Guerra comercial y liderazgo en disputa

EE.UU. erosiona la alianza con Europa: fin del matrimonio automático e incondicional

Durante décadas, la relación entre Estados Unidos y la Unión Europea fue presentada como una alianza natural, sostenida en valores compartidos, cooperación económica y coordinación estratégica. Pero bajo la segunda administración de Donald Trump, ese vínculo dejó de ser un ancla de estabilidad para convertirse en una fuente de incertidumbre. Especialistas consultados por PERFIL advierten que el lazo transatlántico atraviesa una erosión profunda, que empuja a Europa a revisar su dependencia de Washington.

Foto partida. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, quiere más autonomía. Foto: cedoc

Donald Trump regresó a la Casa Blanca decidido a reinstalar una lógica de presión permanente: golpear primero para negociar después. Desde el inicio de su segundo mandato, convirtió los aranceles en una herramienta central de poder. Con rivales de peso similar, como China, forzó negociaciones, aunque no sin costos: Beijing respondió con una escalada que obligó a Washington a moderar su ofensiva. En cambio, países y bloques de menor peso enfrentaron subas generalizadas del 10% y quedaron a la espera de acuerdos bajo condiciones impuestas por  Washington.

La Unión Europea (UE), históricamente el principal socio militar, comercial y estratégico de EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en uno de los blancos preferidos de esta nueva política exterior.

Primero fue la presión para que los países europeos de la OTAN elevaran su gasto militar al 5% del PBI. Luego, la ofensiva arancelaria. Más recientemente, la disputa en torno a Groenlandia terminó de cristalizar la etapa de cortocircuito que la alianza atlántica atraviesa.

La especialista en Comercio Internacional, Julieta Zelicovich advierte que la relación atraviesa un deterioro profundo. “Durante décadas se habló de la existencia de una alianza transatlántica, un vínculo de cooperación estrecho entre EE.UU. y la UE, y bajo este mandato de Trump ese vínculo se ha erosionado a tal punto que Europa ve con recelo las acciones de EE.UU.”, señaló a PERFIL.

Según explica, hoy la relación combina cooperación y conflicto. EE.UU. empieza a ser percibido como un actor que “conflictúa los intereses europeos y no hace sinergias positivas”. Ese giro empujó a “reevaluar estrategias de vinculación”, lo que se traduce en una lógica de “geometría variable”: Europa busca diversificar socios y agendas, reduciendo su dependencia de EE.UU. en áreas sensibles, como lo comercial.

Los líderes europeos comenzaron a endurecer su posición en los últimos meses. Urgidos por la guerra en Ucrania y conscientes de sus limitaciones militares frente a Rusia, necesitan el respaldo de la OTAN, pero al mismo tiempo buscan reducir su vulnerabilidad.

En ese marco, Zelicovich señala que “esto ha llevado a que Europa fortalezca sus capacidades institucionales para tener mecanismos de respuesta rápida”. Menciona como ejemplo la crisis en torno a Groenlandia, cuando la UE avanzó “con mucha más agilidad que en crisis anteriores” en la preparación de una eventual contrarrespuesta comercial. Aunque esas medidas finalmente no se aplicaron, advierte que este tipo de episodios “daña el vínculo birregional” y “genera un cambio en el modo de hacer política de Europa”.

La Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, reconoció esta semana que “EE.UU. seguirá siendo el socio y aliado de Europa. Pero Europa debe adaptarse a las nuevas realidades”.

El analista internacional Damián Szvalb interpreta esta dinámica como parte de una estrategia deliberada. Según explica, Trump hoy “combina lo que él denomina un discurso de ‘pacificación internacional’, pero con una diplomacia de presión constante”, señala a este diario.

Sin embargo, advierte que los resultados son desiguales: Rusia logró sostener su agenda en Ucrania pese a las presiones de Washington, mientras que China respondió a la suba de aranceles con represalias en sectores estratégicos, como las tierras raras, dejando en claro que también puede escalar la disputa.

Para Zelicovich, la estrategia de Trump no solo tensiona la relación con Europa, sino que tiene consecuencias para el propio liderazgo estadounidense. “El principal costo que paga EE.UU. con estas acciones es reputacional, un costo sobre su liderazgo”, sostiene. Desde los estudios de interdependencia, explica, cuando la potencia líder utiliza mecanismos coercitivos sobre redes de cooperación, genera incentivos para que sus socios diversifiquen vínculos y construyan mecanismos de resguardo.

Szvalb coincide en que no se trata de una turbulencia pasajera. “Europa se da cuenta que debe tener una buena relación con EE.UU., pero no puede sostener su dependencia”. El regreso de Trump al poder y la guerra en Ucrania, señala, reabrieron para los europeos la posibilidad de un conflicto de gran escala en el continente y obligaron a repensar su posición estratégica.

Esa percepción también fue explicitada por Kallas, quien advirtió que los cambios en la relación con EE.UU. son “estructurales, no temporales”, y alertó sobre los riesgos de seguir externalizando la seguridad en una nueva era marcada por “políticas de poder coercitivas”.