Aquel día de mayo
Era el mes de mayo. Jean, que desestimaba la lógica de los husos horarios y el desfase de las estaciones en diferentes partes del mundo, en su rol de literato y con toda la ingenuidad de quien nunca ha salido de su ciudad, creía estar llegando a un verano austral. Había soñado con el calor exótico del hemisferio sur y, estupefacto y contrariado en sus fantasías, desde el puente del Massilia descubría la Argentina bajo otros presagios. Mal protegido bajo un toldo del transatlántico, empapado por la lluvia torrencial, miraba con consternación cómo los embarcaderos de Buenos Aires se cubrían de un agua apenas menos turbia que la del inmenso río sobre el cual navegaba.
En pleno océano, de hecho, se había imaginado cómo sería la llegada al estuario más grande de América, la unión salvaje del Paraná y del Uruguay. Se había inventado una Argentina amorosa, cariñosa y sublime, a imagen y semejanza de las aguas del Río de la Plata. Río de plata... Como el nácar de los peces relucientes del Atlántico que saltan las olas, o como el manto de un hada. Río de la Plata… Desde la proa del barco, a cada hora del día, buscaba su porvenir hasta perderlo de vista: era una estrella la que aparecía. La Argentina, un espejismo con destellos de piedra lunar. El Plata... Jean sucumbía al encanto de ese nombre.
El río, cuyas aguas ensuciaban el casco del transatlántico, resultó ser un lodazal, profundo y móvil como el océano, pero opaco y amarillo como el barro. El Plata comenzaba en ese pantano animado por las olas. El cielo bajo oprimía la masa urbana con un pesado manto de plomo. No había sol. Jean ya no sentía el olor a yodo. La ciudad se alzaba, inmensa, envuelta en espesas neblinas. [...]
Cuando el Massilia echó ancla en el puerto de Buenos Aires, Jean solo pensaba en una cosa: alejarse lo más rápido posible del río engañoso donde el transatlántico se hundía en el barro, desdibujando el espejismo del Plata. Sin embargo, tuvo que esperar mucho tiempo en el lugar, retenido por las formalidades aduaneras entre la gente ubicada a la entrada de la Dirección Nacional de Migraciones. Estaba apiñado con los demás, como ganado, agobiado entre los niños, los paquetes, las aves enjauladas y dos ovejas aterrorizadas que un campesino agarraba del cuello. Los balidos resonaban en todos los rincones de la inmensa sala, expresando una angustia singular, tan humana como los llantos de los niños, reflejo de la desesperación de aquellos hombres y mujeres desarraigados de Europa. El desorden era tal que los aduaneros se abrían paso con lo que parecía un bastón blanco, similar al de los gendarmes de Francia, que Jean imaginaba se usaba para guiar a los animales dándoles golpecitos en la grupa.
Impaciente por figurar en el registro de inmigración, Jean esperó su turno cerca de una ventana sucia y empañada. Con el dedo, dibujó un ojo de buey como el de su cabina y miró hacia afuera cómo desembarcaban los pasajeros argentinos bajo una lluvia grisácea. Vio pasar, como en un sueño lejano, las siluetas de las personas que había conocido a bordo. Fue un desfile de impermeables oscuros y abrigos que desdibujaban aquellos rostros familiares. Goldberg sostenía a Sarah, bajo un paraguas negro como un hongo venenoso, mientras los pies de la joven danzaban entre los charcos. Un chofer, con gorra azul de marinero, acompañó a Marta y Bonnie desde la pasarela hasta el Renault exageradamente alargado, cuyos cromos brillaban a pesar de la grisura del día. Los Campbell, él con un tartán escocés y ella con un traje rosa para desafiar al clima, se dirigieron hacia el parque Colón, donde se erguía la estatua que dominaba el puerto. Jean sentía la más amarga de las nostalgias. Atrapado entre los pobres, tuvo que soportar el espectáculo de las llegadas de los otros, tan suaves y cómodas, de esas puertas y paraguas que se abrían como por arte de magia ante una señal, o con un simple deseo expresado al chofer de gorra con estrellas. Pero la envidia no era nada comparada con la decepción que corroía su corazón: no poder acompañar a Marta en ese cabriolet negro, apretarle el brazo, acariciar el abrigo de cibelina o seguir la silueta rosa que avanzaba de a pasitos hacia el bronce de Cristóbal Colón. Del otro lado del sucio cristal, se prometió una vez más conquistar a una u otra. [...]
Una vez que consiguió los sellos de la aduana y de migraciones, partió a su vez con paso decidido bajo la lluvia. Las brumas en movimiento le bloqueaban el horizonte. (…). Buenos Aires era rectilínea, trazada con precisión, pero Jean aún no pensaba en explorar su geografía. Estaba libre y las aceras se movían como si la ciudad levantara olas, como si aún habitara el Massilia o quizás Roubaix en los días de bombardeo, cuando la tierra reverberaba con las sacudidas del frente.
“Más grande que Roubaix, mucho más grande”, se decía mientras admiraba el ancho de las calles.
Toda una vida en la Argentina comenzaba para él aquel día de mayo bajo la lluvia. Aunque estaba por comenzar el invierno, Jean pensó que París, que no conocía, debía de parecerse a Buenos Aires.
*Autora de Argentina, editorial Hoja por Hoja (fragmento).