Opinión

El Vaticano habla, el Papa firma

Pontificado. El papa León XIV suele expresar fuertes posturas respecto a derechos humanos. Foto: AFP

El Papa es una cara. El Vaticano, en cambio, tiene memoria, archivos, bancos, diplomáticos, abogados, teólogos, espías de sotana y una paciencia que las democracias desconocen. Conviene no confundir una cosa con la otra.

El Papa aparece. El Vaticano actúa. Cada tanto se abre una puerta, sale un hombre vestido de blanco y el mundo se precipita a interpretar sus gestos. Si sonríe, hay apertura. Si frunce el ceño, preocupación. Si abraza a alguien, acercamiento histórico. Si no lo abraza, crisis. Se estudian sus manos, sus silencios, sus zapatos, el lugar donde se sienta y hasta la cantidad de segundos que dura una audiencia. La política internacional convertida en lectura de borra de café. Mientras tanto, el Vaticano trabaja.

Nos gusta imaginar que el Papa piensa. Es una superstición simpática. “El Papa piensa que…”, dicen los diarios, y a continuación aparece alguna consideración sobre la guerra, la pobreza, los migrantes, la familia, el clima o la inteligencia artificial. Como si el hombre hubiese pasado la noche dando vueltas por su habitación, hubiese tenido una revelación y por la mañana hubiese pedido papel y lápiz. No funciona así.

Un Papa recibe informes redactados por gente que recibe otros informes redactados por otra gente. Escucha a funcionarios que llevan décadas aprendiendo el arte de no decir exactamente lo que dicen. Lee discursos escritos, revisados, corregidos, equilibrados y esterilizados hasta que cada palabra adquiere esa consistencia particular del lenguaje vaticano: parece decir muchísimo y casi nunca permite saber cuánto acaba de decir. Después el Papa habla. Y todos escriben: “El Papa dijo”. La operación es perfecta.

También firma encíclicas. Eso produce una ilusión todavía más hermosa: el Papa escritor. Podemos imaginarlo inclinado sobre el escritorio, tachando una frase, dudando entre dos adjetivos, buscando desesperadamente una cita de San Agustín. En realidad, detrás de un documento pontificio importante hay teólogos, consultores, especialistas, secretarios, traductores, canonistas y funcionarios. El Papa interviene, corrige, aprueba, orienta, puede dejar su marca. Finalmente firma. Pero la firma tiene una virtud milagrosa: borra a todos los que escribieron antes. Desde ese momento lo escribió él. Es una de las transubstanciaciones menos estudiadas de la Iglesia.

Con los discursos ocurre algo parecido. El pontífice llega al atril y pronuncia una de esas frases destinadas a circular inmediatamente por las redes: “Debemos construir puentes”, “nadie se salva solo”, “la paz exige valentía”, “el mundo necesita esperanza”. El público suspira. Los periodistas anotan. Las agencias distribuyen. Durante unas horas la humanidad dispone de una nueva frase profunda para acompañar una fotografía del Papa mirando hacia una ventana. Es difícil imaginar una maquinaria de comunicación más eficaz.

El Papa no necesita decir algo nuevo. Necesita decir solemnemente algo reconocible. Su función es administrar gravedad. Lo que en boca de cualquier vecino sonaría a consejo de calendario adquiere, pronunciado desde San Pedro, el peso específico de una revelación.

También está la fotografía. La fotografía quizá sea el instrumento político más poderoso del Vaticano. Presidentes que jamás pisan una iglesia hacen fila para conseguirla. Dictadores, liberales, socialistas, conservadores, empresarios, sindicalistas: todos conocen el precio de una imagen junto al hombre de blanco. Después cada uno vuelve a su país y utiliza la foto como le conviene. “Hablé con el Santo Padre.” Lo dicen con una expresión que sugiere que entre ambos resolvieron el destino de Occidente. Probablemente hablaron veinte minutos. No importa.

El Vaticano vende algo que casi nadie más puede ofrecer: legitimidad sin necesidad de explicarla. El Papa no tiene que apoyar a un gobernante. Le alcanza con aparecer a su lado. Después la interpretación hace el resto.

Por eso resulta ingenuo discutir demasiado acerca de si un Papa es de izquierda o de derecha, progresista o conservador, simpático o antipático. Es como discutir el carácter del portero de un edificio creyendo que de él depende la escritura de propiedad.

El Papa puede tener ideas propias, claro. Puede impulsar cambios, frenar otros, elegir colaboradores, favorecer determinadas líneas. Pero está sentado encima de una organización que lleva cerca de dos mil años aprendiendo a sobrevivir a sus propios jefes.

Eso también explica una característica extraordinaria del Vaticano: nunca tiene apuro. Los gobiernos duran tres o cuatro años. Los ministros, a veces cuatro meses. Los papas también mueren. La Iglesia espera. Puede perder una batalla y conservar el archivo. Puede equivocarse durante un siglo y corregirse en el siguiente. Puede condenar una idea, rehabilitarla, reinterpretarla y terminar organizando un congreso en su honor. Tiene un instrumento político que ningún gobierno democrático posee: tiempo ilimitado. El Papa, en ese mecanismo, es indispensable y secundario. Indispensable porque alguien debe encarnar el poder. Secundario porque el poder seguirá allí después de él.

Tal vez por eso la Iglesia produjo una de las imágenes políticas más inteligentes de la historia: un solo hombre vestido completamente de blanco delante de una institución casi invisible. Todos miramos al hombre. La institución mira cómo lo miramos.