China, ¿sin bebés?: incentivos, impuestos y una natalidad en mínimos históricos
Diez años después del fin del hijo único, el gigante asiático despliega subsidios, beneficios fiscales y cambios impositivos para revertir la caída de nacimientos, sin resultados visibles.
Una década después de haber puesto fin a la política del hijo único, China enfrenta una de las crisis demográficas más profundas de su historia reciente. Pese a una batería cada vez más amplia de incentivos —que incluye subsidios en efectivo, beneficios fiscales y gravámenes indirectos a los anticonceptivos—, los legisladores no logran frenar la caída de los nacimientos ni revertir la tendencia al envejecimiento poblacional. Para impulsar la natalidad, el Partido Comunista Chino ha recurrido a todos los instrumentos a su alcance, desde campañas que presentan el parto como "un acto patriótico" hasta medidas que buscan influir en los recién casados y encarecer el acceso a preservativos.
Las últimas estadísticas oficiales confirmaron que la población china volvió a disminuir en 2025 por cuarto año consecutivo. El país cerró el año con 1.404 millones de habitantes, casi tres millones menos que en 2024, en un contexto en el que por cuarto año seguido las muertes superaron a los nacimientos. Según datos del gobierno, en 2025 nacieron 7,92 millones de bebés, frente a los 9,54 millones del año anterior, mientras que las defunciones ascendieron a 11,31 millones. Estas cifras fueron difundidas junto con los datos económicos que mostraron un crecimiento del 5% del PBI durante el mismo período.
La tasa de natalidad más baja desde 1949
En ese escenario, la tasa de natalidad cayó a un mínimo histórico. El número de nacimientos por cada 1.000 personas descendió a 5,63, el nivel más bajo registrado desde la fundación de la República Popular China en 1949. Si bien el descenso de la natalidad es un fenómeno que afecta a numerosos países, en el caso chino adquiere una dimensión particular por el tamaño de su población y por el impacto que esta tendencia tiene sobre su futuro económico y social.
El pequeño aumento registrado en 2024 no logró consolidarse y fue rápidamente neutralizado por los datos posteriores. De hecho, tras siete años consecutivos de caída hasta 2023, la tendencia descendente de los nacimientos volvió a acentuarse.
China, que durante décadas fue el país más poblado del mundo, perdió ese lugar en 2023 al ser superada por India, y hoy exhibe las tensiones propias de una economía en transición que, según la definición de los especialistas, “envejece antes de enriquecerse”.
Desde 2015, cuando se habilitó tener dos hijos, y luego en 2021, con la ampliación a tres, el gobierno chino intentó revertir el impacto de décadas de control estricto de la natalidad. Sin embargo, las políticas pronatalistas no lograron modificar el comportamiento de las familias.
En julio pasado, las autoridades anunciaron subsidios de 3.600 yuanes (unos 500 dólares) por hijo, además de exenciones impositivas para jardines de infantes, guarderías y servicios de búsqueda de pareja. En paralelo, los anticonceptivos dejaron de estar exentos de IVA, y desde enero de 2025 los preservativos pagan un impuesto del 13%, una medida que generó polémica dentro y fuera del país.
También se eliminaron impuestos que gravaban a las casamenteras, en un intento por fomentar los matrimonios, mientras se multiplicaron campañas oficiales que promueven la crianza como un deber social. Para la mayoría de las familias, sin embargo, el problema no pasa por los incentivos puntuales. El alto costo de vida, la vivienda, la precarización laboral y la presión educativa siguen siendo los principales obstáculos.
“Son problemas estructurales mucho más difíciles de abordar: el acceso al trabajo, la estabilidad, las expectativas educativas y el inicio de la vida adulta”, explicó Stuart Gietel-Basten, director del Centro para la Ciencia del Envejecimiento de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, al sitio POLITICO. “Será muy difícil lograr un cambio significativo en el número de nacimientos hasta que estos factores se resuelvan”.
Según un análisis de The New York Times, el profesor Wu Fan, de la Universidad de Nankai, advirtió que China atraviesa “un grave desafío” como consecuencia de una tasa de fertilidad extremadamente baja, mientras que el sociólogo Wang Feng, de la Universidad de California en Irvine, señaló que los incentivos monetarios rara vez logran modificar las decisiones reproductivas.
A esto se sumó en 2025 un elemento cultural: fue el año de la serpiente, tradicionalmente considerado poco propicio para tener hijos según el horóscopo chino. Una creencia que, aunque no decisiva, suele aparecer en el imaginario social.
Una fertilidad muy por debajo del reemplazo
Si bien China no publica con regularidad su tasa de fertilidad, la última estimación oficial —de 2020— la ubicaba en 1,3 hijos por mujer. Los especialistas calculan que hoy ronda en 1, muy lejos del 2,1 necesario para mantener estable el tamaño de la población en el largo plazo.
El resultado es un rápido envejecimiento poblacional. Actualmente, 323 millones de personas tienen más de 60 años, lo que representa el 23% de la población total, mientras que la población en edad laboral continúa reduciéndose.
El giro demográfico ocurre en un momento clave para la economía china, que intenta dejar atrás un modelo basado en mano de obra intensiva para avanzar hacia una economía de consumo y alta tecnología. “La mayor preocupación es si el crecimiento económico puede sostenerse con una población en descenso”, señaló Gary Ng, economista senior para Asia-Pacífico del banco Natixis. Aunque China reportó un crecimiento del 5% en 2025, varios analistas anticipan una desaceleración en los próximos años.
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En ese escenario, el país enfrenta reformas inevitables, entre ellas la del sistema previsional y la ampliación de la base impositiva para sostener el gasto público asociado al envejecimiento.
Una problemática ¿sin solución inmediata?
En paralelo, las autoridades locales respondieron al llamado de Xi Jinping a construir un “nuevo tipo de cultura del matrimonio y la procreación” con medidas que generaron rechazo entre los jóvenes, como el seguimiento de ciclos menstruales y directrices para reducir abortos no médicos. Lejos de generar adhesión, muchas de estas iniciativas fueron recibidas con ironía o desinterés en redes sociales, donde abundaron comentarios que comparaban el costo de los preservativos con el de criar un hijo. Varios de esos mensajes fueron posteriormente eliminados por los censores estatales.
A diez años del fin del hijo único, China se encuentra atrapada en una paradoja: promueve nacimientos que la sociedad ya no está dispuesta —o no puede— asumir. Ni los subsidios, ni los beneficios fiscales, ni los cambios impositivos parecen suficientes para revertir una transformación profunda en las expectativas de vida, el trabajo y la familia. Mientras tanto, los números siguen marcando el pulso de una transición demográfica que amenaza con redefinir el futuro económico y social del gigante asiático.
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