El complejo arte del cortejo y la seducción del siglo XIX que Netflix revivió en Bridgerton
Entre bailes de la alta sociedad y cartas secretas, el cortejo en la Regencia era un deporte de alto riesgo. Así eran las reglas de hierro que Netflix suaviza en su serie más exitosa.
Con el regreso de Bridgerton a Netflix, el público global vuelve a sumergirse en un mundo de bailes fastuosos, miradas robadas y romances que desafían las convenciones. Sin embargo, la realidad del Londres de la Regencia (1811-1820) era un campo de batalla mucho más árido y reglamentado de lo que la ficción permite mostrar.
En aquel entonces, el galanteo no era un juego de seducción libre, sino un sistema de transacciones sociales y económicas donde la reputación de una mujer era una moneda de cristal: extremadamente valiosa pero imposible de reparar una vez rota.
En la sociedad del ton, el cortejo estaba diseñado para garantizar que la propiedad y el linaje se mantuvieran dentro de los círculos adecuados. Las debutantes, esas jóvenes que como Daphne o Eloise son presentadas ante la Reina, entraban en un "mercado matrimonial" que duraba apenas unos meses —la "Temporada"—, donde cada gesto, palabra y baile era analizado por las "patronas" de la sociedad con una lupa implacable.
El baile en el Londres de la Regencia: el único espacio de contacto
En una era donde una joven no podía estar a solas con un hombre que no fuera un pariente cercano, los bailes eran los únicos espacios donde el coqueteo era físicamente posible. Pero incluso allí, el contacto estaba estrictamente coreografiado. No se trataba de bailar por placer, sino de exhibir gracia y, fundamentalmente, de poder hablar sin testigos inmediatos.
El club Almack’s era el epicentro de este ritual. Entrar allí requería un pase de las "Damas Patronas", un grupo de aristócratas que actuaban como los árbitros definitivos de la moralidad. Si un caballero lograba que una de estas damas le presentara a una joven, el primer paso del cortejo estaba dado.
Rees Howell Gronow, en sus crónicas sobre la vida social de la época, describió la atmósfera casi religiosa de estos encuentros: "Las Damas Patronas de Almack’s eran las árbitros de la moda y de la sociedad en Londres; su sonrisa era la felicidad, su desprecio la ruina social. Un caballero no se atrevía a bailar con una dama sin una presentación formal previa por parte de una de estas deidades".
La regla de oro era que una pareja no podía bailar más de dos sets (unos 30 minutos por set) en una misma noche. Hacerlo era equivalente a un anuncio público de compromiso. En la serie vemos a los protagonistas bailar noche tras noche; en la realidad, eso habría generado un escándalo que la columna de chismes de Lady Whistledown —inspirada en los "panfletos de escándalos" reales como The Female Jockey Club— habría despedazado en horas.
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Dado que el diálogo directo era limitado, el coqueteo se trasladaba a canales no verbales. El uso del abanico es el ejemplo más citado: un abanico cerrado apoyado en la mejilla derecha significaba "sí", mientras que pasarlo por la frente indicaba "estamos vigilados". Sin embargo, el recurso más potente era la carta. Las cartas de amor en la Regencia eran documentos peligrosos. Recibir una carta de un hombre sin estar comprometida era una falta de decoro gravísima.
Jane Austen, en su correspondencia privada, captura perfectamente la tensión entre el deseo de comunicación y la necesidad de mantener las apariencias. En una carta de 1808, reflexiona sobre la conducta de un pretendiente y la fragilidad del interés masculino: "Nada es más común que un hombre esté un poco enamorado, pero nada es menos común que tenga la constancia de seguir estándolo sin ninguna esperanza o estímulo por parte de la dama".
Este "estímulo" debía ser tan sutil que fuera imperceptible para las carabinas —las chaperonas— que seguían a las jóvenes hasta a los paseos en carruaje por Hyde Park. El coqueteo era, en esencia, el arte de decir todo sin decir nada.
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Sexo, doble moral y el costo del escándalo
Mientras la serie de Netflix explora la sexualidad con una lente contemporánea y empoderada, la realidad para las mujeres de la aristocracia era de una ignorancia casi total. La educación sexual era inexistente; se esperaba que las jóvenes llegaran al matrimonio sin saber absolutamente nada de lo que ocurriría en la noche de bodas. Cualquier "desliz" previo significaba el ostracismo total: la mujer era enviada al campo, borrada de las invitaciones y, a menudo, repudiada por su familia.
Para los hombres, la historia era otra. La Regencia fue una era de libertinaje masculino desenfrenado. Mientras las debutantes tomaban té, sus hermanos y padres frecuentaban burdeles de lujo o mantenían amantes en casas de campo. El propio Príncipe Regente era el modelo de esta conducta disoluta. Los manuales de la época, como The Epicure's Almanack, daban cuenta de una ciudad donde el placer masculino se compraba abiertamente.
El Capitán Gronow relata con cinismo la hipocresía que reinaba en los clubes masculinos de St. James: "Los hombres de la alta sociedad pasaban sus noches en el juego y en compañías que no se podían mencionar en un salón, solo para presentarse a la mañana siguiente en Hyde Park con la apariencia de los más perfectos caballeros".
Esta brecha entre la virtud femenina y la licencia masculina es lo que genera la tensión dramática que tanto gusta en la pantalla, pero en la vida real, las consecuencias para las mujeres eran devastadoras. Un embarazo fuera del matrimonio no era un giro argumental emocionante; era la muerte civil.
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El compromiso: el contrato final
Cuando un caballero finalmente se decidía, el proceso no era una propuesta romántica bajo la lluvia, sino una negociación entre hombres. El pretendiente pedía permiso al padre de la joven y se discutían los "settlements: cuánto dinero aportaría la novia como dote y qué renta le aseguraría el marido en caso de viudez.
Una vez anunciado el compromiso, las reglas se relajaban mínimamente. La pareja podía pasear a solas (siempre a la vista de otros) y escribirse con libertad. Pero incluso entonces, el contacto físico se limitaba, como mucho, a un beso en la mano o un abrazo casto. La pasión desbordante que Netflix retrata en bibliotecas y jardines pertenece más al género de la novela romántica moderna que a los archivos históricos de la calle Grosvenor.
La Regencia fue, en definitiva, una época de una belleza visual exquisita que funcionaba como un corsé para las emociones humanas. Detrás de cada vestido de muselina y cada carruaje brillante, había una vigilancia constante y un manual de etiqueta que buscaba domar el instinto. Aunque Bridgerton regala la fantasía de los amores posibles, la historia recuerda que lo que solía vencer era el protocolo.
ds
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