Daniel Habif y Anyha Ruiz acaban de publicar "El amor no se ruega, se riega", un libro en el que convierten su experiencia de más de dos décadas en pareja en una reflexión sobre los vínculos, el perdón, la disciplina emocional y la construcción cotidiana del amor. En una entrevista con PERFIL, los autores explicaron por qué sostienen que el amor no debe mendigarse, cómo elaboraron sus propios acuerdos de convivencia y de qué manera la espiritualidad funciona, para ellos, como guía antes que como consigna.
“El amor no se ruega, se cultiva”, resumió Ruiz durante la conversación, al poner en palabras una de las ideas centrales del libro editado por Planeta y publicado el 14 de febrero de 2026. La frase no aparece en su caso como una consigna abstracta, sino como el resultado de experiencias personales, errores, aprendizaje y revisión de viejas formas de relacionarse.
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A lo largo de la entrevista, ambos insistieron en que el amor no puede quedar librado solamente al impacto inicial de la emoción. Si bien reconocieron que toda relación empieza atravesada por la intensidad afectiva y por esa etapa de entusiasmo que suele acompañar a los comienzos, sostuvieron que, con el tiempo, el vínculo necesita otra clase de herramientas para sostenerse.
Habif explicó que en los primeros momentos de una historia amorosa domina “la parte emocional”, pero que luego esa energía inicial se asienta y empiezan a aparecer los acuerdos. “Al inicio de una relación todo comienza con ese enorme cóctel químico provocado por el cerebro, pero después eso se va ajustando y van apareciendo los acuerdos”, explicó.

En su caso, recordó que muy al inicio de la relación mantuvieron una conversación que consideró decisiva, centrada en una serie de no negociables que ayudaron a ordenar expectativas, deseos y proyectos de vida. “Nos sentamos a hablar de cuatro o cinco cosas que eran nuestros no negociables. Preguntas simples: si queríamos tener hijos, qué soñábamos para el futuro. Ahí empezamos a entendernos”, contó.
Ese primer intercambio, según relataron, giró sobre preguntas concretas y estructurales. Entre ellas, si querían tener hijos, qué tipo de vida soñaban y qué cosas no estaban dispuestos a resignar. Para ambos, esa conversación temprana fue medular porque permitió identificar coincidencias profundas aun dentro de sus diferencias de carácter y de modo de mirar el mundo.
Lejos de presentar el amor como una fuerza espontánea que se basta a sí misma, Habif sostuvo que con el paso de los años le fueron “otorgando un método” a la relación. “Todo lo que es importante necesita reglas. No hay Mundial sin reglas, no hay economía sin reglas, no cocinás bien sin ciertas reglas. Lo sagrado necesita método”, afirmó.
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Ruiz coincidió con esa mirada y añadió que la relación fue decantando con el tiempo, porque ninguna semana fue igual a la otra y cada etapa exigió nuevos ajustes. “La relación sigue mutando todos los días. Uno cambia como persona y entonces también cambian los acuerdos”, explicó.
De hecho, ambos contaron que todavía hoy siguen elaborando nuevos acuerdos. Recordaron que, durante un viaje reciente, volvieron a sentarse a revisar aspectos del vínculo. “En enero nos sentamos otra vez a hacer nuevos acuerdos. Uno cree que después de muchos años ya está todo dicho, pero no es así”, relató Ruiz.
Para Habif, ese proceso tiene que ver con la transformación constante de las personas. “La gente cambia. Yo he cambiado muchísimo, ella también. No puedes quedarte en un acuerdo cuando la persona ya está en otro lugar”, sostuvo.
Otra de las definiciones más contundentes de la entrevista apareció cuando Ruiz habló del ruego en el amor. Al evocar experiencias anteriores, afirmó que pedirle a alguien que se quede no constituye una prueba de amor, sino una situación triste, porque la permanencia solo tiene valor cuando es elegida. “Es triste que alguien se quede porque le ruegas. Se queda porque quiere”, dijo.
Esa idea enlaza con el corazón conceptual del libro. "El amor no se ruega, se riega" no propone soportar a cualquier costo ni romantizar la falta de reciprocidad. Por el contrario, plantea que el vínculo debe ser cultivado por dos personas dispuestas a sostenerlo. “Si empiezas rogando, ya empezaste mal”, resumió Ruiz.

Habif llevó esa reflexión hacia otra metáfora que atravesó buena parte de la charla: la del hambre. Según dijo, “el amor se parece más al hambre que a las mariposas. El hambre te hace hacer cosas muy fuertes”, explicó.
Con ese ejemplo, describió cómo ciertas necesidades emocionales —de validación, fama, reconocimiento o pertenencia— pueden empujar a conductas impulsivas. “El problema no es el hambre, sino el hambre sin sabiduría”, agregó.
La noción de método volvió a aparecer cuando hablaron del perdón. Ruiz sostuvo que pedir disculpas sin accionar en consecuencia equivale a una falta de interés. “Pedir perdón y no hacer nada es casi una burla. Lo que realmente demuestra que te importa cambiar son los hechos”, dijo.
Habif profundizó esa mirada y diferenció entre perdonar y borrar la memoria. “Perdonar no es borrar la memoria. Es decidir no utilizar el recuerdo como un arma”, explicó.
En ese tramo de la entrevista apareció otra de sus frases más tajantes: “La mejor forma de ofrecer disculpas es cambiando”.
La espiritualidad ocupó también un lugar central en la conversación. Habif sostuvo que hay dimensiones de la vida que no pueden ser reducidas del todo a la lógica o a la razón. “Somos un misterio que se quiere resolver a sí mismo”, reflexionó.
Desde ese lugar, defendió la necesidad de dejar espacio para lo que excede la comprensión total. “Hay cosas que la razón no puede explicar. Para nosotros la espiritualidad es una guía, un norte”, dijo Ruiz.
Cuando se les preguntó qué los sigue sorprendiendo del otro después de 24 años, las respuestas se alejaron de cualquier gran gesto espectacular. Ruiz eligió destacar escenas mínimas: “Desde un café, un abrazo por la mañana, cosas muy pequeñas. Esos detalles son los que te sorprenden todos los días”.

Habif coincidió y añadió otra dimensión: el disfrute de la compañía. “Después de veintitantos años nunca me he cansado de estar a su lado”, aseguró.
Incluso describió una escena cotidiana que resume su relación: “Ayer se fue al gimnasio y la empecé a extrañar. Pensé: ¿qué es esto? Pero simplemente nos gusta estar juntos”.
Para él, además del amor existe un componente esencial: la afinidad. “Además de amarla, mi mujer me cae muy bien”, dijo entre risas.
Sobre el proceso de escritura del libro, ambos reconocieron que implicó discusiones, recuerdos, risas y muchas emociones entremezcladas. “Fueron discusiones, risas, recuerdos... muchísimas emociones para poder contar nuestra historia”, explicó Ruiz.
La intención final, señalaron, no fue ofrecer una receta cerrada, sino ayudar a que otras personas puedan sentarse a pensar un plan mínimo para sus vínculos. “Muchas veces creemos que el amor debe ser improvisado, pero incluso para un viaje por carretera necesitas un plan”, explicó Habif.
Hacia el cierre, la entrevista derivó en una mirada retrospectiva sobre sus propias versiones más jóvenes. Ruiz dijo que, si pudiera hablarle a su niña interior, le diría: “Aguanta tantito y ten fe, porque vas a ser muy feliz”.
Habif, en cambio, señaló que le habría servido escuchar otra frase: “Va a haber alguien que te va a acompañar en la locura”.
Desde esa suma de acuerdos, disciplina, espiritualidad, revisión permanente y pequeños gestos cotidianos, "El amor no se ruega, se riega" se presenta como una defensa del vínculo entendido no como improvisación romántica, sino como construcción.