la bandera de que el arte forme parte de esa escena vacacional.

Su peculiaridad por locación lo hacen más especial, pero en sus elementos fundamentales, se hermana con otros festivales: se proyectan películas por primera vez antes de llegar a las grandes salas, se invita a guionistas, directores de fotografía internacionales para brindar charlas a las que de otra manera sería difícil acceder. Se premia con reconocimiento y con financiación a las mejores propuestas cinematográficas, lo que potencia la industria y auspicia su circulación lo que alimenta a la comunidad de personas que disfrutan del cine.

El JIIF realizó su proyección de cierre en una noche luminosa al borde de la costa con un sonido envolvente. Escogió proyectar Sirat de Oliver Laxe, una película que provoca al espectador, rompe pactos emocionales, llega a niveles profundísimos de dolor, trabajados con un criterio casi cínico. Ante esa circunstancia de impacto que llega al borde de lo tolerable, cuando la pantalla se apagó fue un alivio para quienes estábamos allí, observarse rodeados de gente, esa contención silenciosa era necesaria ante lo que habíamos vivido. Atravesamos una fantasía dolorosa, pero no estábamos solos.

En un caso opuesto, tras la proyección de Un futuro brillante de la uruguaya Lucía Garibaldi, hubo un encuentro entre público y los protagonistas de la película, que amplió las interpretaciones sobre esa historia distópica y sudamericana, en la que su creadora parte de la pregunta sobre qué pasaría si ser una de las últimas mujeres jóvenes vivas fuera un privilegio.

Estas dos experiencias son un elemento más para reforzar nuevamente uno de los ejes de toda esta oda al festival de cines: la experiencia colectiva es su gran tesoro.