El niño de la calesita alza la mano sobre el caballo. La madre espera mientras las andanzas de Vito Dumas, la misteriosa Casona Olivera o la cancha de Vélez Sarsfield que nunca será se continúan en las frondosas savias coloridas del entretiempo callejero, con la pelota Pulpo, y en la actualidad sin plasma y sin trabajo. Arde pelota de goma dura rebotando en el tiovivo porteño en “Escenarios de una Poética Silenciosa” de Pablo Temes en el Recoleta, un vistazo a la sinfonía cromática que transpira el mismo artista junto a los ciudadanos a pie. Instantáneas sintéticas al óleo y bocetos en carbonillas y lápices blandos de los últimos quince años, que se escurren registrados en sus desgarramientos y profecías. Contra el cinismo y la crueldad IA de la época, Pablo Temes pinta persuadido que su propia filosofía de la vida es superior a la vida de la filosofía.
“Inmersos en el piloto automático del día a día, estos cuerpos, ya híbridos en su naturaleza animal-humana, expone descarnadamente microhistorias de alienación y ensimismamiento donde probablemente nos encontremos” introduce la historiadora de arte Yamila Valeiras una recorrido en dos espacios del primer piso que se pueblan a trompicones de historias, juegos, leyendas y ceremonias. Sin embargo la nostalgia hace un corte y una quebrada, y Temes, premiado caricaturista, ilustrador y director de Arte de Perfil en los últimos cuarenta años, hace presente lo ausente con una línea que piensa. “Siempre me interesó las formas, miraba de pibe en escorzo los autitos para descomponerlos, con la intención de que cuenten algo, digan algo, no sean simplemente disparadores de un ejercicio formal o un gozo estético. Cuando ilustrás, cuando pintás, tenés que agarrarte de algunas cosas de la realidad, no podés dibujar cualquier cosa. Si estás hablando de una canoa que va por el río Paraná, en algún momento tiene que aparecer el agua. A pesar de que Matisse decía que lo que tiene que hacer un ilustrador de un texto no es reproducir lo que dice el texto, sino interpretarlo y enriquecer ese texto, con otro lenguaje, hay que mostrar necesariamente el afuera” comenta el artista que no reproduce, tampoco inventa, sino que capta las fuerzas y fantasmas que pujan la realidad. “La nave (A Fortunato Lacámera)” (2013) y “La luz del oeste” (2024), dos piezas que reciben a los visitantes, “en los cuales pienso, yo no soy de los artistas solitarios que pintan para ellos solos, yo pinto para compartir un destino colectivo”, subraya Temes, proyectan los gozos y oscuridades de imágenes rutinarias, aplastadas por el tren de los días, pero que contienen un resto iluminador detrás o debajo de ellas.
Frecuentemente comparado con Edward Hopper, a diferencia de su maestro reconocido con “St. Edward (Extraños en la noche)” (2020), el voyeurismo de Temes poco tiene de estrategia estética astuta sino que implica un dilema visceral con su tiempo. Incluso las disonancias cromáticas, asimilables con el fauvismo, no intentan la hermeticidad de otra de sus referencias, Gauguin, sino que proponen el terreno común del ojo y el estómago del buen vecino. Colorista en la senda de Raúl Russo, “alguna vez algún galerista importante al que yo llevaba a mi obra me decía, todavía sos muy Russo, ya vas a desprenderte de eso”, confiesa Temes, sus paletas tienen melodías que sabemos todos. “Hay contraste de color en mis pinturas pero hay primero un contraste de valor, o sea, hay una habitación donde aparecen unos claroscuros, el televisor manda una luz ahí, y el pico está entonces contra de la luz. Hay una jerarquización en la tela de los colores que quiero que lleguen primero al espectador, en un valor emocional, reconocible, comunitario”. En una de las últimas grandes pinturas, entre los 34 que se presentan, “Ciclistas: entre el placer y la esclavitud” (2021), los carriles separan auras de personajes que pedalean aparentemente autistas en sus mundos, suspendidos en una impoluta temporalidad, unidos por la misma privatopía imperante de maximizar cuerpos.
Niño carbonilla. La sala 13 tiene un cerebro mágico. Uno en el fogonazo de la pared del cuadro del mismo nombre, fugado en los sorbos del cálido tazón de chocolate y la pelota de cuero cocida a mano, y otro que permite adentrarse en la cocina del artista. De una manera diferente a las imágenes más cotidianas que aparecen en sus naturalezas muertas, con el trazo que espía en “Cacharros” (2022), o autorreferenciales, “Después del cierre” (2017), los bocetos en vitrina actualizan los inicios creativos del artista, en su lucha cuerpo a cuerpo, en papeles claroscuros. En Temes la forma contagia su temperatura al espacio, que a su vez la contagia con su luz.
“Tengo miles de hojas y cuadernos donde en un rato de descanso, en el tiempo libre del fragor y vértigo de la redacción y la editorial, voy boceteando en carbonilla, lo que me permite fácilmente ir difuminando y sombreando de acuerdo a mis sensaciones diarias, casi una crónica de mis estados de ánimo”, afirma Temes. Sumados los bosquejos a algunos estudios, coloreados con óleo o en acuarelas de lienzos mayores como “Pelo y barba” (2018), ponen en órbita el universo temesiano en miniatura, que es la presencia de una ausencia, la única forma de aquietar los fantasmas que lo habitan, el deseo de preservar la memoria y la historia.
Una vuelta más. Generaciones intermedias como la suya o la de Daniel Santoro, compinche en la curaduría de esta muestra en el Recoleta, estuvieron ambos en los márgenes en el arte argentino del proyectualismo vacuo y zafarrancho de las últimas décadas. En el futuro agitan menesundas y rosas guarangas pero compañero, quizá con menos tapas y flashes, pero en el también necesario compromiso del arte de atrapasueños, artistas en las orillas de los relatos canónicos, que encauzaron el río. Y contestan que el arte es otra cosa.
“la tarde va dejando/su estela de eternidad/y la melancolía en mí/va encontrando su lugar/voy mirando sin ver” los versos de musa mistonga de Rodolfo Edwards que podrían descifrar las intensidades que despiertan estos paisajes interiores, que se miran con los ojos del alma. Pablo Temes pinta, pone latido y gesto, pincel y espátula, en esfinges que son recuerdos desenterrados en las baldosas calientes de terracota del verano porteño y el aroma del pan francés olisqueado de chiquilín pateando adoquines. Allí donde hay elegía, el dolor de ya no ser, allí el sueño da vuelta en esa calesita, con todos a bordo, en la metafísica del pintor, que se ilusiona sortija del nuevo comienzo.
Ficha técnica
“Escenarios de una Poética Silenciosa” de Pablo Temes
Sala 13. Centro Cultural Recoleta. Junín 1930.
Hasta el domingo 7 de junio. Entrada: Gratuita.
¿Cuánto pesa la nostalgia?
La imagen es un constructo vital, tan primigenio como necesario. Tendemos a recordar mediante imágenes, soñamos a través de imágenes. Casi que no podemos evitar el hecho de tomar contacto diario con ellas, al punto de que nos invaden sin pedir permiso. En medio de ese caos de la visión, me gusta pensar en el artista como un superhéroe posmoderno que intenta protegernos de los excesos visuales que permanecen al acecho. Un héroe que crea imágenes capaces de combatir la tiranía del algoritmo.
Y ese modelo de artista que vive en mi pensamiento, y en el de tantos otros, tiene ya la obligación de desnudar el funcionamiento absurdo pero naturalizado de un mundo sin norte. Es el espía de una sociedad rota, que con su trabajo trata de remendar, aunque sin éxito, una herida que por su propia constitución se abre una y otra vez.
Pablo Temes es esa clase de artista. Un hombre que me permite creer en la práctica artística como un acto subversivo, y me afirma la convicción de que todavía se puede decir a través de la pintura. En tiempos de absoluta despersonalización, un pincel y unos cuantos óleos siguen siendo medios válidos para un señalamiento urgente.
¿Qué habrían pintado los precursores de la plástica argentina si les hubiera tocado vivir el primer cuarto del convulsionado siglo XXI?. Pablo ensaya una posible respuesta con la adaptación del ícono de Ernesto de la Cárcova, esta vez titulado Sin plasma y sin trabajo, situado en una calle cualquiera del microcentro porteño, cuando el espectáculo penoso de aquella emblemática ventana muta a la irrealidad de la tecnología, (des)reguladora de aquel espejismo que creemos accesible. Cabe también en su imaginario una nueva versión de la emblemática Usina de Pío Collivadino, con carros repletos de reciclables y esperanzas.
La exposición reúne algunos de sus trabajos de los últimos 15 años, durante los que se empeñó en descifrar lo impredecible de la ciudad, bella allí donde nada se logra ver, y sus criaturas, esas que inconscientemente esperan ser miradas y reconocidas. En su ruinosa y agitada existencia, las identidades que Pablo construye parecen apresadas en una cierta soledad, controlada, incluso compartida, pero no vivida en comunidad. Inmersos en el piloto automático del día a día, estos cuerpos, ya híbridos en su naturaleza animal-humana, exponen descarnadamente microhistorias de alienación y ensimismamiento donde probablemente nos encontremos.
Estas pequeñas narrativas existen ahora como realidad pictórica, porque el artista las vio, las midió, las encuadró y las tiñó en un colapso temporal, como arropadas de un pasado que rescata la épica de lo cotidiano, la vitalidad más entusiasta junto a lo espectral de un planeta deshumanizado. La pausa de un café, las historietas en la vereda, medio kilo de figacitas… ¿serán reposos a punto de prohibirse? ¿Se hundirá definitivamente la inocencia de la infancia en las orillas de una calesita?
Si es cierto que, a través de sus interrelaciones humanas, las obras de arte se engrosan en el espacio y en el tiempo, quizá sea posible que imágenes como las que Pablo ofrece nos reconecten con aquella melancolía productiva, y nos devuelvan la fortaleza perdida, o la brújula para hallarla. Gracias, Pablo, por hacer que nuestro conflictivo y accidentado entorno nos resulte más soportable, por recuperar la intempestiva belleza del recuerdo… Gracias por salvarnos de nuestra propia fragilidad.
Yamila Valeiras
Historiadora de Arte