Neonazis y pandilleros, un factor perturbador en el ejército de EE.UU.
En las últimas décadas, la imagen del ejército de los Estados Unidos como una institución de profesionalismo técnico y valores democráticos se vio socavada por una realidad interna muy diferente. Una profunda investigación de Matt Kennard, que reflejó en su libro Irregular Army, muestra la incorporación a sus filas de elementos neonazis, supremacistas blancos y miembros de bandas criminales.
Este fenómeno no es accidental, sino la consecuencia directa de una crisis de reclutamiento prolongada y la priorización de la cantidad sobre la calidad ideológica. El núcleo de la tesis de Kennard reside en cómo las guerras recientes forzaron al Pentágono a una situación desesperada.
Según el periodista estadounidense, el problema comenzó alrededor de 2001, cuando EE.UU. se embarcó en las guerras de Irak y Afganistán.
El ejército estadounidense, explica, simplemente no contaba “con suficientes tropas para ocupar estos dos países a largo plazo y los planificadores lo sabían”. Como introducir nuevamente el servicio militar hubiese sido contraproducente políticamente, recurrieron a otros métodos: “Algo mucho más discreto y mucho más peligroso a largo plazo, bajaron los estándares de reclutamiento”, apunta.
Ante la imposibilidad de cubrir las cuotas de reclutamiento en conflictos impopulares y prolongados, el ejército recurrió a las llamadas “moral waivers” (exenciones morales).
Así se permitió el ingreso de individuos con antecedentes penales, desde delitos menores hasta crímenes violentos.
También se relajaron los requisitos de salud mental y los niveles educativos mínimos, y se ignoraron los tatuajes y las afiliaciones políticas radicales que, anteriormente, habrían sido motivo de descalificación inmediata por la peligrosidad que implicaba.
Ejército irregular. En una reciente entrevista que le hizo Le Grand Continent, Kennard señala que la presencia de elementos neonazis y supremacistas en las fuerzas armadas ha pasado de ser una anomalía a un problema estructural. El ejército ofrece a estos grupos algunos beneficios básicos.
“Veteranos supremacistas blancos me lo han contado ellos mismos: fueron reclutados sin que nadie les hiciera la más mínima pregunta sobre sus tatuajes. Nadie miraba o, mejor dicho, no querían mirar”, señala Kennard.
En esta dinámica, el Estado les fue proporcionando de forma gratuita entrenamiento táctico como instrucción en manejo de armas de alto calibre, explosivos y combate urbano. En paralelo, el uniforme les dio legitimidad con un aura de patriotismo que les sirvió de escudo frente al escrutinio público.
“Parece una distopía, pero el ejército estadounidense está profundamente infiltrado”, dice Kennard, y subraya que no habla de lobos solitarios, sino de células organizadas que ven al ejército como una academia para una futura guerra racial o el colapso del Estado.
“En el espacio de cinco o seis años, el ejército estadounidense se ha convertido en una esponja: entre los dos millones de estadounidenses que han servido en Irak y Afganistán, este ejército ha absorbido a decenas de miles de extremistas, delincuentes y miembros de bandas”, advierte.
Bandas criminales. Kennard documenta que no solo los supremacistas han aprovechado la relajación de controles. Bandas como los Bloods (pandilla callejera fundada en Los Ángeles), Crips (banda afro de California) y las Maras (organización criminal de Centroamérica) incentivan a sus miembros a alistarse en las Fuerzas Armadas estadounidenses.
El objetivo es claro: aprender logística y tácticas militares para profesionalizar el crimen organizado en las calles estadounidenses.
Uno de los puntos más críticos del informe es la respuesta (o falta de ella) por parte del alto mando. Se observa un patrón de negación institucional. Una fuerza armada cuya lealtad a la Constitución es secundaria a una ideología de odio representa una amenaza existencial para la democracia.
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