MAGA entra en guerra
Hace 10 años, Donald Trump derrotó a Hillary Clinton y ganó la presidencia de Estados Unidos en gran medida gracias a sus críticas a la imprudente guerra de Irak y al establishment político responsable de ella. Los neoconservadores del presidente George W. Bush llevaron al país a un atolladero, malgastando sangre y dinero estadounidenses, y Clinton, mientras ocupaba un escaño en el Senado de Estados Unidos, la había apoyado. Trump prometió poner a Estados Unidos primero manteniendo al país al margen de costosas “guerras eternas”.
Luego, tras su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump se convirtió en el primer político de la historia en reclamar el Premio Nobel de la Paz. En otoño, afirmó haber puesto fin personalmente a “ocho guerras en solo ocho meses”. Pero el premio fue a parar a la líder de la oposición venezolana María Corina Machado. Despreciado, Trump se convirtió en un belicista, interviniendo en Venezuela y secuestrando a su presidente en enero, y, junto con Israel, entrando en guerra contra Irán.
Trump parece haber dado por sentado que, al igual que en Venezuela, eliminar a los principales líderes políticos y militares de Irán –sobre todo al líder supremo Alí Jamenei y a figuras como Alí Larijani– derrocará o neutralizará al régimen de la noche a la mañana. Cuando Irán respondió, en cambio, cerrando el estrecho de Ormuz y atacando infraestructuras críticas en todo Oriente Medio, Trump se vio envuelto en una guerra de atolladero instantánea, sin objetivos claramente definidos y sin estrategia más allá de ilusiones.
Una vez más, las duras e implacables realidades de Oriente Medio alcanzaron a un presidente estadounidense que entró en guerra bajo la ilusión de la omnipotencia de EE.UU. El régimen iraní no solo ha demostrado ser estable, sino que logró extender la guerra a toda la región (la “gasolinera de la economía mundial”) mientras disfruta de ingresos extraordinarios procedentes de sus propias exportaciones de petróleo, que se encuentran entre los únicos cargamentos que aún transitan por el estrecho. Como resultado, la “incursión” estadounidense-israelí contra la República Islámica se ha convertido en una crisis económica mundial y agrió el estado de ánimo político entre los votantes estadounidenses de cara a las elecciones de mitad de mandato de este año.
El régimen iraní sigue firmemente en el poder, sin intención de rendirse. Sobrevivir a un ataque a gran escala por parte de la superpotencia militar mundial y la potencia dominante en la región, al tiempo que conserva 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido y sus capacidades en materia de misiles y drones, sería un triunfo sin precedentes.
Del mismo modo, el fracaso de EE.UU. a la hora de reabrir el estrecho de Ormuz y garantizar el paso seguro de los envíos de petróleo y gas supondría una derrota muy visible, con implicaciones regionales y globales de gran alcance. Los rivales y adversarios de Estados Unidos tendrían la prueba del declive de la potencia hegemónica, lo que les daría luz verde para llevar a cabo sus propias “excursiones” de política exterior por todo el mundo.
Al igual que la guerra en Ucrania, la guerra con Irán pone de relieve una revolución en curso en las tecnologías y tácticas de combate. Los drones baratos, producidos en masa y desplegados con la ayuda de la IA, permiten ahora a potencias menores plantar cara a las tecnologías militares occidentales y rusas más avanzadas y costosas. El principio de la guerra asimétrica que llevó a Estados Unidos al fracaso en Irak y Afganistán se aplica ahora más que nunca: “Puede que tengáis los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo”.
Supongamos que Estados Unidos acaba siendo derrotado en el Golfo y que el régimen iraní permanece en el poder y mantiene el control de su programa nuclear. La influencia de la República Islámica en el Golfo se habrá reforzado de manera decisiva, y su control sobre la economía mundial será aún más férreo. A medida que continúe con sus programas nucleares y de misiles, la eliminación por parte de Israel de sus aliados regionales dejará gradualmente de tener importancia.
Europa, por su parte, sigue insistiendo en que la guerra de Trump no es su guerra. Pero fuera de Oriente Medio, es Europa la que soportará el peso de las consecuencias. Al igual que la guerra en Ucrania, esta se está librando a las puertas de Europa. Les guste o no a los europeos, están implicados en ella. La desestabilización prolongada de Oriente Medio afectará a su seguridad más que a la de nadie. A diferencia de China y Estados Unidos, Europa y el Mediterráneo oriental están al alcance de los misiles balísticos de Irán.
La Administración Trump entró en esta guerra haciendo caso omiso de las lecciones que Estados Unidos aprendió a base de golpes duros en Irak y Afganistán, y sin el más mínimo intento de coordinarse con sus aliados europeos. Al mismo tiempo, las señales de que Estados Unidos está retirando su apoyo a Ucrania se están volviendo imposibles de ignorar.
Con otra peligrosa crisis geopolítica desarrollándose a sus puertas, Europa se encuentra completamente sola. Los europeos tampoco deben ignorar las lecciones de la última década.
La seguridad genuina requiere hacer lo necesario para convertir a Europa en una potencia soberana por derecho propio.
*Exministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005. También fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
Copyright: Project Syndicate, 2026.
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