Una apuesta cultural contra la lógica de la repetición
Volver a lanzar Enjambre hoy, catorce años después, no es un gesto nostálgico. En 2012, junto a Victoria Schcolnik, abrimos un espacio porque nos interesaba pensar la escritura desde otros lugares: por fuera de lo comunicacional, de lo meramente literario. Pero también porque nos habíamos cansado de que los espacios de circulación cultural se parecieran demasiado a sí mismos: las mismas programaciones, los mismos nombres, las mismas conversaciones una y otra vez. En ese momento todavía existía la ilusión de que bastaba con “hacer algo distinto” para que lo distinto encontrara su lugar. Hoy esa ilusión es más frágil, porque la repetición pasó a ser una arquitectura y, aunque suene contradictorio, una manera de sostenerse en la visibilidad.
Pienso que eso sucede porque la cultura, en gran medida, se organiza bajo una lógica de reproducción. No solo por lo que se programa, sino por cómo circula: plataformas que recomiendan lo ya recomendado, lenguajes que se copian para no perder alcance, obras pensadas para funcionar en el feed de una red social antes que en un cuerpo. El algoritmo no es una herramienta neutra: es una política de la atención. Define qué merece aparecer, cuánto dura lo visible, qué se premia y qué se abandona. Y cuando la atención se administra desde afuera, el gesto íntimo, vital, empieza a deteriorarse: leemos más y recordamos menos; miramos más, pero olvidamos más rápido.
Por eso Enjambre intenta recuperar condiciones para la experiencia. No “más contenido”, sino un modo de estar con lo que vemos, leemos y escuchamos. Curaduría humana y tiempo. Una plataforma que no te empuja, que no interrumpe, que no te persigue. Un espacio donde la deriva no es dispersión, sino método: entrar, permanecer, salir con otra cosa en el cuerpo. Talleres, microcine, podcasts, entrevistas, ejercicios, lectura. No como loop, sino como ecosistema de ritmo, de respiración.
Enjambre también abre una zona de exploración con tecnologías nuevas —incluida la inteligencia artificial—, no como fetiche ni como promesa de eficiencia, sino como gesto político. Tomar esas herramientas y usarlas a contrapelo: parasitarlas. Hacerlas trabajar para algo que no está en la raíz de su razón de ser. Donde suelen optimizar, acelerar y estandarizar, Enjambre busca desviar, ralentizar, singularizar, volver extraño lo dado. De ahí salen las miniseries, el microcine y la suite poética: no como “innovación” en el sentido del mercado, sino como práctica de fuga.
En estos años el campo cultural se precarizó en silencio. Se multiplicaron las ofertas, pero se achicó el tiempo para sostener procesos. Y mucha gente —lectores, escritores, artistas— queda sola, sin un lugar donde ensayar, equivocarse, volver a intentar. Espacio Enjambre quiere ser ese lugar intermedio: ni academia ni red social; un taller extendido, una sala de escucha, una biblioteca sonora, visual y viva. Un lugar donde lo político no sea un eslogan, sino una decisión de diseño cultural: sostener un territorio donde la calidad no sea un lujo, donde la comunidad no sea performance, donde el vínculo no sea métrica.
Comunidad creativa, acá, significa que el trabajo del otro no sea un “contenido” que se consume y se olvida, sino una presencia que nos afecta: leer y ser leído, mirar y conversar, escribir y compartir sin la obligación de gustar ni la ansiedad de competir. Un lugar donde el vínculo no se mide: se sostiene. Y donde la singularidad no se aplana: se cuida.
Enjambre no viene a competir por la atención; viene a devolverla. A proponer un modo de circulación donde el deseo no sea capturado por la urgencia, donde el tiempo no sea un enemigo. Catorce años después, ya sin Victoria Schcolnik como coequiper, el motivo es el mismo, pero el contexto es más áspero. Justamente por eso: porque cuando todo se parece demasiado, volver a crear un espacio propio deja de ser un capricho y se vuelve una necesidad.
*Escritor, docente y creador de Enjambre Comunidad Creativa.
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