CULTURA
Fuera De cuadro

Siempre fui buena

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Spilimbergo. Emma. | cedoc

Tanto Lino Spilimbero como Flaubert encontraron a Emma, leyendo el diario. El último hizo con su protagonista, la desgraciada Bovary, una manera nueva de escribir novelas. Por su parte, Emma Scarpini, el personaje de la magnífica serie de grabados que el artista argentino realizó en 1936, estuvo en las crónicas policiales. Como su tocaya, también se suicidó, aunque no ahogada por las deudas sino por la vida toda.

Según la crónica (y la leyenda) a los 30 años, la mujer que había iniciado su derrotero, primero como planchadora y luego, a los 17, ya como prostituta, se tira de un noveno piso de un hotel de mala muerte. En la habitación había una carta dirigida a sus padres: “Siempre fui buena. No soy la culpable”.

Esta tragedia, que bien podía ser un argumento de Roberto Arlt o el verso de un tango, se volvió 34 monocopias en las que Spilimbergo conjuga la renovación estética de la que participó desde los años 20, en Buenos Aires y luego en París, con la denuncia política y social que va teniendo su estética. La muchacha de ojos muy grandes y melena corta se va desarrollando a lo largo de esta seguidilla de cuerpos, posturas, ausencias con los trazos mínimos, pero suficientes, para componer un ambiente de decadencia y brutalidad.

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Como parte de su viaje iniciático, Spilimbergo viajó a Paris y allí entabló una amistad con Berni. Con similitudes sobre que el arte debe hacerse eco de lo social, pero con diferencias en cómo hacer esa resonancia, ambos “traen”, de la ciudad luz a esas mujeres, Ramona Montiel y Emma Scarpini, para contar cómo son las moeurs de province.