Memoria de Buenos Aires, educar por la identidad
El libro Memoria de Buenos Aires, de Natalia Kerbabian y Fabio Márquez, propone una lectura sensible y comprometida del patrimonio urbano porteño a través de ilustraciones y reflexiones que recorren estilos arquitectónicos, espacios públicos y debates contemporáneos sobre el sentido del progreso. En diálogo con la historia, la ciudadanía y las transformaciones de la ciudad, la publicación invita a pensar Buenos Aires como un organismo vivo donde el patrimonio no es nostalgia, sino una herramienta activa para construir identidad y proyectar futuro.
Las ciudades son de sangre, carne y piedra. Son organismos dinámicos hechos de deseos que no se terminan, y distintos proyectos que empiezan a una cuadra y abarcan la vida de sus habitantes, transformados en protagonistas. Cada edificación, casa, hotel, fábrica o escuela, aunque sea la más humilde, no es solamente un estilo arquitectónico, sino alternativas de comunidades. Buenos Aires, esa “ciudad de fachadas desparejas que clama risueños enlaces”, en los versos de Manuel Mujica Láinez, tiene ahora un manifiesto patrimonialista finamente ilustrado y profundamente argumentado, en pos de “ofrecer información sobre el patrimonio cultural urbano de modo fehaciente, para sensibilizar e instruir”, adelanta el urbanista Fabio Márquez. Y su compañera paisajeante en Memoria de Buenos Aires (Futuröck), Natalia Kerbabian, agrega, “lo que quedaba antes relegado era la dimensión cultural del espacio. La diferencia es que ahora la ciudadanía lo ve, lo señala y lo discute públicamente. Y en esa discusión tal vez resida la posibilidad de un cambio real: comprender que el patrimonio no es nostalgia, sino una forma activa de proyectar identidad hacia adelante” Esta publicación avanza varias leguas en documentar mi Buenos Aires querido, sin tonos tangueros, sino con la frente alta de que en las calles somos bien nosotros.
El entorno urbano y la diversidad de tipologías arquitectónicas, los estilos que van del más conocido Art Nouveau al menos admirado pero igual de preponderante Streamline –esas bellas construcciones racionalistas con sus detalles náuticos como ojos de buey y barandas de barcos-, son bellamente abordados en este libro objeto con el gesto comprometido de Kerbabian. “Desde el nacimiento en redes de “Ilustro para no olvidar (IpNO)” quienes iban sumándose a este proyecto, clamaban por un libro, como una forma de poseer un pedazo de memoria de su ciudad querida. En ese contexto, la editorial Futuröck me contacta para realizar una publicación con la invitación de que sea en co-autoría. De manera orgánica y clara, Fabio Márquez se me presentó como la persona ideal, pues en su mirada paisajística y de ciudadano activo en múltiples áreas al servicio, acompañaba en total coherencia mi artivismo y todas las temáticas que me atraviesan”, afirma la arquitecta UBA.
Muchos reconocerán en papel sus viralizadas ilustraciones de departamentos, casas, petit hoteles, fábricas, herrajes, cúpulas o tapas de servicios públicos. “El pulso representa una línea emocional directa con el sentís, el pulsar del corazón, a lo que solamente la mano alzada puede manifestar de manera única, como la huella. La letra es trazo y el trazo es el cuerpo. Entonces, la escritura a mano alzada que acompaña el dibujo, en cursiva en este caso, es parte de la ilustración. No es una elección estética, es un devenir del gesto que se traduce al lenguaje ilustrado. La escritura a mano alzada, que acompaña mis dibujos, es una forma de ilustración también”, indica Kerbabian, quien vive actualmente en España.
“Es un libro que comunica de modo integrado nuestro mensaje. Con un discurso que dialoga armoniosamente entre el texto y la expresión gráfica”, prosigue la conversación desde Argentina al paisajista Fabio Márquez, quien participó en el desarrollo de varios espacios públicos de la Ciudad. El urbanista que colaboró en el recientemente inaugurado Parque de la Estación de Almagro señala que “el concepto de patrimonio cultural arquitectónico se instala incipientemente en nuestro medio a partir de la década de 1970. En la medida que va creciendo conceptualmente en el mundo la valorización por el patrimonio cultural y especialmente desde UNESCO se genera conocimiento científico al respecto. Con la democracia recuperada desde 1983 va creciendo el concepto, en el que surgen demandas ciudadanas, y hay formación académica sobre el tema. Esto produjo nuevos marcos legales, prácticas profesionales y conciencia cultural sobre el valor de herencias construidas”, enfatiza el patrimonialista.
“Una ciudad sin patrimonio, es una ciudad sin futuro”. “Las edificaciones y espacios urbanos de características patrimoniales construyen identidad a través de generaciones, pertenencia con los lugares, nos acogen e interpelan desde ese pasado hacia posibles futuros. Todas cuestiones que hacen a lo grato que nos puede resultar habitar espacios con este legado, que es diverso y representativo de lo que es la Ciudad de Buenos Aires”, grafica el especialista premiado internacionalmente y de varios libros de consulta como Planificación, diseño y gestión participativa del paisaje, que atañe como éste a cuestiones legales y urbanísticas de manera directa pero sólidas, y en el mantra que “una ciudad sin patrimonio, es una ciudad sin futuro”. Y en uno de los pasajes de Memoria de Buenos Aires, la activación para cumplir la máxima de los autores, que es “elegir ser protagonistas de nuestra propia historia en el habitar cotidiano, para vivir mejor, con mayores posibilidades de ser felices en el lugar que habitamos y sentirnos integrantes plenos de la comunidad a la que pertenecemos”.
Progresos y progresos. “Lo primero que debemos pensar es que la cuidad no existe para el progreso de los automóviles sino para el de los hombres”, advertía Lewis Mumford en un lejano 1957, cuando el congreso norteamericano vota 26 billones de dólares para el avance de las autopistas. Veinte años antes nuestro Roberto Arlt lapidaba el progreso, viendo el avance impiadoso de la avenida 9 de julio en la puerta de su taller de maravillas e inventos, y contrastaba que en los barrios aún sobrevivían “paisajes ocultos” para vencer el cemento avasallante. “En uno de los intercambios con quienes siguen y forman parte de nuestros proyectos de urbanismo, preguntamos qué era el progreso. Una persona respondió: “que no sea sobre nadie”. Me parece una síntesis poderosa. En nombre del mal llamado progreso, se multiplican espacios donde simplemente es hacer tiempo (no habitar), al servicio de una noción de éxito basada en la productividad constante. Más en el trabajar para otros que en el vivir para sí. Integrar el legado, lo existente, requiere vínculo, tiempo e ideas. Así se progresa con mayor conciencia: de forma más sana, menos violenta y más responsable con quienes vendrán”, acota en 2026 Natalia Kerbabian, militante de la “responsabilidad de pertenecer a una casa común sin que eso sea a la defensiva”. Casa de Todos en la cual, remata Fabio Márquez, “el progreso debe ser inclusivo, equitativo, sostenible ambientalmente, respetuoso del legado heredado y solidario con el futuro”.
También te puede interesar
-
Un mundo feliz
-
La literatura de lo mínimo
-
El misterio de una vida
-
Sueño y elegía
-
El río y sus orillas
-
San Borges
-
Bad Bunny volvió a enamorarse de Buenos Aires: las historias y el mensaje que compartió en sus redes
-
Zivals celebra sus 55 años con un mural monumental de Martín Ron dedicado a Charly García
-
San Juan Nepomuceno: el mártir del secreto de confesión y guardián de la lengua